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El modelo inglés y el partido de nuestras vidas

Ezequiel Fernández Moores

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PARA LA NACION
Miércoles 24 de mayo de 2017
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David Goldblatt, formidable historiador y sociólogo del fútbol inglés, sonríe cuando le cuentan que Mauricio Macri le comentó en 2016 al entonces premier David Cameron su admiración por el funcionamiento de la Premier League. Goldblatt avisa que Aston Villa, el equipo de Cameron, hoy es propiedad china. Y añade: “No creo que a Macri le guste que Boca sea de los chinos”. Goldblatt visita por segunda vez Buenos Aires, en su gira para una nueva versión de The ball is round, su notable libro de 2006, un recorrido por cientos de países sobre la historia del fútbol mundial, Argentina incluída, claro. No lo convence “Fútbol Para Todos”, que el Estado haya pagado para comprar derechos de televisación. Mucho menos le gusta que el Estado impulse ahora la conversión de los clubes en sociedades anónimas. Sabe de qué habla. The game of our lives (El partido de nuestras vidas), su último libro, es uno de los trabajos más notables que se pueden leer sobre la Premier League. “Si el modelo son los clubes ingleses –me dice Goldblatt– temo que todo termine siendo un desastre cultural y moral”.

“El fútbol –escribe Goldblatt en su último libro– es un fenómeno complejo, con semejanzas a muchas otras formas culturales, pero no idéntica a alguna otra”. En su célebre Manifiesto de Fútbol Para Todos de 2015, ya había descripto al fútbol como “un lugar raro y precioso; un complejo juego de rituales colectivos y conversaciones públicas en un mundo atomizado”. Pero “privatizado a una pequeña élite que secuestra los beneficios de la globalización”, a través de un “celebratorio relato neoliberal” que es enérgico para pedir más autocontrol a un club de fútbol que a un banco. El Manifiesto pidió la intervención del gobierno inglés. No para comprar derechos de televisación, sino para frenar “la venalidad de muchos propietarios privados”. Porque los clubes, agregó Goldblatt, “llevan el nombre de una comunidad que los antecede y con la que tienen una deuda de lealtad”. Y porque sin los hinchas “el fútbol es nada”.

Sólo unas décadas atrás, los clubes del fútbol inglés, primera y ascenso incluidos, presentaban su proyecto como “One game, one team, one voice” (“Un partido, un equipo, una voz”). Fue el Estado, se lamenta Goldblatt, bajo el gobierno de Margaret Thatcher, el que fomentó la inequidad. La Premier, creada en 1992 con estadios modernizados gracias a créditos públicos, nació al calor de desregulaciones financieras que ayudaron al desembarco de capitales de todos lados. En veinte años, la TV pasó a pagar de 200 a 7.000 millones de libras. La TV era el 10 por ciento en un presupuesto y ahora convirtió a la Premier en la liga más millonaria del fútbol mundial. Con boletos que subieron más de mil por ciento y alejaron no sólo hooligans, sino al menos a dos generaciones de hinchas. La edad media, cuenta Goldblatt alarmado, hoy es de 48 años. La TV, es cierto, reparte de modo igualitario las tres cuartas partes de su dinero. No alcanza. El fútbol inglés, incluyendo todas sus categorías, es cada vez más rico. Y también más desigual. ¿Y se puede hablar de buena administración cuando Manchester United pagó casi 50 millones de euros a un agente para fichar a Paul Pogba?

No sorprende entonces que, aún en medio de tanta riqueza, los clubes grandes siguen perdiendo dinero. No le importa eso al jeque o magnate de turno. “El fútbol inglés –dice Goldblatt– es un mundo extraño de un boom que produce inequidad, crecimiento sin ganancias e insolvencias sin quiebras”. Más de cien clubes de las cuatro divisiones profesionales que componen la Football League cayeron bajo administración judicial desde 1923. Es cierto que el 97 por ciento de ellos sigue existiendo, pero en los años ’60 fueron sólo dos los clubes que se declararon en concurso. Y ya van casi cuarenta desde 2002. Allí está el reciente caso de Leyton Orient, el segundo más antiguo de Londres. Francesco Bechetti, un italiano acusado en Albania de fraude y lavado de dinero, lo compró en 2014 después de que el club perdió por penales el ascenso a Segunda. Bechetti cambió a diez entrenadores, vendió jugadores claves y dejó un tendal de deudas. El equipo cayó dos categorías y, por primera vez en 112 años, quedó afuera de las tres divisiones de Ascenso.

Inglaterra es la Liga top de Europa con más técnicos y jugadores extranjeros. También patrones. “Amo al fútbol cuando veo a hinchas de mi segundo quipo, Bristol Rovers, que pagan sólo diez libras, comen grasientas bolas de carne y cantan asustando al arquero rival. Pero tengo ganas de llorar –dice Goldblatt– cuando veo a Chelsea campeón con dinero de los campesinos rusos”. Hoy, hasta Bristol Rovers, que juega en Tercera, tiene patrón foráneo, Wael al-Qadi, jordano nacido en Qatar. Goldblatt, nacido hace 51 años en Londres, cree que en el país de Julio Grondona no hay derecho a sorprenderse por el escándalo que estalló en la FIFA. Pero, aún así, y conociendo además el poder aquí de las barras bravas, pide a la prensa que recuerde siempre que el fútbol también es juego. “Y que algo que produce tanta alegría y solidaridad colectiva es muy precioso en este mundo”.

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