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Elogio de la lectura

Viernes 19 de mayo de 2017
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Uno de los paneles más interesantes de la Feria del Libro concluida el domingo pasado ha sido el que protagonizaron dos escritores laureados: el peruano Mario Vargas Llosa, premio Nobel de Literatura, y el chileno Jorge Edwards, premio Cervantes. Ambos coincidieron en la significación excepcional de la lectura como medio de educación popular y, sobre todo, en su aptitud especialísima para despertar el espíritu crítico.

Ambos hablaban como escritores, pero también a partir de dolorosas experiencias personales. Los dos debieron superar las hostilidades del izquierdismo profesionalizado, ese izquierdismo a sueldo, a usanza del que había instituido el imperialismo soviético en sus desbordes por el mundo. Fueron hostigados desde que anunciaron la ruptura con la revolución cubana y el castrismo. Basta recordar las peripecias que años atrás, en medio de un encuentro de la Fundación Libertad, en Rosario, vivió el autor de Conversación en la Catedral cuando el ómnibus en que viajaba fue interceptado y apedreado por una patota guevarista. O el tipo de discriminación que pretendió inferirle uno de los mentores de Carta Abierta, grupo de intelectuales mimetizados con el kirchnerismo: se escandalizó porque fuera a inaugurar una edición de la Feria del Libro en Buenos Aires.

Ha sido ése el tipo de precio que han pagado dos escritores de excelencia en la literatura universal por oponerse sin cortapisas a la vulneración de las libertades públicas y, antes que a ninguna otra, a la libertad de expresión.

Como hombres de letras, como humanistas cabales, han expresado en Buenos Aires una desazón común por el riesgo de que la revolución tecnológica en las comunicaciones, que tanto ha hecho por el progreso de la humanidad, lastime, sin embargo, el hábito de la lectura, vía insustituible para alimentar el espíritu crítico de los individuos y conjurar así la imposición del pensamiento único. Contradijeron, pues, a Gilles Lipovetsky y su tesis de que la cultura de la imagen democratiza a los pueblos. A ese criterio opusieron la idea de que la actitud de los hombres ante la pantalla es pasiva y que nada supera, como acto fecundo, la reflexión inspirada en la lectura y en libros por los que se accede a territorios del conocimiento que de otro modo serían inabarcables.

Hay buenas noticias para estos lectores todavía empedernidos. La primera es que el libro sigue gozando de muy buena salud y su porvenir es más que promisorio, a juzgar por las últimas encuestas en el viejo y el nuevo mundo. La segunda es que el periodismo, afirmado en las plataformas múltiples que la tecnología perfecciona de manera creciente para la preferencia de diferentes audiencias, ha recibido en los últimos congresos especializados noticias de que los periódicos, en su clásica versión en papel, tienen por delante mucho más por decir. No sólo por la calidad de los lectores que retienen, sino también porque nada permite aseverar con seriedad que perderán pronto la condición de generadores de los ingresos principales de las empresas periodísticas. Iris Chyi, catedrática de la Universidad de Texas, ha publicado recientemente un libro en el que después de estudiar los casos de 51 diarios norteamericanos, augura larga vida a la prensa escrita. Es el último hit en la materia.

Viva, pues, como vivió siempre en el corazón de jóvenes y adultos, el amor por los libros inspirados desde las cumbres de Dante, de Shakespeare y de Cervantes. Y vivan por muchos años más, en su aventura remozada por la revolución tecnológica, los periódicos de referencia que desde hace siglos han enseñado a sucesivas generaciones a confiar en sus contenidos informativos, de interpretación y de entretenimiento. Lo han hecho así tanto por la vocación de educar, lo que es manifestación de grandeza, como porque sabían que de otro modo carecerían de destino, lo que es en verdad testimonio de crudo realismo.

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