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Porrúa, el editor que no pudo ser anónimo

Domingo 28 de mayo de 2017
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LA NACION
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"El editor debe ser anónimo, no es más que su catálogo, no cuenta más que con eso", decía Paco Porrúa como restándose importancia, como quién no tiene la mínima intención de que su nombre compita jamás con su obra, y mucho menos, con la de otros. Pero aunque estuvo lejos de ser un editor anónimo, como pretendía, su catálogo bien habla por él: de la revolucionaria Rayuela a El señor de los anillos o las Crónicas marcianas, estas últimas editadas por Minotauro -el notable sello de ciencia ficción que fundó-, Francisco "Paco" Porrúa fue el gestor de una biblioteca que tanto hizo grande a las letras latinoamericanas como nutrió la imaginación de varias generaciones para las que tradujo a los novelistas más trascendentes del siglo XX.

Fue, sin embargo, un joven periodista y escritor colombiano poco conocido hasta entonces, y a quien Porrúa llegó tras una recomendación de Luis Harss, que a su vez la había recibido de Carlos Fuentes, quien haría que este gallego crecido entre los vientos de la Patagonia inscribiera su nombre en la historia grande de la literatura en español. Paco sólo había leído un par de libros del tal Gabriel García Márquez, pero fue suficiente para interesarse en el manuscrito que el autor le envío por correo desde Cartagena. Se trataba de Cien años de soledad, y Porrúa advirtiría pronto que la obra que había llegado a sus manos -gracias a que Mercedes, la mujer de Gabo, empeñó hasta las joyas para hacer el envío desde Colombia- se convertiría en un clásico. Fue más que eso. Desde su publicación en Sudamericana, hace ahora exactamente medio siglo, fue la piedra basal del boom latinoamericano, y la obra cumbre de un escritor que alcanzaría el Nobel y convertiría al realismo mágico en una forma de entender la cultura y la esencia de un continente. Se tradujo a 35 idiomas, contribuyó a la relevancia internacional de Sudamericana y cimentó, por varias décadas, el papel de Buenos Aires como capital de las letras hispanoamericanas. García Márquez lo escribió, pero Porrúa lo hizo posible.

"Sólo hoy me doy cuenta de que Buenos Aires, con la efervescencia cultural de entonces, era el lugar ideal para que apareciera la novela", comentó Paco cuando Gabo cumplió 80 años.

En esta edición de La Nacion revista Fabiana Scherer reconstruye la historia de la publicación porteña y universal de aquella obra consagratoria: una historia llena de mitos y curiosidades, de anécdotas y medias verdades.

"Si el catálogo es bueno, tú eres un buen editor; si no, lo eres malo -insistía Porrúa en una de sus últimas entrevistas-. El editor desaparece con su muerte y no deja más que unos libros editados." Paco murió en 2014 en Barcelona, pero su nombre seguirá vinculado para siempre con algunos de los títulos más imprescindibles de la literatura en español. Mientras ellos perduren, Francisco Porrúa no será jamás un editor anónimo.

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