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Cuando el barco se hunde...

PARA LA NACION
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Loris Zanatta
Martes 30 de mayo de 2017 • 00:51
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Bien se sabe el resto del refrán: las ratas huyen, lo abandonan. No sé si el barco chavista se hundirá, si lo hará por su cuenta o arrastrará al abismo a todo un país. Por lo que veo, su lema es après moi le déluge; o si se prefiere: muera Sansón con todos los filisteos. Para mantenerse a flote, le toca rascar el fondo del barril, intentar una surreal reforma constitucional corporativa, el fascismo del siglo XXI. Sin embargo, una cosa ya es evidente: muchos se están bajando del barco. ¡Corren como diablos! Algunos lo hacen en silencio; pero seamos sinceros, hay silencios que hacen mucho ruido. ¿Alguien sabe si Michael Moore, después de tanto alabar a Hugo Chávez, está filmando un documental sobre la alegría de los venezolanos? ¿Si Ken Loach o Sean Penn proyectan llevar al cine el gran éxito alcanzado por el Ministerio para la Suprema Felicidad del Pueblo, creado por su héroe? ¿Alguien han escuchado el último cuento de Gianni Vattimo sobre las virtudes mágicas del socialismo tropical? ¿O leído la última entrevista de Ignacio Ramonet con Nicolás Maduro con violines de fondo? Por lo menos, el inefable Noam Chomsky no se esconde y actúa: firma protestas contra los abusos de... ¡Mauricio Macri! Gracioso, pero cierto.

La honestidad intelectual es un bien escaso, algo que ya no sorprende, pero más que llamarse a silencio en la actualidad puede más la incontinencia verbal de aquellos que sienten el deber de justificarse. Y la tendencia más reciente es la que a partir de ahora vamos a escuchar a menudo. ¿De que se trata? Lo pongo en palabras de un político de Podemos que encontré en un congreso académico: "¿Maduro? Es el más antichavista de los antichavistas". La cita es textual. Y como él otros cientos, que pronto serán miles, muchos de ellos ex funcionarios o dirigentes del régimen de Chávez, seguirán la misma consigna: abandonar el barco. Una clara señal de que ya no creen que este pueda enderezarse y no quieren hundirse con él. No hace falta decir que, si se quiere ver el vaso medio lleno, estas son buenas noticias y que son cada vez más los que creen que el chavismo cruzó el límite insuperable. Indicios de que el régimen se desmorona, que está socavado por profundas grietas, que muchos que por años desfilaron disciplinados al compás de su política están ahora buscando rehacerse una virginidad. Es impactante leer la entrevista otorgada al diario El País por el General Rodríguez Torres, peso pesado de los servicios de inteligencia chavista hasta hace tan sólo tres años. Cuando Él todavía estaba vivo, resonaba su voz como un tango; si Lenin no hubiese muerto, retumbaría su eterno gemido. Como si en esa época, cuando el régimen organizaba las milicias que hoy en día reprimen; tomaba el control total del poder judicial, del ejército, del poder electoral, de la educación; cuando inundaba el país con miles de horas de propaganda presidencial en cadena obligatoria, Venezuela fuera una maravillosa democracia, contaminada ahora por Maduro, el malvado de la película.

Visto de esta manera, Nicolás Maduro me da casi lástima. No digo ternura, porque el personaje es demasiado grotesco para provocar sentimentalismo, pero lástima sí, porque el suyo es un destino irónico. Si Venezuela es ahora lo que es, si es un estado fallido en manos de una mafia sin escrúpulos envuelto en viejas y mohosas consignas ideológicas, si la violencia y la miseria se persiguen sin descanso y la anarquía más oscura destruye día tras día los lazos sociales que todavía quedan, si la enorme riqueza acumulada a lo largo de una década ha desaparecido debido a la mezcla explosiva de cleptomanía, amateurismo y megalomanía, si llenándose la boca con la palabra "pueblo" el régimen ha destruido la confianza en las instituciones públicas sin la cual ningún orden social puede mantenerse en pie, la responsabilidad histórica es en primer lugar de Hugo Chávez y de los muchos que lo han aclamado, ovacionado, celebrado. A Maduro, a quien el mismo Chávez lo dio en dote a los venezolanos, le quieren quitar hoy en día el derecho a invocar a quien quería como a un padre. Qué injusticia, pobre Maduro. Es todo tan claro: sus políticas, sus funcionarios, sus instituciones, sus absurdos proyectos de reforma constitucional, su desastroso gobierno económico, sus asesores cubanos, son todos legado de Chávez.

La verdad es que la realidad es bastante prosaica: el chavismo mantendrá una presencia importante en la historia y la política de Venezuela y es justo y deseable que pueda encontrar la forma institucional de vivir democráticamente con las otras almas del país; pero que su régimen fuera desde sus orígenes impregnado por el típico impulso totalitario del populismo latinoamericano, era obvio y predecible para cualquiera que conociese la historia de ese fenómeno. Muchos lo habían dicho y escrito: tenían razón.

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