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Santiago Sierra: "Como con algunos animales, deberíamos pedir la libertad de las cajeras de los supermercados"

Uno de los artistas más contestatarios del arte actual humaniza en una performance a las víctimas que la guerra reduce a cifras; hoy dará cátedra en la BP17

Martes 30 de mayo de 2017
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PARA LA NACION
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En la sala oscura, un hombre y una mujer leen en forma ininterrumpida los nombres de los asesinados en Siria; en la pantalla, en letras rojas, aparecen también sus nombres. Con esta performance, Santiago Sierra (Madrid, 1966), uno de los artistas más contestatarios del mundo del arte actual, referente de la performance social y comprometida, humaniza a las víctimas que la guerra reduce a cifras. Son nombres en un idioma ajeno; sin embargo, uno empieza a pensar en esas personas, en su final trágico. La operación estética es potente.

Se trata de Los nombres de los caídos en el conflicto sirio desde el 15 de marzo de 2011 hasta el 31 de diciembre de 2016, una performance de 56 horas y 43 minutos que integró hasta ayer a las 18.50 el programa de la Bienal de Performance (BP.17), en el Centro Cultural Recoleta. La lectura se hizo en las cuatro sedes que coproducen el proyecto: Tel Aviv, Viena, Londres y finalizó en Buenos Aires, única ciudad a la que Sierra viajó, especialmente por ser el último eslabón. Hoy conversará públicamente sobre su obra con la ensayista Graciela Speranza.

Con sus performances, instalaciones, fotografías y videos, el español reflexiona sobre la discriminación, el racismo, la guerra, la exclusión social y la explotación en el capitalismo. En Personas remuneradas durante una jornada de 360 horas continuas, una persona permaneció acostada sin moverse en un pequeño hueco construido en el MoMa PS1 de Nueva York durante 360 horas: dos semanas. Cobró diez dólares por hora y fue alimentada por un hueco. En Los penetrados el artista recurre al sexo como símbolo del miedo a la inmigración.

Contrató mendigos y los expuso en una galería al tiempo que se escuchaba su súplica amplificada por altavoces. Les pagó a vendedores ambulantes para teñirse el cabello y tatuó a personas que no hubiesen deseado hacerlo, pero que aceptaron porque necesitaban el dinero. Con 10 personas remuneradas para masturbarse y Línea de 10 pulgadas rasurada sobre las cabezas de 2 heroinómanos remunerados con una dosis cada uno expuso los procesos de mercantilización que cosifican y degradan a las personas. Para el artista, "perverso no es masturbarse, teñirse o tatuarse la piel. La perversión está en el hecho de comprar cuerpos, voluntades, tiempo".

Para mostrar las atrocidades del nazismo, con su performance 245 m³ intentó llenar con monóxido de carbono la antigua sinagoga Stommeln, en el municipio de Pulheim (oeste de Alemania), pero ante la protesta de la comunidad judía, la acción fue cancelada. En Catering, presentó en una galería de Milán una mesa con vino, pan y ratones asados que muchos degustaron (se importaron especialmente para ese evento unos roedores llamado cuy que se comen en Ecuador).

Aún muy conmovido, Sierra, que no acepta que le tomen fotografías y ha dado en su carrera muy pocas entrevistas, conversó en exclusiva con LA NACIÓN recién cuando se leyó el último nombre de los 144.308 muertos en Siria. "Este proyecto me deja sin palabras: es seco, feo, triste, como tiene que ser", dice el artista, aún muy conmovido.

-¿Qué pasó el fin de semana? ¿Cómo reaccionó la gente al ver la performance?

-Es una obra muy dura para ver, la gente no se queda mucho. No está pensado para verla entera, sino para que te abrumen los datos y salgas. La sala por mucho tiempo estuvo vacía.

-¿Piensa continuar con esta performance porque el conflicto continúa?

-Se podría, pero es emocionalmente muy exigente. No es muy alegre hacer esto. Puedo seguir con cualquier país porque es un gran negocio esto de las matanzas. Pero de momento no lo voy a hacer, aunque no lo descarto.

-En el caso de sus obras con veteranos de guerra de Israel, México y Perú, ¿cómo se contactó con ellos?, ¿qué les dijo?

-Es muy sencillo porque está lleno de veteranos: pones un anuncio y aparecen. También es sencillo porque al salir del ejército muchos de ellos no encuentran trabajo, y les viene bien el dinero. Además, les parece una forma de enseñarse muy adecuada, se sienten a gusto con ella.

-Cuando incluye indigentes en sus trabajos, ¿les explica el porqué de la obra?

-Procuro que no sea un contacto extraño o estrafalario para ellos. Nadie que va a contratar a un camarero le explica la necesidad de servir copas. La finalidad última de un trabajador es que le paguen por su trabajo. Se les dice que se trata de un proyecto artístico. Con algunos ha habido más nivel de implicación que con otros, pero van a trabajar y eso es lo que quiero. No busco que se reinterpreten a sí mismos. Por eso es interesante: es muy claro para el espectador lo que sucede.

-Usted sostuvo que el trabajo está vinculado a la tortura, ¿qué tipo de trabajo escapa a esta categoría?

-En esencia todo trabajo es así, puede que tengas mucha suerte y te toque uno en el que te sientas más realizado, pero vamos: se trata de vender tu cuerpo y tu inteligencia no a tus propios intereses, sino a los intereses de otra persona. Por lo tanto, el hecho de no poder disfrutar de tu vida lo aproximaría a lo mortuorio. Cargar camiones todo el día o estar parado como hace el vigilante de aquí, en el Centro Cultural Recoleta, durante horas, son formas de tortura. Hombre, yo creo que habría que comportarse como lo hace mucha gente con los animales: ¡deberíamos pedir la libertad de las cajeras del supermercado! Son mujeres que están allí sentadas durante horas privada del disfrute, de su inteligencia, de su tiempo y de su cuerpo. Lo disfruta otro: el que se lleva el usufructo de su trabajo.

-Pero, ¿el arte, lo que usted hace, escapa a esta situación?

-Yo no trabajo, no es trabajo remunerado del tipo de esclavitud asalariada a la que me refiero. Yo estoy haciendo lo que se me da la gana en el uso y disfrute de mi tiempo y poniéndolo luego en el mercado. Soy mi jefe. He trabajado, conozco la diferencia.

-¿Qué es lo que no tolera del mundo del arte?

-Si dices alguna crítica, tal vez desde mi punto de vista lo menos importante es la sociabilización. Me gusta hacer arte, que lo vea la gente, y lo que menos me gusta es tener que dar la cara luego, tener que socializar. No me interesa que me tomen fotos o salir en videos: intento que se vea mi trabajo, no mi cara y cómo hablo. Son cosas que al mundo del arte puede atraerle, pero a mí no. Es como pensar la obra de cualquier artista: me interesa la obra de Anish Kapoor pero su cara y su vida me tienen sin cuidado.

-¿Cómo se relaciona con el mercado? ¿Quiénes compran sus obras?

-Pues unos coleccionistas con un extraordinario sentido del buen gusto. Muy pocas instituciones públicas. Más que nada son coleccionistas privados que quieren tener un testimonio de su época.

-¿Cómo resolvió el conflicto en la sinagoga Stommeln?

-Intenté explicarles a los miembros de la sinagoga de Colonia que no los estaba agrediendo. Creo que este desbarajuste fue creado por la prensa que tiene que vender periódicos. Es que un periodista hizo un par de llamadas maliciosas a un miembro importante de la comunidad judía en Alemania: le dijo que había un radical que estaba haciendo una barbarie en la sinagoga. Y ese hombre antes de saber de qué se trataba empezó a hablar. Este tipo de escándalos no suelen ocurrir en la sala porque el público del arte es muy mundano, es gente con cierta cultura. No es un público que se escandalice fácilmente.

-¿Lograron entender que usted quiso hacer un homenaje?

-Sí, hablé con ellos. Ya antes de la reunión habían chequeado quién era yo: no hubo ningún problema. Pero ya no era una cuestión nuestra: lo único que se podía hacer era suspender la performance porque podía convertirse en un episodio más de enfrentamiento muy antiguo.

Para agendar

Hoy charla pública con Santiago Sierra, de 19 a 21, en la Universidad Torcuato Di Tella, Av. Figueroa Alcorta 7350. La inscripción para participar se realiza hasta las 16, aquí.

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