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La sabiduría de prepararse para el buen morir

PARA LA NACION
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Pacho O´ Donnell
Sábado 20 de mayo de 2017
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El ser humano es el único animal que sabe que va a morir y es ésa una vivencia difícilmente tolerable. Los agnósticos adjudicarán a dicha angustia el nacimiento de las religiones con su conveniente promesa de vidas posteriores; también la esencia de la filosofía sería ofrecer la ilusión de volver lógico lo inexplicable. Puede especularse que el vigor de la ciencia responde al deseo de manipulación de la naturaleza, pero que su principal objetivo, anidado en el inconsciente colectivo, es la "vacuna" contra la mortalidad.

Algunos ponen como ejemplo de la negación de la muerte a Freud, quien no prestó especial atención al tema, privilegiando la angustia de castración sobre la angustia de muerte. Laplanche escribiría: "En el psicoanálisis la muerte es un personaje mudo en la práctica clínica". San Agustín en sus Confesiones narra que su primer contacto con la muerte fue cuando falleció un amigo muy querido víctima de "la enemiga crudelísima". Para él no hay seres vivientes, sino murientes: "Comenzar a vivir en el cuerpo es estar en la muerte. El hombre no está nunca en la vida, aunque viva en el cuerpo, ya que es más bien un muriente que un viviente".

La posición de los ateos la expresó Nietzsche en varios textos protestando que postular "otra vida" es traicionar "esta vida", la única que tenemos, pues así sería sólo un lugar de tránsito. Proponía su exaltación, amor fati, amor a lo que es. Alain Badiou propone erradicar de la filosofía el motivo de la finitud y aceptar, con alegría y sin plantear trascendencias ni exigir promesas, lo que nos sucede. "Aquí es donde no se nos ha prometido nada, excepto la posibilidad de ser fieles a lo que nos sucede."

En sus Epístolas Séneca escribió: "No caemos de improviso en la muerte, sino que procedemos hacia ella paso a paso: morimos cada día". En sus "Coplas a la muerte de su padre", Jorge Manrique expresaba: "Recuerde el alma dormida,/ avive el seso y despierte/ contemplando/ cómo se pasa la vida,/ cómo se viene la muerte/ tan callando..." También Borges se ocupó del tema en su poema "Recoleta": "La muerte es vida vivida,/ la vida es muerte que viene".

La futilidad de negar la muerte está inmejorablemente expresada en una leyenda persa contada por Farid al Din Attar, en la que un siervo angustiado pide a su amo un caballo veloz para huir a Samarkanda. Ante la pregunta de su amo le cuenta que ha encontrado a La Muerte en el mercado y ésta le ha hecho una mueca de amenaza. El señor accede y, cuando baja al mercado, también se topa con La Muerte. "¿Por qué has asustado a mi siervo?", le pregunta. "No lo he asustado, la mía ha sido una expresión de sorpresa de encontrarlo aquí porque tenemos una cita esta noche en Samarkanda."

El mecanismo más humano, y lamentablemente más eficaz, de negar la muerte es la postergación. Dilatar decisiones, expresiones o placeres como si el tiempo fuera infinito y nosotros inmortales. Una de las más gravosas consecuencias de esta argucia es la de postergar la expresión de nuestros sentimientos a quienes amamos, de manera que cuando algún ser querido fallece nos atormentamos por no haber sabido decir "te quiero" o "gracias" o "perdón" a pesar de las oportunidades que tuvimos para hacerlo. Es que allí, según el mecanismo de negación, nadie iba a morir.

Una de las perversiones de la vida moderna es la "muerte borrascosa", como la llamó Philippe Ariès. Es aquella en que nos extinguimos en ambientes ajenos enmudecidos por mascarillas y cánulas, usurpadas nuestras capacidades por aparatos, desmayados en la inconsciencia por eficientes medicamentos, nuestras existencias prolongadas violentando el ciclo natural.

Lo contrario es la "muerte mansa", en el hogar, rodeados de familiares y amigos resignados. Es la que relata Efrem, personaje de Pabellón de cancerosos de Solyenitzin: "No daban largas a arreglar sus cosas, se preparaban en silencio y con tiempo, decidiendo a quién le tocaría la yegua, a quién la potra, y partían con facilidad, como si se mudaran a otra casa". ¿Qué mejor que morir en la propia cama despidiéndose de los seres queridos y recibiendo su amor y gratitud?

Muy distinto es cuando los que rodean y aman al moribundo, no preparados para enfrentar su propia muerte, sienten rechazo al ver en él reflejada su mayor angustia, lo que interrumpe toda comunicación franca y afectiva cuando es más necesaria, sustituyéndola por silencios y disimulos supuestamente bien intencionados.

Se supone que la educación nos prepara para el buen vivir. ¿Debería prepararnos también para el buen morir? ¿Podría haber una materia en la que niños y jóvenes escucharan y comprendieran relatos como éste?: un peregrino que se dirigía a Santiago de Compostela y cuyo aspecto denunciaba los días que llevaba andando, llegó a las puertas de un imponente castillo. Fue conducido ante su dueño, el conde, que en sus maneras y en sus vestimentas evidenciaba riqueza y poder.

-Deseo que me dejes descansar por una noche en este refugio de peregrinos.

-Este no es un refugio de peregrinos -respondió amoscado el conde-. Es mi castillo, el célebre castillo de la noble familia de los Romanones.

-O sea que lo habéis recibido de vuestro padre.

-Así es -confirmó el conde.

-Su padre, ¿vive?

-No. Murió hace ya algunos años.

-¿Y cómo se hizo él dueño de este maravilloso castillo?

-Lo heredó de su padre, mi abuelo.

-¿Vive?

-No -respondió el conde, ya algo fastidiado-, murió hace muchos años.

-En cuanto a su bisabuelo y a su tatarabuelo también, que en paz descansen, estarán muertos. -Se hizo un silencio de algunos segundos al cabo de los cuales volvió a hablar el zaparrastroso recién llegado.

-Creo no haberme equivocado, señor, al decir que este lugar donde la gente se hospeda durante algún tiempo y luego se marcha, es un refugio de peregrinos.

Tengamos conciencia de que será inevitable que un día nos derrumbemos al costado del camino y que nuestro peregrinar habrá tenido sentido si con nuestra muerte sabemos honrar nuestra vida.

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