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El gobierno de Michel Temer, con respirador artificial

Firme y desafiante, se negó a renunciar ante la gravedad de las acusaciones por corrupción que enfrenta

Alberto Armendáriz

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LA NACION
Jueves 18 de mayo de 2017 • 21:34
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BRASILIA.- Firme y desafiante, Michel Temer se negó a renunciar ante la gravedad de las acusaciones que enfrenta por intento de obstrucción de las investigaciones anticorrupción de la Operación Lava Jato; reiteró su inocencia y buscó dar un aire de normalidad al día más tormentoso de su corto mandato. Pero en el fondo, su gobierno ya está en fase terminal y aguanta con respirador artificial.

Desde antes de que estallara el escándalo, la popularidad de Temer era bajísima, de apenas un 9%, y con una tasa de rechazo del 61%, según las más recientes encuestas. El apoyo que tenía en las calles hasta hoy era incluso menor al que mantenía Dilma Rousseff (13%) la víspera de su destitución tras un polémico proceso de impeachment. Si las mediciones fueran realizadas de nuevo, tras las denuncias derivadas de la delación premiada del frigorífico JBS, los datos con seguridad serían asustadores.

Un solo día bastó para que en las manifestaciones a favor de la renuncia del presidente se unieran grupos de izquierda –que lo tildan de “golpista” por el juicio político a Rousseff) como de derecha –que abogan por una tolerancia cero a la corrupción-. Al grito de “¡Fuera, Temer!”, ambos sectores marchan juntos en las principales ciudades y prometen mantener la presión en los próximos días. Lo mismo hará la prensa.

“Hasta ahora, Temer tenía el apoyo de los grandes medios de comunicación, pero eso ya lo perdió”, resaltó a LA NACION Paulo Calmon, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad de Brasilia.

En su discurso en el Palacio del Planalto, el presidente resaltó su rol como garante de la recuperación económica que Brasil viene sintiendo poco a poco en los últimos meses, después de atravesar la peor recesión de su historia. Su mensaje podría resumirse en que sin él, el país caerá por el precipicio.

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Sin embargo, los tímidos logros económicos se derritieron cuando los analistas del mercado tomaron conciencia de que aún cuando Temer permanezca como mandatario, su gobierno no tendría ya la fortaleza para implementar las osadas reformas estructurales que ha impulsado: el congelamiento del gasto público por 20 años y la flexibilización laboral, ya aprobados por el Congreso, y el más arduo de todos los cambios, la reforma del sistema de jubilaciones. Indicadores de la falta de confianza de los mercados en este “fiador” fueron el desplome de la Bolsa de San Pablo (-8,8%) y el alza del precio del dólar frente al real (+8,15%), que no mejoraron sus negativos desempeños del día incluso después del discurso asertivo de Temer.

Por otro lado, dentro de la coalición de gobierno encabezada por el Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), el escenario no es muy alentador. La base parlamentaria que le sirvió de plataforma para la aprobación de las reformas quedó absolutamente fragmentada y varios legisladores de partidos aliados pidieron su demisión. En el gabinete, ya renunciaron dos ministros –el de Ciudades, Bruno Araújo, del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB); y el de Cultura, del Partido Popular Socialista (PPS)-, otros tantos evalúan su salida porque no le creen más al mandatario. Como si fuera poco, anoche, la cúpula del PSDB, principal aliado del PMDB, amenazó con recomendar a todos sus miembros en el gabinete abandonar el barco; los cargos más importantes que ostentan son la Secretaría de Gobierno y el Ministerio de Relaciones Exteriores. La sangría promete continuar en las próximas horas y días; las turbulencias constantes volverían la gobernabilidad insustentable.

Así, sin apoyo en las calles, con protestas crecientes, sin el respaldo de una estabilidad económica, cuestionado por buscar impedir el avance de las investigaciones anticorrupción y ante el abandono se sus aliados, Temer quedará cada vez más aislado. En estas circunstancias tan adversas, el final de su gobierno es una cuestión de tiempo.

“Puede aguantar un tiempo más, pero se convertirá en una suerte de presidente zombi, que está ahí pero no logra gobernar, con el riesgo que eso significa para la situación general del país. La probabilidad de una reversión del escenario es muy baja”, apuntó el profesor Calmon.

Si Temer no cambia de opinión sobre su permanencia en el poder en las próximas horas, la agonía de su administración podría llegar a su fin el 6 de junio, cuando el Tribunal Superior Electoral (TSE) retome el juicio por financiamiento ilegal de la fórmula Rousseff-Temer en las elecciones de 2014. Hasta ahora, se pensaba que la corte electoral se inclinaría a preservar a Temer de una condena casi segura a Rousseff (los delatores de la compañía Odebrecht y el propio estratega de la campaña del Partido de los Trabajadores confirmaron la entrada de recursos ilegales) para mantener la gobernabilidad. Ahora, esa posición ya carece de sentido; es más, el TSE podría asegurar una salida lo más próxima y rápida posible a la encrucijada que vive hoy el país, y evitarle así un largo proceso de impeachment.

Mientras tanto, cuando más se demoren los brasileños en hallar una solución a la aguda crisis política que hoy los aflige, más se alejará la tan deseada recuperación de su economía; este es un problema no sólo para Brasil sino para toda la región que en gran medida depende del impulso de la mayor economía de América latina.

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