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El pintor de la exclusión sudafricana

William Kentridge, invitado principal de la Bienal de Performance, expondrá su pieza más aclamada en el teatro Coliseo. Creció en un suburbio acomodado durante el apartheid y vivió desde adentro "un error fundamental", que hoy es la base de su obra

"Preguntarse por la naturaleza del tiempo es preguntarse sobre la naturaleza del destino", dice sobre Refuse the hour
"Preguntarse por la naturaleza del tiempo es preguntarse sobre la naturaleza del destino", dice sobre Refuse the hour.
Domingo 04 de junio de 2017
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PARA LA NACION
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¿Qué es el tiempo? Ese interrogante está al centro de Refuse the hour [rechazar la hora], la aclamada instalación y performance con la que el artista sudafricano William Kentridge cierra este miércoles, en el Teatro Coliseo, la segunda edición de la Bienal de Performance de Argentina (BP.17), que en esta versión incluyó 50 proyectos de más de 100 destacados representantes locales y extranjeros.

Reconocido en el mundo por sus películas animadas basadas en dibujos al carboncillo, en su extensa obra también se cuentan collages, grabados, esculturas, obras de teatro y óperas, en que lo político y lo poético se entrecruzan con los paisajes circundantes y la historia reciente de Johannesburgo, la ciudad en que nació en 1955 y de cuya herencia -las huellas del apartheid y el colonialismo-, al parecer, no puede escapar. "No es que me haya propuesto ilustrar el apartheid, pero mis dibujos y mis films están ciertamente engendrados y nutridos de la sociedad brutalizada que dejó en su despertar. Estoy interesado en un arte político, eso quiere decir un arte de la ambigüedad, de la contradicción, de los actos incompletos y los finales inciertos", ha repetido Kentridge, quien llegó por primera vez a Buenos Aires para este encuentro, aunque es la segunda que pisa el continente americano. En 2013 había presentado la retrospectiva Fortuna en Brasil, Colombia y México, que reflejaba, a partir de ese término, su proceso creativo -marcado por la transformación y el movimiento continuos- y la interrelación entre los diferentes medios artísticos que utiliza. "Me habría gustado traer esa muestra a Buenos Aires, pero no fue posible. Así que estoy muy feliz de que Refuse the hour pueda verse aquí, en una ciudad a la que conozco principalmente por los escritos de (Jorge Luis) Borges. Estoy expectante del encuentro entre la ciudad real y la ciudad imaginaria que tengo en mi cabeza", dice a La Nación revista.

Descripta como "un sueño escenográfico estético y filosófico" y comisionada para DOCUMENTA 2012, Refuse the hour surgió de una serie de conversaciones entre el artista y el físico Peter Galison -que es historiador de la ciencia y profesor de Harvard-, sobre asuntos como el control del tiempo universal, la relatividad, los agujeros negros y las cuerdas cósmicas. "Se trata de preguntarse por la naturaleza del tiempo, lo cual es preguntarse sobre la naturaleza del destino. Pero la forma es más bien una celebración de todas las posibilidades creativas, desde el sonido hasta la música y la performance, y desde el pensamiento hasta la escritura, lo que junto constituye la forma material de pensar en algo que es intangible, el tiempo", detalla. Son ideas -el ritmo rápido o lento, la repetición, la espera, el adelantar las horas y volverlas atrás, y hasta la cantidad de respiraciones que marcan el paso de una vida- que alternan entre la narración del artista y las múltiples capas que ofrece el espectáculo: actuaciones, danza, esculturas mecánicas, instalaciones, música en vivo, ópera, proyecciones de dibujos y metrónomos. El hilo conductor también es amplio: va desde el mito griego de Perseo hasta los postulados de Einstein, y constituye una meditación sobre las concepciones históricas del tiempo.

Kentridge atrajo la atención mundial en los 90, con films animados
Kentridge atrajo la atención mundial en los 90, con films animados.

CAFÉ DULCE E INFLUENCIAS

Kentridge creció como un chico blanco en los "suburbios arbolados" de Johannesburgo, rodeado de sirvientes de color. "Entendí que había algo fundamentalmente mal con eso, la diferencia entre la vida que mi familia llevaba y la de aquellos que trabajaban para nosotros en la casa y en el jardín", dice el artista que, a través de la mirada de sus padres, dos abogados contrarios a la segregación racial, registró "la anormalidad" de la sociedad sudafricana. "Creo que eso me permitió entender las contradicciones, las paradojas y lo absurdo, no como errores en los márgenes del mundo, sino que profundamente construidos en su corazón. El apartheid fue tan lógico como absurdamente ilógico. Tenía una lógica de trabajo que continuaba eternamente. Y eso me dio un sentido claro de lo que es mirar un error fundamental desde adentro y usar ese entendimiento en mi trabajo", afirma.

Desde pequeño, asistió a clases de arte. "Todos los niños dibujan, sólo que a mí se me olvidó parar. Comencé con paisajes y retratos. De joven, copiaba a Aubrey Beardsley (artista británico crítico de la sociedad victoriana, que ilustró obras de Edgar Allan Poe y Salomé, de Oscar Wilde) y pósters sentimentales de estrellas de rock. En los 60 debo haber visto imágenes de Bob Dylan. A los 15 años también iba a clases de dibujo con mi madre. Había una modelo y repartían café dulce: fue pasar de los dibujos infantiles a hacer una actividad adulta, o sea, escudriñar a mujeres extrañas y desnudas, que posaban, y dibujarlas, como si no hubiera ninguna carga en ello", rememora.

Cursó Ciencias Políticas y estudios africanos en la Universidad de Johannesburgo antes de ingresar en la Art Foundation y volcarse a su faceta creativa. En esa academia -que cerró sus puertas hace unos meses- fue dramaturgo y director de diferentes montajes. Posteriormente, se interesó por la ópera y también estudió actuación y mímica con el maestro francés Jacques Lecoq, en París.

Kentridge atrajo la atención internacional en los 90, con una serie de films animados en que examinaba la agitación política de su país y establecía su estilo visual distintivo: dibujos en movimiento -cuerpos que se diluyen y se convierten en paisajes, gatos que se vuelven máquinas de escribir-; fondos grises, elementos cotidianos, salidos de su estudio, y un flujo de imágenes de libre asociación o en metamorfosis continua. Desde entonces, su trabajo se ha exhibido en museos como el MoMA de Nueva York o el Louvre de París, y en muestras como dOCUMENTA, en Kassel, Alemania, o en la Bienal de Venecia. Y ha recibido galardones como el Kyoto Prize (2011), en reconocimiento por su contribución a las artes visuales y la filosofía, y el Premio Princesa de Asturias de las Artes (2017). Miembro honorario de la Academia Estadounidense de las Artes y las Letras, Kentridge también es Doctor honoris causa de la Universidad de Londres.

Una de sus grandes influencias es Dumile Feni, un artista sudafricano cuyas esculturas, sobre todo, reflejaron la opresión que el apartheid impuso a la gente de color, desde 1940 hasta 1994. "Otras referencias obvias, porque han estado históricamente relacionadas con lo humano, lo narrativo y lo político, son los grabados de Goya o los dibujos de [la artista gráfica alemana censurada por el nazismo] Käthe Kollwitz", explica. También lo marcaron los brasileños Lygia Clark y Helio Oiticica, quienes, mediante "la abstracción y la evasión de lo obvio, como sudafricano me llevaron a preguntarme qué es ser un artista y hasta qué punto lo que uno hace tiene que ser inmediatamente legible o ser menos directo". Los muralistas mexicanos fueron importantes en su época estudiantil, dice, "y creo que aún reverberan en mi cabeza en cuanto al alcance de su ambición". De los escritores, Borges ocupa un lugar especial: "Fue fundamental para mí y también para otros cientos miles de estudiantes de arte, particularmente los escritos donde muestra una forma muy interesante de conectar un lugar periférico, la Argentina en este caso, con una tradición de pensar y escribir que él encontró en Europa, desde Cervantes hasta Stevenson", indica.

Cuando estudiaba arte, a William Kentridge le hacían pintar con óleos sobre tela, pero para él resultaba algo frustrante. Así descubrió las posibilidades del dibujo que muchos artistas exponían, porque era más barato: "Con un pedazo de papel y un bolígrafo o un trozo de carbón podías ser un artista". También le atrajo el dibujo porque era un medio monocromático, o sea, el color no era parte esencial de él. "Cuando trabajaba con color siempre estaba atrapado por una pregunta: ¿Se ve bien esto?' Y esa es una base terrible para ser un artista." El dibujo en cambio le proporciona otras cosas. "Pienso que, al final, ya sea en un film, en una obra teatral o en una ópera, el punto de partida es el dibujo en sí, tanto si se trata de una animación que será proyectada o, bien, del fondo de un montaje. Pero más allá de eso, dibujar es una forma de pensamiento no verbal, dibujar en el sentido de descubrir en la actividad de dibujar lo que el dibujo es. Uno tiene un impulso antes de comenzar, pero luego la conversación entre lo que la mano ha hecho, lo que el ojo ha visto y lo que el deseo era al principio, continúa y se vuelve más rico, entonces solo cuando el dibujo está terminando, esa conversación está completa", analiza este hombre que ha sido diseñador de sets y director de la tropa de marionetas Handspring Puppet Company, con la cual ha montado obras de tinte social como Fausto, Ubú Rey y Woyzeck.

El carboncillo, que él usa para sus bosquejos posee, además, una ventaja: "se puede alterar rápidamente, tan rápido como uno puede pensar. La flexibilidad del dibujo es importante, su inmediatez es vital para mí", señala Kentridge, quien "juega" con el borrado imprimiendo una bruma de grafito en sus obras y acaba de crear una fundación para artistas jóvenes llamada Centre for the Less Good Idea (Centro para la idea menos buena), en las céntricas calles de Johannesburgo, donde también se ubica su estudio.

Aunque su trabajo siempre ha eludido la propaganda, Kentridge tiene sus propias ideas sobre el mundo. "¿Cree que Sudáfrica es un lugar mejor hoy, por ejemplo? "Creo que, en muchos aspectos, es casi igual a todo el planeta: la brecha entre pobres y ricos se ha hecho cada vez más grande, quizá es mayor que nunca. Más allá de eso, ha habido cambios significativos en el país. Hay una nueva clase media de gente de color completamente diferente, con niños negros que pueden ir a la universidad para hacer una vida profesional después, algo totalmente ausente durante mi infancia. Ahora esta gente ocupa lugares importantes en la sociedad sudafricana", responde mientras, sobre papel sigue desplegando el arte del dibujo, para hablar de la exclusión y el sufrimiento humanos.

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