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Claves para saber pedir por favor

Sábado 20 de mayo de 2017
PARA LA NACION
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Los padres les pedimos muchas cosas a nuestros hijos. Y lo hacemos a cada rato. Y muchas veces nuestros pedidos no son claros: "Por favor, ¿te vas a bañar?" o "¿podés dejar de molestar a tu hermano, por favor?" por ejemplo, ¿son órdenes disfrazadas de favores o realmente les estoy pidiendo un favor? En el segundo caso tendría que estar dispuesta a tolerar que me digan que no, porque de eso se tratan los favores: le damos al otro la posibilidad de elegir si lo hace o no. Cuando le pido a mi marido que por favor me lleve a lavar el auto, sé que su respuesta puede ser negativa y yo toleraría ese "no puedo porque llego tarde al médico", incluso "me da fiaca, llevalo vos" sin demasiada ofensa, porque se lo pedí como favor.

Pero eso no es lo que ocurre con nuestros chicos. En el afán de que no se enojen con nosotros, que nos vean buenos, les hacemos pedidos, o les damos órdenes disfrazadas de favores. A veces aceptan sin problema, otras lo hacen, pero con cierto enojo porque sienten que el mensaje es confuso y en otros casos se niegan rotundamente y ahí lanzamos finalmente la orden clara: "¡Ahora mismo porque en un ratito va a estar la comida!".

Cuando mis hijos empezaron a crecer y a darse cuenta de esta fisura en mi discurso, le encontré una solución práctica, que funcionaba bastante bien: les aclaré que había dos clases de pedidos, que a veces les iba a pedir las cosas "por favor" pero que no iba a hacerlo en las ocasiones en las que no les podía aceptar un no como respuesta. Y así lo explicité: "Cuando pido algo tienen que hacerlo, en cambio cuando pido por favor pueden elegir si lo hacen o no". Ya fuera que les gustara o no, yo era su mamá, era más grande, y más experimentada.

"Dame la mano para cruzar", "abrigate", "andá a estudiar", "no molestes a tu hermana", "poné la mesa que ya comemos" eran pedidos no negociables, en cambio cuando les decía: "Por favor, alcanzame mi teléfono", "por favor, ¿me ayudás a preparar la ensalada?", "por favor, ¿le abrís la puerta a tu papá que tengo las manos ocupadas?", les daba la opción de decirme que no, del mismo modo que ocurría con los favores que le pedía a una amiga, a mi marido, incluso a un niño ajeno. Me costó aceptar muchos de sus "no" pero resultó una buena práctica (y con cero riesgo) para el despliegue de su identidad y de su agresividad sana. Cuando estaban un poco enojados conmigo no me hacían ningún favor y con eso se sacaban la rabia y se tomaban pequeñas venganzas, y cuando, en cambio, estábamos de parabienes me hacían toda clase de favores.

Por otro lado, era también una buena práctica para la vida porque de alguna forma los chicos tienen que aprender a saber lo que quieren y en qué condiciones pueden decidir aceptar o rechazar algo, y hacerlo con mamá ¡les da mucha práctica! Esta ecuación sigue vigente con otros adultos referentes en quienes nosotros por momentos delegamos nuestra autoridad (una abuela que se queda a cuidarlos, la maestra, la directora, el profesor de tenis, etcétera) pero cambia cuando están entre pares: ningún amigo puede darles órdenes y tampoco exigirles cosas bajo amenazas, y cuando les piden algo por favor tanto pueden aceptar como rechazar esos pedidos, pensando lo que realmente tienen ganas (o no) de prestar, de compartir, o de hacer.

Un problema con el tema de los favores es que apenas empiezan a crecer y para ayudarlos a salir del lugar de "su majestad el bebe" (que tiraniza y exige sin pedir por favor) enseñamos a los niños a pedir todo por favor. El recurso que propongo no es simétrico: ellos piden por favor y los adultos muchas veces no lo hacemos. Es otra de las buenas razones para que tengan ganas de crecer y así obtener ese, y otros, derechos de adultos.

La autora es psicóloga y psicoterapeuta

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