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Daniel Molina: "Con Twitter mi escritura cambió: se hizo breve y contundente"

El crítico cultural cree que la época del libro se terminó, pero aun así, a los 63 años, acaba de publicar el primero de su autoría: Autoayuda para snobs; Internet, gestión y lecciones de estilo

Lunes 22 de mayo de 2017
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LA NACION
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Foto: LA NACION / Hernán Zenteno

La tarde de la entrevista con Daniel Molina se conoció la noticia de la muerte del querido artista Alfredo Londaibere, con quien él había compartido días de trabajo en el Centro Cultural Rojas. "La parca está cerca de los de mi generación", dice el autor de Autoayuda para snobs. Diálogos en una cafetería moderna (Paidós). En la librería Dain, en Palermo, empiezan a llegar invitados a una boda al mismo tiempo que Jorge Altamira se retira luego de una reunión. El dirigente trotskista, varios invitados y los encargados de la librería saludan a Molina con respeto. Años de trabajo en el periodismo cultural, la gestión y la crítica no han sido en vano. A los 63 años, publicó su primer libro, justo cuando, asegura, el mundo del libro está en declive. Es una de las personas con más seguidores en Twitter: @rayovirtual publica reflexiones, fotografías e ironías de alta y baja intensidad sobre arte, política, medios y costumbres. "Con Twitter, mi escritura cambió; se hizo forzosamente aforística, breve y contundente", dice Molina. Afirma haber aprendido ese poder de síntesis del pensamiento de tres figuras ilustres: Nietzsche, Wilde y Borges. "Oscar Wilde hubiera sido el mejor tuitero de la historia", aventura, relampagueante, el flamante autor.

-María Moreno decía que tenías un trauma con la publicación de un libro. ¿Cómo lo superaste?

-En Paidós me dijeron que estaban intentando cambiar el catálogo e incorporar textos con una mirada no tan académica ni ligada a la universidad, sino para un público culto que buscara otras cosas. Dije que lo iba a pensar y lo hice en serio. No quería escribir ante la página en blanco; eso lo hago todo el tiempo, con las columnas de LA NACION, del diario de Río Negro, el prólogo de un libro de arte. Propuse hacer el sumario con los temas que tendría que tener el libro y charlarlo con alguien y grabar. Cuando vimos quién iba a ser el entrevistador me propusieron a tres periodistas muy cultos, maravillosos, los tres amigos, pero que tienen una voz muy de autor. Les pedí otro, que resultó más autor que ellos pero que sabe quedarse afuera muy bien. Resultó ser Juan José Becerra. Es uno de los autores que más me gusta leer, está en mi top five.

-¿La duración de los capítulos se vincula con tu oficio de periodista?

-Traté de que la mayoría fueran cortos, pero hay tres o cuatro que son un poco más largos. Yo venía de un barroquismo. Te estoy hablando de hace treinta años; eran para un público de escritores. De golpe, a fines de los años 80 me ligué al periodismo cultural de una manera más amplia. Siempre menciono Clarín, pero en realidad primero llegué a El Cronista. Con Silvia Hopenhayn como editora, empecé a encontrar un discurso más clásico, no tan barroco y más informativo. En ese momento, Marcelo Pichon Rivière estaba en el suplemento cultural de Clarín, le gustó cómo escribía y me invitó. Ahí mi cabeza hizo clic y fui más simple, más directo, más chismoso, porque eso gusta.

-Tu escritura cambió.

-El otro gran momento fue cuando entré en Twitter. Las primeras tres semanas tardaba media hora en lograr que una idea mía fuera un tuit. Porque yo uso muchos modelizadores: "Yo creo que en esta situación tal cosa", y ahí se me acababan los caracteres. Entonces fui más directo, cosa que me molesta, porque sueno muy contundente y no estoy tan seguro de querer decir eso. Volví a leer textos de Nietzsche y pensé: "Podría ser puesto todo en Twitter". Muchas de sus frases son medio tuit.

-¿Qué se debe tener para ser un gestor cultural?

-Principalmente, amar el arte. Hay que ser una persona culta, saber separar lo nuevo de lo novedoso. En la actualidad hay un drama, y es que casi todos los gestores están formados en historia del arte. El gestor cultural y el crítico no tienen que ser personas de ese mundo. Y el historiador del arte no tiene que ser crítico, porque son dos tareas que parecen cercanas porque tienen el mismo objeto: aman el arte, pero son antagónicas. Uno tiene que rescatar desde lo que estuvo ayer hacia el pasado más remoto y el otro tiene que ver lo que va a aparecer.

-¿El periodismo cultural te interesa todavía?

-Creo que hay mucha apuesta por el chimento. También hay una agenda muy marcada por el mercado, al revés que antes. Se entrevista a alguien si saca un libro, si hace una gran muestra, si va a Venecia. Es cierto que hay que cubrirlo, pero no se sale nunca de la agenda. Imaginate cuántas entrevistas a Borges se habrían perdido si se lo hubiera entrevistado sólo cuando publicaba un libro. No hay huecos para una agenda alternativa.

-¿Vas a publicar más libros?

-Se acabó la época del libro, para mí existió entre 1450, con la imprenta de Gutenberg, y el año 2000. Como objeto va a seguir existiendo, primero porque es muy útil, es uno de los grandes inventos de la tecnología. Si querés leerlo como lo que es y disfrutar su mundo, que empieza y termina entre dos tapas, no hay nada mejor que sea un libro en papel. Por eso mismo se venden más que los ebooks. Pero ya no leemos así. Internet nos ha hecho lectores de fragmentos dispersos. Los que estamos formados por la cultura del libro nos vamos muriendo. Osvaldo Soriano, Ricardo Piglia y María Moreno me dijeron que tenía que escribir un libro sobre la cárcel, a partir de ese artículo que escribí hace varios años. Yo no lo veo, pero quién sabe; dije que no iba a escribir un libro y lo hice... Lo que sé ahora a los 63 años es que no me queda mucho tiempo, entonces tendría que centrarme en algún proyecto. Pero no me niego ahora a escribir un segundo libro.

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