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Educación y productividad, dos de las claves para mejorar la desigualdad social

La brecha entre el 10% más rico y el 10% más pobre es de 18 veces; políticas posibles

Domingo 21 de mayo de 2017
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LA NACION
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Una de las caras de la realidad social de la Argentina muestra que tres de cada diez personas viven en hogares donde los ingresos no alcanzan para comprar una canasta básica de bienes y servicios. Y otra de las caras indica que, si se divide la población en diez partes según los niveles de ingresos, el 10% más favorecido se queda con un ingreso medio que equivale a 18,7 veces al de quienes están en el 10% del otro extremo (los más pobres). Según los datos del cuarto trimestre de 2016 de la Encuesta de Hogares del Indec, el ingreso per cápita familiar es, en promedio, de $ 6665 mensuales, en tanto que es de $ 21.049 y de $ 1122 en cada una de las puntas de la población dividida en deciles.

Bajar la pobreza, ¿llevaría necesariamente a reducir esa desigualdad? O en todo caso, ¿qué políticas podrían lograr ambos efectos?

Pobreza y desigualdad, dos desafíos sociales
Pobreza y desigualdad, dos desafíos sociales. Foto: Archivo / Emiliano Lasalvia

Según la visión del sociólogo Daniel Schteingart, hay medidas que provocarían resultados positivos en ambos temas y otras que no. Una estructura tributaria más progresiva, que permita mayor redistribución desde los deciles altos hacia los bajos, considera, permitiría tanto la salida de familias de la pobreza y la indigencia como una reducción de la brecha entre sectores. Sin embargo, agrega que lo ideal pasa por hacer crecer la cantidad de ingresos de la economía, abarcando a los diferentes segmentos de la sociedad. Para la mejora del nivel de desigualdad, el PBI de los sectores más bajos lógicamente debe crecer más; si ocurre a la inversa, un escenario de crecimiento podría llevar a bajar la pobreza y, a la vez, a empeorar la distribución del ingreso. "De alguna manera, es lo que ocurre en China: la pobreza baja rápido pero sube la desigualdad", dice Schteingart.

Uno de los factores estructurales que explican el grado de desigualdad social es la heterogeneidad de la productividad, algo a su vez vinculado a los significativos problemas del mercado laboral, con altos niveles de informalidad y precariedad.

"Las transferencias de recursos por sí mismas reducen la desigualdad monetaria, pero una caída importante y sustentable de la desigualdad sólo se puede obtener con la generación de empleos productivos de calidad. Y es necesario que disminuya la heterogeneidad en los niveles de productividad", dicen Eduardo Donza y Julieta Vera, del Observatorio de la Deuda Social de la UCA.

Según la encuesta de deuda social de esa universidad, entre la población urbana de nivel socio económico muy bajo, la falta de acceso al empleo y a los derechos de la seguridad social afecta al 43,7% de los hogares, mientras que cuando se considera a la población total, el promedio de ese índice es de 24,1%. A su vez, en el 46,7% de las familias más pobres hay déficit de acceso a la educación.

La inversión en educación pública es una de las políticas que destaca Leonardo Gasparini entre las necesarias para bajar tanto la pobreza como la desigualdad social. El director del Centro de Estudios Distributivos, Laborales y Sociales de la Universidad de La Plata (Cedlas) también menciona "iniciativas como la tarifa social, la extensión de la AUH, el fomento a la obra pública intensiva en mano de obra no calificada y la extensión de los planes de vivienda".

"Si se observa un lapso prolongado, como los últimos 40 o 50 años, puede verse que las brechas educativas y varias brechas entre sexos estuvieron bajando -afirma Jorge Paz, director del Instituto de Estudios Laborales y del Desarrollo de la Universidad Nacional de Salta-. Pero las dificultades estructurales, vinculadas con la heterogeneidad del aparato productivo que caracteriza a casi toda América latina, no evolucionaron de igual manera".

Schteingart ofrece una descripción de esa heterogeneidad: "Hay sectores que están en la frontera global, que emplean mano de obra calificada, en blanco, y pagan altos salarios; hay otros sectores -muchos con alta presencia de pymes- con niveles de productividad, salarios e informalidad ubicados en la media; y hay un tercer segmento de altísima informalidad, bajos ingresos, enorme vulnerabilidad y baja productividad". En el primer grupo ubica, entre otros sectores, al software; en el segundo, a industrias como la alimenticia, y en el tercero, al cuentapropismo en la construcción y la venta ambulante.

Hay un desequilibrio que todo lo condiciona cuando se mira qué pasa con ese mundo productivo desintegrado: "Bajos niveles educativos y altos niveles de pobreza reducen las probabilidades de acceder a un empleo en estratos de alta productividad, y éstos a su vez no alcanzan a demandar suficiente mano de obra", analiza Schteingart.

Más allá de la necesidad de una estructura productiva más homogénea, Paz advierte que la desigualdad es sensible a la marcha de la economía, "pero puede ser alterada por la política fiscal, monetaria y cambiaria, al menos en el corto plazo". Es para lograr efectos sostenibles donde entran en juego las estrategias productivas, educativas y del empleo.

Gasparini agrega que las medidas deben ser fiscalmente sostenibles y que las dificultades que se reproducen de generación en generación y se retroalimentan (como la poca y mala educación), son fenómenos "no inmutables" pero sí difíciles de superar para cambiar el mapa de ingresos.

En ese objetivo, ¿existe un nivel ideal o aceptable de desigualdad para un país como la Argentina?

Para Donza y Vera, "hay consenso en que a una menor desigualdad económica habrá mayor capacidad de desarrollo", aunque no hay un grado de desigualdad "ideal".

Paz considera válido tomar los parámetros de los países nórdicos. Y analiza: "Podríamos pensar como ideal un nivel de desigualdad de ingresos que no sólo sea tolerable, sino que permita a la población tener una tasa de crecimiento apreciable y ecológicamente sustentable".

Schteingart señala que, mientras que en nuestro país existe esa brecha de 18 veces entre el 10% con mayores y el 10% con menores ingresos, en Noruega, uno de los países más igualitarios, ese índice ronda las 6 veces. En ambos casos, cree que la distancia es probablemente más alta, porque los que más ganan tienden a subdeclarar ingresos al ser consultados.

Sin detenerse en un número en particular, Gasparini plantea que la situación ideal sería "aquella en la que hay igualdad de oportunidades, de forma que con esfuerzo, voluntad y talento cualquiera pueda llegar a pertenecer al 10% superior".

Llegar a una igualdad de oportunidades significaría haber roto trabas como el déficit de escolaridad o la carencia de vivienda y hábitat dignos, situaciones que para muchos están en el origen de sus bajos ingresos.

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