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La crisis de la dirigencia argentina, de Alvear a Macri

Por décadas los que gobiernan no han sido en Argentina los dueños del capital, ni han tenido fácil entenderse con ellos. Esta tensión bien puede ser vista como manifestación de una dificultad más amplia: a cincuenta años de formulada parece seguir siendo cierta la afirmación de José Luis de Imaz de que Argentina sufre una “crisis de conducción”

Marcos Novaro

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PARA LA NACION
Jueves 25 de mayo de 2017 • 00:20
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Desde que en 1965 se hablara de la "crisis de conducción" se sucedieron dictaduras y crisis políticas aún más graves que las que motivaron ese juicio de Imaz. Pero también tuvimos la transición democrática de los ‘80s y la estabilización institucional posterior. ¿Resolvió este avance la larga crisis de las elites? Solo en parte. Alcanzó para poner en caja la violencia y reducir la intensidad de las luchas facciosas, pero no mucho más: seguimos añorando que el gobierno del mayor número alguna vez se asocie con el “buen gobierno”; que sean posibles acuerdos de largo aliento sobre los problemas crónicos de nuestra economía; para peor, las crisis económicas agudas y los déficits en la producción y distribución de bienes públicos básicos en vez de evitarse, se agravaron.

En verdad no debería llamarnos la atención que la democracia no alcanzara de por sí a resolver los problemas de las elites. Porque la ampliación democrática ya en un principio había complicado la circulación e integración de las mismas. Tal vez porque dicha ampliación fue demasiado veloz y puso a gente muy inexperta al frente de tareas para las que no estaba preparada; tal vez también porque la reacción conservadora ante esa velocidad de cambio fue tratar de excluir a los nuevos a como diera lugar, y sobre todo porque desde antes las elites operaban con arreglos institucionales y corporativos precarios y/o disfuncionales (un pacto federal inconsistente, un patrimonialismo extendido y apenas disimulado por la fe constitucional), que debilitaban la autonomía del aparato estatal, más necesaria que nunca a medida que la competencia entre grupos y partidos se intensificó.

Como sea, lo cierto es que justo cuando esos recursos fueron más exigidos, el país se enfrentó a una grave crisis externa y al desprestigio intelectual de las ideas adecuadas para gestionar cualquier acuerdo entre las elites. Con lo cual el pacto constitucional y el buen gobierno se fueron, juntos, al tacho y se extendió la desconfianza entre los dueños del capital y los dueños de los votos, y entre las facciones ocasional o estructuralmente enfrentadas de ambos campos.

El hecho de que ambos además desde antes se vinieran reclutando de espacios sociales y culturales muy distintos y, sobre todo, tuvieran cada vez menos vasos comunicantes también aportó lo suyo. Así una diferenciación que era natural consecuencia del éxito, del desarrollo y la complejización de la sociedad, se volvió fuente de frustración.

Que la última esperanza en evitar esta deriva se depositara en una figura “multifunción”, que recreó en su persona el rol que habían cumplido referentes a la vez de la política, la economía, las buenas familias y las ideas como Carlos Pellegrini, Bartolomé Mitre o Julio A. Roca, cuando ya el contexto era decididamente otro, fue sintomático de la profundidad de las dificultades que se enfrentaban. Marcelo T. de Alvear fue en los años veinte y tal vez aún más claramente en los treinta, el instrumento soñado para frenar esta crisis de dirigencia, pronto devenida crisis de legitimidad. Pero su esfuerzo resultaría en gran medida en vano.

A la vez hijo del patriciado, pariente cada vez más empobrecido pero pariente al fin de la elite económica tradicional, y un gran político democrático, capaz de vestir sin impostura a la vez la boina blanca radical y galera de felpa, como se decía con algo de sorna en Caras y Caretas, Alvear hizo lo que pudo por atender las expectativas de conciliación e integración. Lo intentó con particular clarividencia en dos terrenos fundamentales: la reforma social y la del estado, para darle nuevas miras y a la vez fortaleza y autonomía al aparato público frente a los intereses facciosos y partidistas. Contra el bloqueo convergente de yrigoyenistas intransigentes y conservadores habituados al fraude, que frustraron casi todas sus iniciativas al respecto en el Congreso. Y luego frustraron su regreso al poder en 1937.

Desde entonces, agravado el panorama por la creciente intervención militar, otra facción de la guerra interelites más que un árbitro estabilizador, la lucha política ocupó el centro de la escena, desbordando cada vez más las capacidades institucionales del estado. La sociedad se volvió más pluralista, la competencia tanto social como técnica por acceder a posiciones de mando se incrementó notablemente, se abrió a nuevas capas sociales. Pero todo dentro de un marco cada vez menos pluralista, más pretoriano. Esto es, cada grupo con sus recursos, intentando monopolizarlos, con sus propios cursus honorum y sus exclusivos criterios de legitimidad. Todos, por sobre todo, con motivos suficientes para temer por la precariedad de sus posiciones y para desconfiar de las conductas de los demás, fueran viejos o nuevos integrantes de las elites.

Así fue la lucha política y no el estado lo que dominó el panorama en las décadas posteriores. Por eso, porque éste se volvió terreno privilegiado de una lucha facciosa sin cuartel, y no instrumento para resolverla, tuvimos un estado elefantiásico pero no un “modelo estadocéntrico” comparable al de Brasil o México. Por eso tuvimos montones de golpes de estado, e igual número de programas económicos, no un régimen desarrollista mínimamente estable, ni siquiera una dictadura duradera capaz de vanagloriarse de algún legado.

Y por eso las fracciones de las elites en competencia consumieron buena parte de sus recursos (algunas, como la militar, la totalidad de ellos) en ese pantano de disputas interminables. Y su destino no fue ajeno a una decepción social cada vez más extendida. Que hoy sufren por igual los ricos y los políticos, pues a ambos les resulta muy difícil explicar la divergencia entre las promesas de progreso para todos que las mismas clases altas regularmente ayudaron a difundir, y las realidades que resultaron de sus ansias de predominio.

Quien más oportunidades de superar esta crisis de conducción tuvo en sus manos fue por supuesto el peronismo. Pero él insistió desde un principio en comportarse como una contraelite, antes que como una fuerza integradora. Su reiterado sueño fue pasar a retiro no sólo al resto de la dirigencia política, también a buena parte de la empresaria, la judicial y hasta la intelectual. Y así le fue. La última experiencia al respecto, más dispendiosa que nunca y también más efímera, habla a las claras de lo inútil de esa pretensión.

En esta historia Macri aparece como una mosca blanca, un invitado inesperado. Ante todo porque él, en forma aun más sorpresiva que Alvear dado el contexto antiempresario reinante, concilia en su persona roles que parecían definitivamente divorciados. Lo ha logrado a través de un renacimiento vocacional postraumático (tras su secuestro), que lo empujó a convertirse en una persona pública, un emprendedor institucional. Rol en que ha logrado unos cuantos éxitos y convertirse en fuente de imitación para unos cuantos de sus pares. La historia de CEOs “devenidos políticos” tiene este costado de integración de lo escindido que a veces se ignora o menosprecia.

Ahora bien. Ni él ni nadie puede obviar que un gobierno de ricos tiene de partida mala prensa, mucha peor a la ya mala de un gobierno de políticos, lo que es mucho decir. Y la primera consecuencia de la tensión resultante es que Macri se siente compelido a sobreactuar su distancia con su clase y más en general con el resto de los que mandan. Lo que ha redundado y se ha potenciado en la inconducente descalificación del “círculo rojo”.

Aunque lo cierto es que su apuesta, por concepción y también por las circunstancias reinantes, está más alejada que la de la mayoría de los presidentes que lo precedieron de propugnar un recambio de dirigentes demasiado amplio, no hablemos ya de fomentar una nueva contraelite.

¿Le alcanza con esto a Macri, con su excepcionalidad y las ventajas que ofrecen su moderación y sus circunstancias, para tener éxito allí donde Alvear fracasó? Para fomentar la circulación y la integración de las elites en un país estructuralmente pluralista pero funcionalmente corporativo y pretoriano, dominado por lo que Vicente Palermo llamó hace poco con agudeza “el imperio de las minorías intensas”, hará falta bastante más. Necesitará desalentar conductas defensivas y facciosas desarmando cotidianamente la infinidad de mecanismos que las reproducen. Y no sólo proponer mecanismos alternativos sino demostrar que dan mejores resultados. En distintos ámbitos lo hemos escuchado al presidente bregar por ello. ¿Tiene una fórmula adecuada para esa tarea? Todavía no, pero la está buscando.

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