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El cuento de Ardizzone y O’Reilly

Jorge Búsico

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PARA LA NACION
Jueves 01 de junio de 2017
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La maravillosa revista Sport, una biblia mensual del deporte que desde 1964 hasta comienzos de los años setentas aparecía como complemento de El Gráfico (que anteayer cumplió 98 años), tenía, entre otras joyas periodísticas, cuentos. Hurgando en los archivos –sano ejercicio– y por medio del periodista Andrés Mazzeo, rescatamos uno del gran Osvaldo Ardizzone, publicado en 1965, dedicado al rugby. El título, “Violencia”, puede confundir, pero lo que hace Ardizzone es imaginar la historia del abogado Ricardo Ángel Urdiondo, que en el colegio, haciendo gala de sus músculos, golpeaba a todos sus compañeros, hasta que un día llegó al Club Atlético de San Isidro para jugar al rugby.

“¡Yo no sabía qué era el deporte! Lo aprendí aquí. Aquí me enseñaron a perder. Me enseñaron incluso a ganar”, dice Urdiondo a un periodista que dibuja Ardizzone. Charlatanes de café que ni siquiera trabajaron con él siempre quisieron hacer creer que Ardizzone se burlaba del rugby porque es un deporte en el que la pelota se pasa hacia atrás y se la saca de la cancha para avanzar. Nada que ver con su pensamiento real, y este cuento, encontrado entre sus miles de notas, reportajes y relatos, lo reafirma.

Ardizzone, que murió en 1987, fue un maestro del periodismo. Su columna “El hombre común”, publicada en la revista Goles Match a comienzos de la década de los ochentas, es un canto al cuidado del lenguaje, tan maltratado en estos tiempos. En el CASI, donde el gran Osvaldo ubicó su cuento, nació Rodolfo O’Reilly. Allí, en ese club donde el personaje de Urdiondo dice haber aprendido tanto a ganar como a perder, “Michingo” fue forjándose como hombre de rugby hasta transformarse en un maestro de este juego.

O’Reilly recibió el miércoles de la semana pasada la distinción “Personalidad Destacada del Deporte”, consecuencia de un proyecto presentado por la diputada María Patricia Vischi, legisladora radical por la Ciudad de Buenos Aires. El ex entrenador de los Pumas fue acompañado en el Salón Dorado de la Legislatura porteña por decenas y decenas de familiares, amigos, compañeros de equipo y de militancia y jugadores a los que entrenó a lo largo de más de cuatro décadas en distintos clubes y seleccionados. Había, en ese recinto repleto, gente de todos los colores.

“El amor no tiene estrategia”, dijo O’Reilly en su sentido discurso, en el que repasó instantes de su vida que tienen su raíz en el CASI, pero que también se trasladaron al seleccionado nacional, al de Buenos Aires, a la política como funcionario del gobierno de Raúl Alfonsín en los albores de la democracia, a Hindú y a su última gran aventura: Virreyes Rugby Club.

A los 78 años (los cumplió el 12 de marzo) y capeando problemas de salud, Michingo O’Reilly sigue involucrado en el rugby. Hasta hace muy poco, el año pasado, todavía desafiaba el frío y a la lluvia para entrenar a los equipos de Virreyes los martes y los jueves por la noche, y también se dio el gusto de ir a una gira como manager de juveniles del Atlético de San Isidro.

Fue campeón en el CASI, y en el seleccionado nacional logró triunfos históricos, como frente a Australia (como local y visitante), Francia e Inglaterra. Y en Sudamérica XV, sobre Sudáfrica. Pero lo más importante, como se remarcó en los discursos, fue su marca. Ese sello de ser un líder horizontal en un deporte vertical. Que ya lo llevaba en la sangre cuando Ardizzone escribió su cuento imaginado en el club donde Michingo empezó a caminar.

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