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Jaime Roos: un letrista, un cantor, una pluma llevada por el viento

Se editó El montevideano, una completa biografía sobre su obra; en paralelo, sigue adelante la reedición de todos sus discos

Lunes 29 de mayo de 2017
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LA NACION
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¿Cuánto pesa una obra? ¿Y cuánto mide? ¿Podemos apelar a una unidad de longitud para medir la obra de un artista? Claro que no, pero ahí están los dos metros de palabras, de ríos de tinta que Jaime Roos atesoró en estos cuarenta años de trayectoria. Su archivo personal guarda un "98 por ciento de lo que salió en la prensa escrita, que es lo que a mí me interesa", sostiene el autor de "Durazno y Convención" con una sonrisa leve. Apura el primer sorbo de una Coca light y se dispone a "echar luz sobre su obra", tal el objetivo que se trazó no bien la historiadora uruguaya Milita Alfaro le propuso escribir una completa biografía. Así nació el libro que hoy tenemos entre manos, El montevideano (Planeta). Quinientas páginas, el peso justo y una y mil historias que conforman el todo que compone a este Gershwin uruguayo, tal como lo describió Rubén Rada.

Foto: Santiago Cichero/AFV

Siempre son las cuatro para Jaime y también lo es en esta tarde porteña templada, cuando su sonrisa viene a mi encuentro. Hace casi dos años que no se sube a un escenario. Desarmó la banda y la productora, se puso a trabajar en la revisión y remasterización de su obra completa y abrió su historia de par en par en una serie de charlas interminables, intensas y tristes.

-¿Leíste el libro? ¿Qué sensaciones experimentaste?

-Lo leí no bien Milita terminó la primera mitad. Ella se había propuesto no mostrarme nada hasta el final, pero necesitaba en cierta forma mi opinión para ver cómo iba rumbeado. La llamé y le dije una serie de elogios, y que me gustaban mucho la cadencia, el relato, el estilo, la estructura. Y le dije que me sentía reflejado en lo que había escrito. Sentí que era un retrato mío, pero, al mismo tiempo, me llamó poderosamente la atención, como siempre sucede cuando te hacen un retrato, que uno ve en él la mano del otro. Esa dicotomía cercanía-extrañeza me parece reveladora de lo que es este libro para mí. Mi meta principal cuando acepté el proyecto se ve cumplida con creces. Se trataba de echar luces sobre mi obra. La meta última de Milita Alfaro era otra: estudiarme a mí y a mi obra como parte de un hecho cultural que proviene de un determinado ámbito, con sus connotaciones sociológicas, históricas, políticas, generacionales. Ya sabemos que las obras de arte se defienden solas. Sin embargo, el hecho de poner a disposición detalles, un cúmulo de información sobre todo lo que rodeó a los álbumes me parecía que le daba mayor fidelidad. Eso no mejora una obra, la puede empeorar eventualmente, pero de lo que estoy segurísimo es de que ahora las canciones para el lector-oyente se pueden apreciar con una lupa de mejor calidad. Hay un relato de mi vida que sé que es verdadero. Todo lo que se dice es verdad, pero no se dice toda la verdad. Ése es otro cantar. Hay muchas cosas que no quise decir porque entran en la órbita de lo privado.

-Pero eso se consigna en el libro. En algunos temas muy personales le aclarás a la autora que sólo le vas a decir una cosa y que con eso das por cerrado el tema.

-Es que son temas que no creo que le importen a nadie, salvo a los involucrados. Mucha gente no tiene derecho a réplica y no quería que el libro fuera un ajuste de cuentas, como he visto en tantas biografías. Más allá de que hay una serie de anécdotas y que se dicen muchísimas cosas para aquel que tenga ojos y para aquel que tenga oídos. No creo que sea una historia edulcorada, sino simplemente que ha sido respetuosa de las privacidades.

El hombre de la calle, el que atravesó mil temporales
El hombre de la calle, el que atravesó mil temporales. Foto: Diego Spivacow/AFV

-Casi en paralelo te sumergiste en un trabajo de revisión y remasterización de toda tu obra que comenzó a reeditarse en etapas el año pasado. Discos y libro se complementan, con un relato pormenorizado de, por ejemplo, tu viaje iniciático por América latina, la relación con la madre de tu hijo...

-Muchas de esas cosas están dichas a cuentagotas a lo largo de reportajes o comentarios que se fueron juntando durante 40 años, pero nunca de forma vertebrada como en el libro. Yo tengo un archivo de prensa donde está el 98 por ciento de lo que se ha escrito sobre mí. Yo tenía 17 años, estaba tocando en una obra de teatro para niños y me acuerdo de que en la cartelera de espectáculos no sólo salió el elenco de la obra como siempre aparecía, sino que también salimos nosotros, los músicos. Yo me puse muy contento y se lo mostré a un actor; me dijo que lo recortara y guardara. "Escuchame bien, tenés que guardar todo lo que se escriba sobre vos porque algún día te va a servir y ese día te vas a acordar de mí", me dijo, y tuvo un enorme poder de persuasión. Recorté eso y cada vez que aparecía mi nombre, a cada muerte de un obispo, lo iba guardando. En mis primeros diez años de trayectoria llené un sobre, pero luego cada año se convirtió en un sobre. Casi como una exigencia disciplinada les pedí a mis agencias, a mis productoras, que siempre me guardaron todo lo que se escribía. Bueno, 40 años después de aquel primer recorte le llevé el archivo de más de dos metros de alto a Milita Alfaro a su casa y la liberé de meses en la biblioteca nacional y viajes a Buenos Aires. Ella lo primero que hizo antes de que nos juntáramos a charlar fue estudiar ese material. Luego sí nos juntamos a repasar los temas en orden cronológico, las preguntas de ella y, por último, las canciones. Una por una, escuchando los discos.

-Tu niñez y tu juventud están descriptas muy detalladamente y en ellas están las claves de buena parte de tu obra. ¿Te sentiste incómodo con algunos temas?

-Pasó de todo y debo decirte que eso está sintetizado por la autora. De los problemas que viví quizás en el libro aparezca un cinco por ciento. Y vuelvo al inicio, hubiera sido inconducente poner más de eso. Sentí como una cuestión personal el hecho de que quizá no esté lo suficientemente profundizado lo que sufrí. Hubo mucho dolor por distintas causas y eso está reflejado en el libro.

A los 17 años, Jaime Roos empezó a fantasear con la idea de irse a Europa y a los 21 se subió al avión que lo depositaría en Madrid. Luego, en París, conoció a Franca, una holandesa siete años mayor que él con la que viviría una relación muy intensa; emprendería un viaje iniciático por América latina toda, retornaría a Europa y tendría con ella a su hijo Yamandú y se afincaría en Amsterdam antes de su regreso definitivo a Montevideo. Fue en esos años en los que nació el compositor, el hombre que retrató en decenas de canciones esa "república de la vereda" que ya no existe y esa Montevideo mística que quizá sólo respire en su obra. Pero, a la vez, su música es fundamental para entender el fluir de su ciudad.

Candombe del 31, tu primer disco, nació en París. Hiciste kilómetros por toda América latina con las cintas del álbum en tu mochila. No se perdieron de milagro. Y con buena parte de tus obras tuviste problemas de grabación y de toda índole. Se entiende que hayas tomado el "toro por las astas" hace mucho tiempo y que no dejaras en manos de otros casi ningún aspecto relacionado con tus discos.

-Y con los espectáculos, y con los videos. Cuánto hubiera dado para poder delegar. Hubo momentos en los que hubo que lavar las camisetas, tirar los córneres, hacer de referí y atajar penales, todo junto. Y alguien tenía que hacerlo. No era un tema el hecho de hacer o no algo dependiendo de las condiciones reinantes. Nosotros íbamos a hacer una gira, listo, la hacíamos. Quería hacer un disco, lo hacía. Si tenía que ir a comprar el papel de la tapa al Paraguay y traerlo de bagayo en la bodega de un micro, lo hacía. Y aparte había que escribir las canciones. Nada hubiese existido sin ellas. Había que escribirlas. ¿Cuándo? ¿Cómo? En Europa, en mis momentos de máxima miseria, yo era enormemente rico, un millonario, porque tenía todo el tiempo que quería. ¿Cuánto vale ese tiempo? No tiene precio. Fijate lo relativo de ciertas cosas.

-Prácticamente nada para perder... o estar lejos de tu país, de tu familia...

-Eso era parte del panorama. Las cosas se fueron dando de forma casual. Yo no sabía cuando fui a Madrid que iba a terminar en París viviendo tres años y que iba a ser padre en Holanda y me iba a ir a vivir allí para estar cerca de mi hijo. Una pluma llevada por el viento.

-En 3 millones, la película que hiciste y que cuenta la epopeya de la selección de Uruguay en el Mundial de fútbol de 2010, también está presente la relación entre Yamandú y vos, los encuentros anuales que tienen y cómo mantienen activa la relación océano mediante.

-Yamandú estaba por cumplir 6 años cuando yo volví definitivamente al Uruguay. En aquellas épocas de exilio, de idas y venidas, en parejas donde uno era de América latina y el otro europeo, quedó una generación de niños boyando, yendo y viniendo. El caso de Yamandú es el mismo de decenas de amigos y gente que conozco. Y bueno estaban aquellos que decidían seguir siendo padres o madres a pesar de la distancia y los que directamente pasaban de todo. En mi caso no me resigné a perder a mi hijo y no quise que mi hijo me perdiera a mí. Especialmente entre los 6 y los 18 años de Yamandú fue un período duro, intenso, disciplinado. Mis únicas vacaciones eran para estar con mi hijo. Eran seis semanas 24 horas al día. Después de los 18 él se vino a vivir conmigo, estuvo dos período de seis a ocho meses antes de empezar a estudiar fotografía. Esa batalla fue ganada por ambos, lo digo en el libro. Ahora, él vive en Amsterdam y esta broma latente de nuestro encuentro anual debo decirte que la veo en mis amigos que tienen sus hijos uruguayos viviendo en Canadá, Estados Unidos, España.

-A tus veinte te fuiste de Montevideo como bajista y volviste compositor. El barrio y la ciudad, lejos de maneatarte te convirtieron en artista universal. Tus vivencias de niño y de joven te nutrieron para componer clásicos como "Durazno y Convención" a miles de kilómetros de allí. Y, a la distancia, te convertiste en un observador preciso de eso que ya no tenías delante de tus ojos.

-Ya hacía unos cuantos años que escribía canciones que a raíz del comentario de alguien, pensé, yo debo haber tenido una infancia feliz, puesto que se hace presente en mis canciones. Y de repente dije no, no es mi infancia, es el lugar donde crecí y yo lo asocio con las cosas que viví allí. Ya estaba escrita "Durazno y Convención" cuando empecé a tomar conciencia de esto. Y llegó un momento en el que me di cuenta de hasta qué punto todo lo que aparecía en mi primer álbum, Candombe del 31, era la matriz de la cual nacieron y crecieron los otros discos. Quiero decir, entre mi primer álbum y el último de canciones originales hay una notoria evolución musical, interpretativa y compositiva, pero son galletitas de la misma fábrica. Me di cuenta de que la primera canción que grabé en París 10 meses después de haber llegado a Europa era "Señorita Efe" y que la escenografía del tema era mi barrio en verano en una tarde de siesta, cuando el sol pega y reverbera. Y yo le estaba cantando a una holandesa, en París, haciendo alusión a una canción de Zitarrosa que se llama "Señorita Erre". Pero en mi mente y en la letra eso sucedía en el barrio donde yo había nacido. Y la canción "Candombe del 31" se desarrolla en la esquina de mi casa, en Convención y Maldonado, bar que todavía existe.

-Hace casi dos años que no tocás, ¿cierto?

-Sí, exacto. Y desarmé mi productora, la banda. Ya tuve períodos de ausencia de los escenarios que me han hecho mucho bien. Yo dejé de tocar porque había perdido la felicidad. Se había convertido en un trabajo. Está mal dicho, se había convertido en un laburo. En los últimos shows, ¿eh? Por suerte no hubo un período de declinamiento, lo corté justito. Y a partir de octubre mi vida es un signo de interrogación, lo cual me hace mucho bien, eso es estar libre.

-¿Por qué a partir de octubre?

-Porque vuelvo de un viaje y ya voy a haber terminado una serie de cosas que me faltan de la remasterización de mi obra completa. A partir de octubre tengo una agenda en blanco, laboral y personal, que me hace mucho bien. Quiero poder meterle seis meses de trabajo completos a la composición y ver qué pasa.

El Otorrino que abrazó la canción

El anecdotario de Jaime Roos es extenso y guarda todo tipo de historias. Algunas de ellas cruzan a varias generaciones de músicos uruguayos. Como la que lo une a Jorge Drexler desde los días en que el autor de Al otro lado del río vestía guardapolvo blanco y llevaba un estetoscopio a cuestas. "¡Jorge me llegó a atender a mí!", recuerda Jaime y larga una risotada. "Él es otorrinolaringólogo, igual que su padre, que es una eminencia, y algunos de sus hermanos también siguieron los pasos del padre. Jorge me llegó a atender por un problema del oído y tuvimos charlas para diseñar algún aparato que nos protegiera del trauma acústico, pero que dejara pasar el sonido. Un par de años después arrancó para España, tomó esa maravillosa decisión de dedicarse a la música. ¡Qué suerte que lo haya hecho! En Uruguay hay varios casos de músicos y profesionales. Como Gabriel Peluffo (ex Los Estómagos, actual cantante de Buitres). Gabriel es el presidente de la Sociedad de Pediatría, sale en televisión hablando de los niños, de la vacuna de la gripe y otros temas por el estilo, y de noche es otra persona: se viste de oscuro, canta sobre seres que reptan y maneja esa estética de cómic negro que cultivan los Buitres."

Un hombre que se adelantó a su tiempo

"Para mí Mateo siempre fue la brújula", dice Roos en El montevideano. Entonces, hablemos de Eduardo Mateo. "Era un auténtico bohemio que vivía como podía -cuenta su admirador-. Era una persona fuera de serie, pero no estaríamos hablando de nada de esto si no hubiera sido por su música. Es uno de los compositores más importantes, a mi entender, de la música latinoamericana. Él llegó a determinados lugares que para nosotros son aún hoy tierras inexploradas. En los años 80, estando con Hugo Fattoruso, se nos acerca un periodista y nos pregunta por Mateo. «50 años adelante», le responde Hugo. Y ya han pasado 30 años y Mateo sigue 50 años adelante. O 100. Su excelencia musical es tan profunda que se vuelve futurista; combinada con esa vida, con esa bohemia y ese bagaje anecdótico... Es muy difícil que alguien que llegó tan lejos con la música no haya encontrado una forma de canalizarlo para vivir mejor, para ser reconocido en vida. Como artista él vivía en paz y era admirado por todos nosotros. Es importante ser músico para valorar a nivel armónico, rítmico y compositivo su dimensión. Pasa como con la pintura abstracta, se necesita cierto conocimiento previo. Como me dijo una vez en Amsterdam un saxofonista alemán al que le hice escuchar las canciones de Mateo: «No tengo punto de referencia». Es muy fuerte que te digan eso."

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