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¿Rockstar de la vida corporativa o bajo el dominio de la tecnología?

LA NACION
Viernes 19 de mayo de 2017
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Hace cinco meses hice "el experimento del marcador celeste". Quería saber cómo y cuánto el celular copaba mi atención. Tenía la sospecha de que producía en mí momentos de rapto que no sé a dónde iban a parar. Para comprobarlo, decidí que a lo largo de ese día me iba a hacer una rayita en la cara con un marcador celeste cada vez que tomara el celular pensando en mandar un mail o en hacer algo concreto, pero, en cambio, terminara navegando por las notificaciones, sin rumbo, de modo tal que cuando dejaba el teléfono, ya no sabía si habían pasado segundos, minutos u horas.

Empecé a las 10.30, cuando estaba en casa con mi hija. A pesar de que trato de no hacerlo, que odio la imagen de los padres que están cooptados por su celular mientras los hijos esperan, debo admitir que muchas veces soy esa persona. A cuatro horas y media de empezar, ya tenía seis marcas: más de una vez por hora sufrí el rapto de las notificaciones. Al darme cuenta, decidí dejar el celular. Lejos. Lo guardé en la cartera. Salí de mi casa y resistí la tentación de mirarlo mientras manejaba. Pero siempre lo tuve cerca.

El celular es una parte muy importante de mi vida. De hecho, estoy escribiendo estas líneas desde mi teléfono. Es la manera que elegí para optimizar el tiempo mientras escucho lo que se habla en una reunión. Puedo hacer las dos cosas. Escuchar y escribir. Eso creo. Levanto la mirada y veo que aquí son mayoría los que piensan como yo. Que además de escuchar, están haciendo algo en la pantalla.

No siempre fue así. Hubo un momento en el que nos acostumbramos y lo aceptamos. Después, hasta comenzamos a asociarlo con un perfil de máxima productividad: una persona que vive con el celular en la mano y que una vez cada siete minutos lo chequea. Aunque sólo mire la hora o revise el "WhatsApp de las mamis". No mostrarse como alguien 100% disponible ni presente se corresponde a un perfil de profesionalismo. Es alguien a quien todos quieren tener cerca. Una rockstar de la vida corporativa.

Hace casi cuatro años di el GST: el gran salto tecnológico. Pasé de tener un Blackberry a un celular de nueva generación. Al principio quedé deslumbrada. La cámara, la rapidez, el procesador. Hasta caí en el lugar común de decir que ganaba tiempo porque hacía todo desde ahí. Por varios meses, casi que dejé de usar computadoras. Mails, redes, Internet, banco, amigos... todo estaba al alcance de la mano.

Poco tiempo después, descubrí una sensación antes inexplorada: haber perdido el dominio sobre mi tiempo frente al celular.

El día del "experimento del marcador celeste", el paseo de notificaciones me había dejado once marcas a las 21.30. A las 23, mi cara parecía uno de esos dibujos de números para completar. Enchufé el celular al cargador y lo apoyé en una mesita. Antes de dormir, tuve el último rapto de navegación. Apagué la luz. La volví a encender y otra vez busqué el celular. Tenía que poner el despertador.

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