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Trump busca sacar a la Casa Blanca de la sombra del Rusiagate

El magnate regresó de su primera gira a Washington, donde todavía reina un clima espeso; analiza cómo blindar a su yerno

Martes 30 de mayo de 2017
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LA NACION
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Trump homenajeó ayer a los soldados caídos en el cementerio de Arlington
Trump homenajeó ayer a los soldados caídos en el cementerio de Arlington. Foto: AFP / Chipo Somodevilla

WASHINGTON.- La política de Estados Unidos se tomó ayer una pausa, sagrada, de un día, para honrar a los soldados caídos en el largo historial de batallas del país. Fue un momento de calma en medio de una tormenta: Donald Trump y su tumultuoso y joven gobierno intentarán, en las semanas que restan hasta el largo receso del verano boreal, contener el escándalo del Rusiagate, retomar la iniciativa e impulsar su agenda.

El gobierno de Trump parece acorralado y aturdido. La primera gira presidencial por Medio Oriente y Europa, que dejó deshilachadas las alianzas con el Viejo Continente, quedó opacada por las crecientes sospechas sobre el vínculo entre el círculo íntimo de Trump y el Kremlin, los rumores de cambios en su gabinete y la amenaza de un juicio político, una especulación que roba tiempo y oxígeno en las conversaciones en Washington.

En ese clima picante y espeso, Trump aún tiene que terminar de arrear a la tropa republicana detrás de sus principales iniciativas: su draconiano presupuesto, su reforma de salud, bautizada Trumpcare, y su reforma impositiva, que ha alimentado las expectativas corporativas de un jugoso recorte de impuestos, y ha fogoneado el último rally de las acciones en Wall Street. Nada indica que será una tarea fácil.

Trump se apegó al protocolo y dedicó todo el día de ayer a honrar a los militares. Un día antes, apenas regresó de Europa, había descargado, otra vez, toda su frustración en Twitter, donde había acusado, otra vez, a la prensa de difundir "noticias falsas". También defendió a su yerno, Jared Kushner, que se encuentra bajo una creciente presión por el Rusiagate. "Jared está haciendo un trabajo genial por el país", dijo en un comunicado difundido por The New York Times.

En Washington, las voces más críticas pidieron la cabeza de su principal asesor y confidente o, al menos, que se revoque su acceso a información sensible, algo que Trump no parece dispuesto a hacer.

La Casa Blanca mantuvo su estrategia de minimizar la gravedad de la movida del equipo de transición de Trump, ejecutada por Kushner, de buscar un canal de comunicación secreto con el Kremlin antes del cambio de gobierno. El único funcionario que respondió preguntas sobre el tema durante el fin de semana fue el secretario de Seguridad Interior, John Kelly, que se apegó a esa estrategia.

"Creo que cualquier canal de comunicación, secreto o de otro tipo con un país como Rusia es algo bueno", dijo Kelly. "No me molesta", agregó.

El jefe del Consejo de Seguridad Nacional de Trump, el general H. R. McMaster, había ensayado la misma defensa desde Europa. El equipo de seguridad nacional de Trump es el rincón mejor visto de su gobierno: goza de prestigio, entre republicanos y demócratas. Por eso, no parece que haya sido casual que Trump haya decidido que sean ellos quienes brinden explicaciones, más aún cuando es sabido el malestar del presidente con su equipo de comunicación.

Mientras la Casa Blanca busca blindar a Kushner, Trump dilucida si mete mano o no en su gabinete y en el funcionamiento de su administración, o si continúa igual.

Durante la gira presidencial arreciaron las versiones sobre cambios en su equipo, la creación de un "cuarto de guerra" repleto de abogados para manejar la crisis desatada por el Rusiagate, e incluso la posibilidad de que los mensajes de Trump en Twitter sean filtrados, primero, por sus abogados.

Su gobierno ha quedado bajo la sombra de la amenaza de un impeachment. Una búsqueda simple en Google con las palabras "Trump impeachment" arrojaba ayer casi 27 millones de páginas. Un creciente número de ciudades y de pueblos -todos demócratas, desde ya- ha buscado elevar la presión sobre el Congreso al aprobar resoluciones, a través de sus consejos deliberantes, que exigen un juicio político al presidente.

Acorralado, con su popularidad de capa caída y su credibilidad en ruinas, Trump tiene que encontrar la forma de lograr que los republicanos en el Congreso logren llevar hasta su escritorio las leyes con sus principales promesas de campaña. El problema: son iniciativas polémicas, que requieren de mucho capital político para cobrar vida, algo que Trump no tiene.

El Senado se prepara para reescribir casi por completo el proyecto de reforma de salud aprobado por la Cámara de Representantes, una movida que podría volver todo el esfuerzo hecho por los congresistas a foja cero.

El presupuesto de Trump, que incluye profundos recortes en programas sociales, fue declarado "muerto de entrada" por el senador John McCain, uno de los republicanos más críticos del mandatario.

Resta la reforma impositiva. Trump prometió en campaña un fuerte recorte en el impuesto a las ganancias para las empresas, un intento por resucitar la receta que utilizó en su momento Ronald Reagan para reactivar la economía. Los republicanos siempre han sido afectos a bajar impuestos, pero también quieren reducir el déficit fiscal, y la Casa Blanca hasta el momento no ha presentado un plan viable para lograr ambos objetivos a la vez.

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