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Signo de apertura: el régimen de Kim se amiga con el turismo

Corea del Norte, el país más hermético del mundo, recibe a 100.000 visitantes por año

Sábado 03 de junio de 2017
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PARA LA NACION
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PYONGYANG.- Los lugares son escasos e impuestos; las escapadas individuales están prohibidas, y los guías marcan de cerca los pasos. Incluso, comprueban que no se tomen fotos de soldados y edificios en construcción, y que sus queridos líderes salgan de cuerpo entero.

El control al turista en Corea del Norte remite a las excursiones escolares. La oferta gastronómica es escasa, la propaganda provoca indigestión y un par de episodios desaconsejan la entrada: el joven norteamericano condenado a 15 años de trabajos forzosos por robar un póster de la habitación de su hotel o el surcoreano muerto a tiros por alejarse del grupo en la Zona Desmilitarizada.

Pero las restricciones y alertas palidecen ante la irresistible atracción global por ese pequeño y lejano país que cíclicamente exige los focos mediáticos con pruebas nucleares. Corea del Norte es un fósil de la Guerra Fría, la última excepción en un mundo globalizado en el que ni Cuba es lo que era. Un reino de los milagros contemporáneo que desterró lo inverosímil.

La curiosidad lleva cada año al país más hermético del mundo a unos 100.000 turistas, de los que el 90% son chinos. Son números discretos, pero crecientes, y acompañados de una oferta más que razonable: surf en la costa este, maratones en Pyongyang, viajes en helicóptero, esquí en el nuevo complejo de Wonsan, desfiles militares con el icónico paso de la oca o excursiones por cordilleras montañosas vírgenes.

Signo de apertura: el régimen de Kim se amiga con el turismo
Signo de apertura: el régimen de Kim se amiga con el turismo. Foto: AFP

"La clase media creció mucho y el país permite ahora visitar muchos más sitios. Nos centramos en mezclar a los turistas con la población local en picnics, piletas, bowling, festivales de la cerveza o de cine", señala en Pekín Simon Cockerell, que visitó el país en 160 ocasiones desde que abrió la agencia Koryo Tours.

En una visita de una semana es imprescindible Pyongyang, que sorprenderá por su modernidad, la Zona Desmilitarizada -para comprobar cuánto sarcasmo esconde el nombre- y el complejo para esquiar si es invierno. Y las ciudades del interior para encontrar lo que la capital ya no ofrece: suciedad, tráfico e iluminación nocturna escasos, arrozales y todo tipo de plantaciones para combatir la alimentación insuficiente.

El líder norcoreano, Kim Jong-un , aventuró años atrás que su país recibiría un millón de turistas en 2017 y dos millones en 2020. Son cifras quiméricas, sostienen las agencias de viaje, pero el simple propósito espoleó la industria. Una veintena de agencias se reparten un mercado diminuto, pero con potencial.

Es habitual que se vincule el turismo con la necesidad imperiosa del país de conseguir divisas cuando las sanciones internacionales estrangularon sus vías tradicionales. También es habitual que las agencias relativicen el dinero que va para el gobierno ante los turistas que expresan dilemas morales por ayudar con su viaje a tenaces violadores de derechos humanos.

Desarrollo

Corea del Norte conserva preocupaciones que lastran el desarrollo del turismo. El blindaje ante cualquier amenaza del exterior es aún prioritario y también asusta que la visión de ricos extranjeros pueda plantear dudas a su población sobre su paraíso socialista.

"La gente cree que éste es un país monolítico, que todos son iguales, y cuando están aquí se dan cuenta de que en muchos aspectos no son tan diferentes", dice en el bar de un hotel de Pyongyang James Finnerty, responsable de la agencia Lupine Travel. En cinco años pasó de traer 150 turistas a 500, potentados y mochileros, ancianos y chicos. Ni siquiera las rutinarias amenazas de guerra cortan el flujo. Finnerty sólo lamenta el cierre de fronteras durante tres meses por el virus del Ébola.

Conviene dejar en casa la Biblia y cualquier libro o diario extranjero en general, y esperar a salir del país para aludir a la gordura y al estilo de Kim, porque la privacidad de las comunicaciones es un concepto extraño en Corea del Norte. Cualquier visita al país exige sesiones de información previa para evitar problemas que, prometen las agencias, son escasísimos y resueltos siempre de forma amistosa.

Los turistas regresan satisfechos porque sus expectativas eran bajas: la comida no es tan mala y pudieron ver más de lo esperado, suelen decir. Corea del Norte sólo muestra una parte de su realidad, pero eso no convierte la visita en una colección de momentos Potemkin. Y ningún otro destino permite viajar a algo parecido a la Unión Soviética o la China maoísta.

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