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El triunfo de Cristina Kirchner

Martes 30 de mayo de 2017 • 01:23
PARA LA NACION
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Imaginemos a un búlgaro que acaba de llegar de visita a la Argentina. Para practicar su buen español enciende el televisor en el hotel y se topa con una entrevista que le hacen entre cuatro a la ex presidenta Cristina Kirchner. Interesante. Nuestro hombre ya había escuchado en Sofía que penden sobre Cristina múltiples causas judiciales, inclusive sospechas que la relacionan con el presunto asesinato de un célebre fiscal, quien la investigaba y apareció muerto horas antes de denunciarla. Cree saber -leyó o escuchó- que además de que bajo su gobierno ella se enriqueció porque tuvo la suerte de ganar más dinero que nadie, en los últimos tiempos se descubrieron impresionantes casos de corrupción en su entorno, al punto de que un presunto socio o testaferro se convirtió de la noche a la mañana en gran terrateniente de la Patagonia.

“¿Es ella?”, se pregunta. “¿Se trata de la misma persona?”. La corrupción casi ni aparece durante la verborrágica exposición televisiva. No luce como alguien afligido por un eventual destino tras las rejas. Da mil explicaciones, pero son sobre otros asuntos. Explica y explica, no quiere que la interrumpan. Quienes la interpelan la escuchan con aire reverencial. Los temas acaso evocan la agenda de un típico opositor radicalizado, uno muy frontal. Por momentos podría ser una encendida trotskista despotricando contra el capitalismo hediondo.

Describe un país maravilloso, feliz, que resultó arrasado en pocos meses por la malicia de su sucesor. El pueblo fue engañado, dice, por quienes ganaron las presidenciales, que el partido de la señora perdió por obligarse a decir sólo verdades, textual. Es la hora de la unidad. Con tono mesiánico ella amaga con ser candidata a senadora en las próximas elecciones. Sólo si fuera necesario, advierte.

El temario es un issue en sí mismo. La ex presidenta se toma un tiempo para apostrofar a los periodistas que tiene delante, les marca qué cosas deben importarles y cuáles deben omitir, pero entre estas últimas, curiosamente, tampoco la corrupción aparece mencionada. Después de todo, dirá el búlgaro, no tendría mayor sentido reclamarle al periodismo la exclusión de algo que se acaba de probar ajeno a su curiosidad.

Descifrar la escena parece sencillo y quizás no lo sea. Muchos televidentes, argentinos, ya no turistas, han fustigado a los entrevistadores de aquella noche por no haber hecho bien el trabajo de representar al verdadero periodismo. Tal vez nadie se percató de que el aporte de los cuatro que le daban tiempo a la deponente para tomar agua no consistía en representar a ningún periodismo sino, sin proponérselo, al peronismo.

Es el peronismo con sus omisiones cuidadosamente seleccionadas el que está callando las preguntas que habría que hacerle a Cristina Kirchner. Por supuesto, también calla con torpeza un puñado de periodistas atrincherados en la retaguardia revolucionaria de todos y todas, pero ese silencio vulgar, explícito, repetido, hoy es intrascendente, no concierne a muchos más que a las propias conciencias de los fieles que trasnochan en la devoción cristina (no confundir con devoción cristiana).

El silencio del peronismo, en cambio, es la novedad más importante de este momento político: gracias a él, la responsable de uno de los gobiernos más corruptos de la historia se convirtió por deslizamiento en una respetable dirigente política quien, plantada cual De Gaulle en el centro del escenario, estudia si será o no candidata, como si las causas judiciales hubieran pasado a ser cuestiones pertenecientes a su esfera íntima. Tiene en vilo a varios rivales. Entre ellos el Gobierno, que, cebado con el supuesto rendimiento político de confrontar con ella, parece haber apaciguado la cruzada anticorrupción que le tenía prometida a su electorado. Vaya paradoja: acá Cristina tendría razón, Macri no estaría cumpliendo con sus promesas de campaña. Y mientras tanto los jueces y los fiscales acompañan con una inexplicable calma chicha. ¿Qué los sosegó? ¿Cómo pasaron de escarbar la tierra patagónica con excavadoras para encontrar tesoros kirchneristas enterrados a contribuir a que la imputada nacional vocifere impune que se vuelve pronto de Europa porque la Patria la necesita?

Hay que reconocerle a Cristina Kirchner este triunfo, el de su transfiguración sin bótox ni bisturí. Fue gracias a su talento político (que lo tiene, aunque lo hubiera suspendido en 2015 cuando distribuyó papeles entre Scioli, Zaninni, Aníbal Fernández, y armó una derrota perfecta), también a su profundo conocimiento del peronismo. Ella sí recordó que el peronismo es antes que nada una cultura victoriosa, un partido del poder, tan inexistente antes de 1945 como el kirchnerismo antes de 2003. No hay como ganar, no hay como volver, poco importa si es para alzar las banderas de la lucha contra el terrorismo de Estado (los Kirchner) o para instalarlo (Isabel y López Rega), para volver a sembrar la industrialización (Duhalde) o para destruir la industria nacional (Menem). Es curioso, las Veinte Verdades Peronistas fueron a parar al museo, la Marchita se usa según la temporada, pero los dos dedos con la V de la victoria jamás perdieron vigencia, son como un reflejo de Pavlov cada vez que suena un flash. La victoria es sagrada. ¿Algo más transparente que ponerse Frente para la Victoria?

De allí que una vez que en el ambiente político se les dio verosimilitud a las encuestas que decían que en el conurbano profundo Cristina Kirchner tenía una intención de voto envidiable (envidiable por otros dirigentes peronistas) se suspendieron las preguntas. ¿A qué seguir preguntándose si robó o no robó? ¿Para qué repetir la cantinela de que vamos a esperar que la Justicia determine si hubo o no funcionarios kirchneristas que se enriquecieron a costa del Estado? Cancélese el tema. Que no se hable.

Al revés de lo que sucedía antes de que se dieran por ciertas aquellas encuestas del conurbano, el único cuestionamiento al kirchnerismo que hubo en las últimas semanas se refirió a tres alfiles de Cristina Kirchner, con quienes un grupo de intendentes convocado para cerrar acuerdos políticos no quería fotografiarse. Se trataba de Amado Boudou, Luis D´Elía y Martín Sabbatella. Pero al llamarlos impresentables, ¿los rebeldes habían puesto un límite moral, relacionado con las causas judiciales por las que se investiga a los miembros de ese trío, o simplemente su comportamiento refractario se debió a que los consideraban piantavotos, o sea pecadores de la peor calaña?

Pocos políticos tan experimentados comoAlberto Fernández, ahora jefe de campaña de Florencio Randazzo, para prestarle toda la atención a lo que dice. “Si Cristina gana en las PASO obviamente que la vamos a acompañar”, avisó este fin de semana quien se había vuelto crítico de la que había sido su jefa. ¿Para qué preguntarle a ella cosas incómodas sobre su fortuna, sobre De Vido, López, Milani, Jaime, Bonafini, Boudu, Sbbatella, Moreno, etc., sobre el Pacto con Irán, los negocios con Venezuela, los medios de Spolsky, las concesiones a Cristóbal López y otras dudas que comparten jueces y público si, como dice Fernández, ella podría ganar en las PASO?

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