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El dolor de amar y la soledad

Viernes 19 de mayo de 2017
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LA NACION
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Luis Machín, en un trabajo sublime
Luis Machín, en un trabajo sublime. Foto: Alejandra López

El mar de noche / Dirección: Guillermo Cacace / Dramaturgia: Santiago Loza / Intérprete: Luis Machín / Vestuario: Magda Banach / Diseño espacial: Alberto Albelda / Iluminación: David Seldes / Diseño sonoro: Patricia Casares / Sala: Apacheta, Pasco 623 / Funciones: viernes, a las 23 / Duración: 60 minutos / Nuestra opinión: excelente

Un dios que quiere que yo viva te ha ordenado que dejes de amarme. No soporto bien la felicidad. Falta de costumbre. En tus brazos, lo único que yo podría hacer era morir", decía en un poema Marguerite Yourcenar. El amor como lugar de castigo, la maldición de saberse enamorado e imposibilitado pueden también palparse de entrada en esta nueva puesta que lo tiene a Luis Machín como único intérprete, a Guillermo Cacace como director y a Santiago Loza como autor. ¿Qué podía salir mal de ese equipo perfecto? Nada.

Un texto excelso, un director que entra meticulosamente en todos los gestos, en todas las palabras para operar y un actor que tiene disponible todo su cuerpo.

Al mejor estilo Loza, la obra está repleta de detalles. Iremos conociendo de a poco a este sujeto sufriente a partir de sus gestos y del relato de sus más profundos secretos y aunque jamás nos narren su historia, ni su nombre ni de dónde viene podremos ingresar a su más completa intimidad, a su soledad desesperada. A su ser al desnudo.

El dolor de amar lo incapacita, tanto, que prácticamente no mueve su cuerpo. Está paralizado, sin saber qué hacer y aquí el mérito de Machín se vuelve proeza dramática: un hombre sentado en una silla de un hotel, en penumbras, con las piernas inmóviles, en la más completa soledad, le habla a su amor. ¿Lo evoca? ¿Se comunican cibernéticamente? ¿Se imagina tal vez lo que podría ser un último diálogo? Poco importa. Este cuarto, esta noche, este insomnio le dan rienda suelta a su dolor: amar sin ser amado. A lo lejos está el mar, de día mar festivo, alegría brasileña, jocosa, familiar, y de noche su espesura. Ese mar de noche abismal, es el marco perfecto: el coraje de confesarse y saltar al vacío.

Loza siempre se hace cargo de estos personajes, en general femeninos pero todos con algo en común: son olvidados, descuidados, desamorados. Y así lo veremos, seremos testigos de su desintegración. En medio de la escena, y a través de su voz, Machín nos agarra de la mano para iniciar la travesía de esta noche que es pues el momento de la certeza de saberse abandonado para siempre.

La austeridad de la puesta de Cacace es otro rasgo. Es que no se necesita más que un sillón, un hombre y un dolor para hablar de amor. Y mucho menos para pedir atención. Aquí menos es más: el susurro inquieta y se pronuncia más que el propio grito. Una voz tan inhumana resuena en todo el espacio. "Tengo el temor a que lo último que conserves de mí sea el recuerdo de mi voz desesperada", sentencia.

En su discurrir está impreso el abatimiento, y un suspenso se hace carne en ese fluir, es que ese dolor de alguna manera tiene que cesar. No parece poder soportarlo por mucho tiempo y eso se siente y va pesando. Nos va doliendo. Su voz, casi murmullo, pide atención extrema. Aquí no hay medias tintas: la voz va desesperándose, de la fingida tranquilidad inicial se hace urgente y pide ayuda.

Lo único que le queda es su angustia y así lo enuncia. Es lo poco que le queda para afirmarse vivo. "Este dolor tiene mi marca."

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