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Cátedra de estilo

Viernes 19 de mayo de 2017
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Las recientes elecciones francesas, que impidieron a la extrema derecha llegar al poder, fascinaron a medio mundo. No sólo porque Emmanuel Macron es un joven brillante que, a los 39 años, se convirtió en el presidente más joven de la república (superando por un año a Napoleón III), porque careció de partido político hasta no hace mucho y porque se consagró en el primer intento. Su historia está llena de "singularidades", pero la más llamativa es su amor por Brigitte Trogneux, la profesora de francés, madre de tres chicos y abuela de siete que es su mujer.

Es innecesario repetir aquí los detalles de esta historia, ampliamente difundidos en las últimas semanas: el coup de foudre de la adolescencia, la profecía (¿o insólita determinación?) del estudiante de 17 años que le anunció a su profesora de lengua con hijos casi de su misma edad que se casaría con ella, el matrimonio que ya lleva más de una década... Todo esto vaya y pase. Lo que realmente tiene desconcertados hasta a los más desprejuiciados es la feliz y estable relación entre ese político apuesto y exitoso y la dama que atravesó la barrera de los sesenta, se muestra con toda naturalidad y no se esconde de los flashes.

Curiosamente, cuando la situación se da a la inversa, no molesta. Donald Trump y su mujer, Melania, que decora sus presentaciones públicas, tienen más o menos la misma diferencia de edad, pero no generan sobresaltos. Sin entrar en detalles ni aludir a los numerosos ejemplos locales, son muchos los señores maduros que hacen pareja con jovencitas (especialmente dentro de ciertos ambientes); sin embargo, los casos en los que ellas son mayores todavía se cuentan con los dedos de las manos. Y cuando ocurre, la sociedad biempensante todavía arquea una ceja. O las dos.

Aunque hoy para ambos géneros los signos de la incipiente vejez se toman como si representaran una falla del carácter (ya lo dice la sabiduría popular: el rostro es el espejo del alma), el pavor de perder la juventud viene de lejos y llevó a prácticas arriesgadas. Se cuenta que, para mantenerse lozanos, los egipcios ayunaban y tomaban purgantes periódicamente, y que intentaban mantener fresco el cutis comiendo higos secos tres veces por día. Hipócrates aconsejaba ingerir pan de cebada embebido en vino. Las féminas medievales comían ajo para librarse de las arrugas, y para aclararse los ojos se los empapaban con savia de cerezo diluida en vino.

A principios del siglo pasado, la compulsión por preservar una figura juvenil dio pie a la industria de las dietas y se multiplicaron las publicaciones que prometían hacer adelgazar con métodos que no requerían ni regímenes especiales de alimentación ni gimnasia. Llevaban nombres prometedores como "Duende reductor de grasas" o "Té maniquí". También proliferaban máquinas eléctricas que obligaban a los músculos a contraerse aunque el interesado estuviera tendido en una camilla (ahora un equipo científico está intentando lograr lo mismo con una pastilla).

Obsesionadas por combatir cada pequeño signo que delate que están dejando atrás la juventud, hoy las personas públicas disponen de recursos para tapar las canas y estirar las arrugas, y si con eso no bastara, sus asesores de imagen lideran equipos de artistas digitales que echan mano -a veces sin pausa y sin medida- del mágico Photoshop.

Tal vez por eso lo sorprendente de esta pareja desenfadada sea que se muestre feliz sin pedir disculpas. Que madame Macron bromee sobre la flaccidez de su piel y no dude en mostrar sus rodillas. Por lo menos en esto, cada vez que se presenta con una amplia sonrisa, está dando cátedra de estilo.

A menos, claro, que todo sea una puesta en escena de esas a las que nos tienen acostumbrados las series y las películas sobre las estratagemas de la política. Pero, vamos, ojalá que no, porque el estilo madame Macron cautiva.

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