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El sistema se extingue, víctima de su naturaleza

Viernes 19 de mayo de 2017
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Hace 65 millones de años, un meteorito gigante cayó sobre la Tierra y acabó con gran parte de los dinosaurios, hasta entonces amos y señores del planeta. Entre aquellos que sobrevivieron al impacto inicial, algunos siguieron buscando comida en los lugares de siempre sin percibir que el ecosistema había cambiado; fueron los que murieron de hambre y sed poco tiempo después. Los únicos que sobrevivieron fueron aquellos que cambiaron de hábitos y consiguieron adaptarse a la nueva situación. Con menos comida disponible, tuvieron que contener su voracidad. El mamut, por ejemplo, disminuyó de tamaño, pero aún continua entre nosotros bajo la forma de elefante.

Lo mismo sucedió en Brasil. Un meteorito llamado Lava Jato impactó en el corazón de la política -su financiamiento- y hoy todo un sistema se extingue víctima de su propia naturaleza, de su incontrolable voracidad.

Es un 2001 brazuca. Un 2001 que ya dura más de cuatro años. Comenzó con las movilizaciones populares de 2013, cuando millones de personas salieron a la calle de manera espontánea para decirle a los gobiernos que pagaban demasiados impuestos para recibir tan poco a cambio; pasó el controversial impeachment de la presidenta Dilma ("O ella pierde su trabajo, o yo pierdo el mío", decían muchas personas), y llega a su momento más crítico con la posible renuncia de Michel Temer. Un presidente que nadie eligió, ni que supo construir legitimidad desde el ejercicio de su gobierno.

Distintos momentos de un mismo proceso. A diferencia de 2001 argentino, el brasileño no está liderado por movilizaciones de ciudadanos pidiendo "que se vayan todos", sino por la justicia (básicamente por un juez, Sergio Moro) dictaminando que todos los denunciados respondan por sus actos.

Es un proceso institucional apoyado por una opinión pública que llegó a la siguiente conclusión: o todo cambia radicalmente -aunque el país, su economía e incluso su propia población sufran las consecuencias- o nada cambiará nunca.

"La casa cayó", dicen en la calle, y algo totalmente nuevo precisa ser construido. Cada vez más el consenso es que esa nueva casa no puede ser construida con ladrillos viejos. Así, más tarde o más temprano, por vía de la justicia y/o del voto, un profundo deseo de renovación política se abrirá paso entre los escombros de la vieja política.

¿Qué piden los brasileros? Por un lado, que los culpables por la crisis que las familias están sufriendo en carne propia sean castigados. A futuro, piden un país con mayor igualdad entre ciudadanos y políticos; un país sin privilegios, donde todos sean realmente iguales ante la ley, en especial aquellos que tienen el privilegio de hacer la ley. Piden más república. También un tercio de la población, la de los buenos tiempos, sueña con volver al Brasil de Lula -algunos con él, otros sin él-, ese país donde la vida solo mejoraba y la felicidad parecía no tener fin.

Hace algunas semanas, en un focus group, un trabajador brasileño resumió la historia reciente del país en una frase: "Henrique Cardoso nos dio un futuro, pero no nos dio un presente. Lula nos dio un presente, pero no nos dio un futuro". Hoy, sin presente y sin futuro, hacer un análisis de la crisis brasileña se parece a una autopsia. La autopsia de una esperanza.

El autor es consultor político

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