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La gran novela americana, una epopeya colectiva

Obsesión. La reciente muerte del escritor norteamericano Denis Johnson reaviva el fantasma del elusivo relato total

Domingo 04 de junio de 2017
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LA NACION
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Un fantasma recorre de tanto en tanto la literatura estadounidense: es el fantasma de la gran novela americana. Ocurre cuando sale a la luz alguna novela masiva, como la reciente Ciudad en llamas (2015), de Garth Risk Hallberg, que retrata una convulsionada Nueva York de mediados de los años setenta, con crímenes y un apagón apocalíptico. También cuando muere algún autor ambicioso que tocó algún punto de la arteria femoral por donde discurre el imaginario, siempre en construcción, de ese país con más de 300 millones de almas. Le sucedió a David Foster Wallace (1962-2008), que con La broma infinita, una tempestuosa novela de mil páginas, le dio a esa noción una vuelta de tuerca posmoderna y generacional.

Y sucede ahora con Denis Johnson (1949-2017). Johnson, que falleció la semana última, dejó entre otros libros Árbol de humo, una extensa, trastornada y arrasadora narración sobre la Guerra de Vietnam que, siguiendo los pasos de Joseph Conrad en El corazón de las tinieblas (o de Apocalipsis now, de Francis Ford Coppola), no sólo busca capturar "el horror, el horror" de Kurtz sino también el absurdo activo de ese conflicto que sigue marcando a más de una generación.

Pero, ¿existe algo así como la gran novela americana? Su propia idea es equívoca y carece de definición. Don DeLillo, que con Submundo podría formar parte de esa tradición, asegura que el término no designa hoy nada, que en todo caso se remonta a las obsesiones de la generación perdida de hace un siglo, a la que pertenecían John Dos Passos, John Steinbeck, Ernest Hemingway, William Faulkner. Siguiendo esa línea, Philip Roth, en los comienzos de su carrera, tituló con ironía La gran novela americana a una de sus novelas. La noción sugiere una extensión desmesurada, pero para muchos la "gran novela americana" es un libro breve: El gran Gatsby, de Francis Scott Fitzgerald, que en un mismo gesto captura la ambición, el romanticismo y la ambigüedad de una idiosincrasia nueva. Norman Mailer, por su parte, fue quien se midió de manera más deliberada y boxística con ese monstruo imaginario: lo logró temprano, con Los desnudos y los muertos (1948), su novela sobre la Segunda Guerra Mundial en un islote del Pacífico, y tardíamente con El fantasma de Harlot, pero en su megalomanía llegó a considerar que Noches de la antigüedad, su mamotreto sobre el Egipto de los faraones, era el mascarón de proa de esa pretensión totalizadora.

En el pasado

El equívoco puede explicarse históricamente. Todos sitúan "la gran novela americana" en el futuro cuando ya estaba en el pasado, desde el principio, y por partida doble, en el siglo XIX. Por un lado, Moby Dick (1851), la inmensa novela de Hermann Melville en la que el capitán Ahab persigue por los mares a bordo del Pequod a una ballena de una blancura tan misteriosa que se parece bastante al vacío. Por otro, Huckleberry Finn (1884), la obra de Mark Twain, en la que un huérfano vagabundo intenta rastrear a su padre.

Es posible que las condiciones de posibilidad de la "gran novela americana" consistan, justamente, en que no pueda ser alcanzada nunca. Si la determinan, en contraposición con la tradición europea, el tema, el espacio o el aliento desmesurado, bien podrían ser las películas de John Ford, con sus amplios panoramas de horizontes y sus protagonistas de un tiempo fundacional, una de sus encarnaciones clave, al igual que la narrativa minimalista de Raymond Carver, por mucho que fuera cuentista. De los narradores actuales, Cormac McCarthy, con su Trilogía de la frontera y Meridiano de sangre, representa como pocos los alcances del gran relato americano, en su versión brutal y pesimista.

También Denis Johnson parece haber desnudado, desde otro ángulo, el reverso de esa gran epopeya colectiva. Su formación errante contribuyó a su óptica desesperada. Nació circunstancialmente en Munich (donde su padre trabajaba para el Departamento de Estado) y creció, además de en Estados Unidos, en Filipinas y Japón. Tuvo en su juventud problemas agudos con las drogas y el alcohol, hasta que descubrió que anulaba su capacidad para escribir. De esos inicios le quedó la reticencia ante las entrevistas y cierta cualidad ermitaña, que lo llevó a vivir durante años en una finca californiana, rodeado por su familia, pero alejado de los rumores del mundo.

Johnson no le temía a la variedad. Escribió algún policial más bien clásico y su libro más reciente, The Laughing Monsters, publicado en 2017, transcurre, al mejor estilo Graham Greene, en distintos países africanos. No son ésas, sin embargo, las cualidades que lo convirtieron en un autor quintaesencialmente norteamericano. Su primera ficción, Angels (Ángeles derrotados), de 1983, puso un punto de inflexión a un género menor. Es una novela de carretera, donde se cruzan dos descastados: una mujer que huye con sus dos hijas pequeñas y un hombre que sueña con convertirse en un criminal de nota. El paisaje americano visto desde un Greyhound y los losers van a ser a partir de entonces uno de los signos de su obra.

También, como si en algún momento se hubiera inyectado algo de la poderosa droga llamada Flannery O'Connor, Johnson propone una variante del desvarío religioso. Figura en Resuscitation of a Hanged Man, pero sobre todo en Jesus' Son (Hijo de Jesús), su único y memorable libro de cuentos. donde describe a un puñado de buscavidas y drogadictos que buscan de manera atormentada, en un inesperado ámbito rural, alguna forma de redención. En su despedida, The New York Times, a la vez que lo definía como una cruza entre Edward Hopper y El Bosco, sostiene que sus mejores ficciones alcanzan una cualidad estática, "una dimensión épica, casi mítica, en la mejor tradición de Melville y Whitman".

En los libros de Johnson, la realidad se muestra mediada por los sentidos y contaminada por los sueños alucinógenos de sus criaturas. Su estilo visionario, deliberadamente caótico, parece ser el vehículo exacto para representar la desolación de los sueños perdidos. En Árbol de humo (2007), su novela más ambiciosa, va más allá: entra definitivamente en juego la pesadilla bélica y política. En sus diversas líneas argumentales se cruzan la guerra de Vietnam, la CIA y el FBI. Uno de los protagonistas, un coronel, tiene como plan estratégico inundar los túneles por los que se desplazan los combatientes del Vietcong con alucinógenos para, simplemente, llevarlos al desmadre y a la locura. En esa imagen se condensa quizá su literatura: la gran novela americana de hoy no está en el realismo, sino en el detalle de sus delirios.

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