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Oda a la Patagonia y a mis amigos

Domingo 28 de mayo de 2017
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LA NACION
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Son pocas las oportunidades que tengo para tomarme un fin de semana y viajar a algún destino en plan vacaciones. Y ni hablar cuando existe la posibilidad de que me toque un fin de semana largo. Eso es casi el sumun, el non plus ultra. Muchas veces elijo quedarme en casa con mi mujer y tener un par de días más sosegados, llenos de lectura, películas y buenas comidas. De cualquier manera este no sería el caso. El último mes mis amigos habían estado charlando sobre la posibilidad de hacer un pequeño viaje juntos y era una fija que salía o salía.

El destino: Cerro Catedral, San Carlos de Bariloche, Río Negro, Argentina.

Protagonistas: La Banda.

Así nos apersonamos en el Aeroparque Jorge Newbery, con equipajes de mano y una enorme sonrisa congratulándonos por el fantástico prospecto de las siguientes 72 horas. Ya el viaje en avión pronosticaba algo que recordaría durante muchos años, chanzas, chistes, comentarios y 10.000 metros más abajo el suelo argentino que iba pasando mientras nos acercábamos a la Cordillera de los Andes.

San Carlos de Bariloche fue fundada oficialmente en 1902, si bien ya hacía más de un cuarto de siglo el perito Moreno había izado la bandera argentina en la orilla del lago Nahuel Huapi. Con imponentes vistas sobre este increíble espejo de agua y las montañas que lo rodean, esta ciudad es una de las puertas de entrada más importantes para la Patagonia. Con típicas construcciones alpinas, casas y cabañas, las leyendas sobre Butch Cassidy y el Sundance Kid, su centro cívico y hoteles, como el Llao Llao, atraen todos los años innumerables visitantes del mundo entero dispuestos a disfrutar de esta ciudad y, sobre todo, de sus alrededores (no puedo dejar de nombrar a la eximia Camerata Bariloche).

Así llegamos al Cerro Catedral, cuya historia como centro de esquí se remonta a mediados de los 30. La entrada a la Villa del Cerro por la tarde fue espectacular, con las luces que se encendían, las chimeneas despidiendo un placentero humo y el saberse en las manos de inmejorable compañía. Nos instalamos en la casa y arrancó el fin de semana.

La vida de montaña tiene algo especial: se mezcla lo indómito del terreno, la capacidad humana para la adaptación y la belleza del paisaje. Todo lo comprobé de una manera muy peculiar. Porque una tarde Pepe, con su metro noventa de actitud y bondad, buscó voluntarios para salir a correr. Gran aficionado a las carreras de aventuras, triatlón, ironman (en fin, cuanto más tormento físico mejor) recibió un supino silencio. La jornada había sido larga y había comenzado la tradicional Podrida (juego de cartas), así que tímidamente levanté la mano y me ofrecí como voluntario. Hace casi 20 años, con Pepe vivimos en Nueva York.

Con el equipo deportivo comenzamos el trayecto y, a los 500 metros, ya trataba de seguirle el paso. La nieve crujía a cada zancada que dábamos y las pendientes se pintaban de naranja ante el imponente atardecer mientras sentía que estaba participando de una olimpiada. A los 5 kilómetros estaba liquidado, mientras que Pepe parecía fresco como una lechuga. A los 6, pensaba cómo encararía la vuelta y, a los 7, lo miré, me encogí de hombros y le dije que siguiera, que lo esperaba ahí así terminábamos la vuelta juntos. Lo vi alejarse con paso seguro y me senté en una roca mirando la montaña y, dispuesto a recuperar energías, me relajé.

Con este fantástico escenario comencé a pensar, cuando todavía observaba la pequeña silueta del ironman en el horizonte, lo afortunado que era por contar con mis queridísimos amigos. Porque sin ellos sería todo más triste, ni tan divertido ni interesante, y la vida probablemente carecería de ciertos matices y de tantos recuerdos que uno atesora por siempre.

Por eso no veía la hora de encarar, aunque costara un Perú, la vuelta y reunirnos todos nuevamente para disfrutar lisa y llanamente de la amistad.

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