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Arabia Saudita, el aliado que profesa una fe extrema

La familia real impone una rama ultraconservadora del islam que interpreta el Corán literalmente

Lunes 22 de mayo de 2017
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PARA LA NACION
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TÚNEZ.- En una sociedad en la que se efectúan ejecuciones públicas por decapitación y los libros de texto califican a los cristianos y judíos "de infieles", no es de extrañar que muchos jóvenes exhiban actitudes intolerantes. Tampoco que la violencia contra las mujeres sea rampante, cuando no tienen derecho a trabajar sin permiso del padre o el marido. La descripción no corresponde a Raqqa, la capital del autoproclamado "califato" de Estado Islámico (EI). Se trata en realidad de Arabia Saudita, un país estrechamente aliado a Occidente desde hace décadas.

"La religión oficial es el wahabismo, una interpretación extrema del islam que no respeta a las personas de una religión diferente, ni siquiera a los musulmanes que siguen otra rama del islam", explica Khalid Ibrahim, director del Centro del Golfo por los Derechos Humanos, con base en Beirut. "El régimen saudita es el más represivo de toda la región", añade el especialista, recordando que en Arabia Saudita incluso está prohibido establecer organizaciones de derechos humanos y que varios activistas de ese ámbito han recibido severas penas de prisión por el solo hecho de defender esa causa en las redes sociales.

El Estado saudita es fruto de la alianza entre la dinastía de los Saud que bautizaron el reino con su propio nombre y los clérigos del movimiento wahabita, que creen en una lectura literal y ultraconservadora del Corán. Los Saud hicieron del wahabismo la religión del nuevo país a cambio de que el clero legitimara su autoridad.

Tras el boom del petróleo de los años setenta, que convirtió Arabia Saudita en uno de los países más ricos del mundo, Riad comenzó a exportar a todo el mundo islámico unas ideas puritanas que hasta entonces eran casi exclusivas de las tribus nómadas de la península arábiga. De la fusión entre el wahabismo ultraconservador y el islamismo contestatario de los Hermanos Musulmanes en Egipto nació el jihadismo. Por ello, sobre todo en cuestiones de moral social, el wahabismo es fuente de inspiración de grupos como Al-Qaeda o EI.

"En Arabia Saudita las mujeres somos consideradas menores de edad toda nuestra vida, y necesitamos el permiso de un familiar, el padre, el marido o incluso el hermano pequeño para poder trabajar, viajar o estudiar en la universidad", lamenta una activista del este del país, bastión de la minoría chiita, que prefiere guardar el anonimato. Sabido es que las mujeres sauditas ni siquiera pueden conducir automóviles. Sólo en los territorios controlados por grupos jihadistas la mujer sufre discriminaciones similares. Asimismo, tanto Arabia Saudita como EI realizan ejecuciones públicas sobre la base de interpretaciones religiosas.

"Las diferencias ideológicas entre EI y el wahabismo son pequeñas. Si el gobierno saudita se comporta distinto es porque en tanto Estado debe actuar de forma pragmática para defender sus intereses", sostiene Ali al-Ahmed, del Institute for Gulf Affairs de Estados Unidos.

Esta concomitancia ideológica alimenta las sospechas de que el gobierno saudita podría haber financiado grupos jihadistas, ya sea directamente o haciendo la vista gorda en relación con las transferencias bancarias de hombres de negocios o grupos religiosos. No hay ninguna evidencia pública de esta conexión hasta ahora, aunque en un mail escrito en 2014 la entonces secretaria de Estado Hillary Clinton aludía a fuentes de inteligencia occidental al afirmar que Qatar y Arabia Saudita "proporcionan ayuda financiera y logística de forma clandestina a EI y otros grupos radicales sunnitas". Si bien Riad persigue a las células jihadistas en su territorio, ha ofrecido apoyo a milicias armadas hostiles a los gobiernos de Siria e Irak.

Desde la llegada al poder del rey Salman, en enero de 2015, se ha producido alguna reforma política, como la concesión del derecho de voto a las mujeres en las elecciones municipales, aunque la oposición considera que se trata de simples medidas cosméticas. "La represión por los delitos de opinión es más brutal ahora que con el anterior monarca Abdullah. Un amigo recibió una condena de seis años por un simple tuit en defensa de las libertades individuales y la tolerancia", apunta la activista anónima.

De momento, y ante el renovado apoyo de Washington a la familia real, la única esperanza de la oposición reside en que la caída del precio del petróleo haga crecer el descontento popular y fuerce al régimen a realizar reformas. Sin embargo, ante la ausencia de estructuras independientes, como partidos políticos o sindicatos, el malestar no encuentra vías para canalizarse. Y con los tentáculos de los censores extendidos a las redes sociales, ni siquiera Facebook puede convertirse en una alternativa, como sí lo fue para los jóvenes que en 2011 se lanzaron a la plaza Tahrir de El Cairo.

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