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Una movilización que se convirtió en un mar de consignas revueltas

Fernanda Sández

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PARA LA NACION
Domingo 04 de junio de 2017

Fue un impulso. Una necesidad casi física de salir a la calle, de juntarse con otros, de decir "basta". Acababan de encontrar el cuerpo de Chiara Páez, una adolescente embarazada cuyo cadáver estaba en el patio de la casa de su novio, y esa muerte refinadamente atroz marcó una especie de límite. Después (o en simultáneo: la historia no suele mirar la hora cuando algo crucial sucede) un grupo de periodistas cuajó en las redes sociales la idea de "hacer algo". Y ese "algo" ocurrió el 3 de junio de 2015, durante la primera convocatoria a marchar contra la violencia sexista bajo la consigna de #NiUnaMenos. Fue llegar al Congreso y comenzar a conmoverse: éramos miles, decenas de miles. Y el fenómeno se repetía en cada ciudad del país. Un mar de vivos por el mar de muertas, denunciando públicamente la masacre que ese año se llevó 286 vidas.

Un año después -cuando ya #NiUnaMenos parecía haber empezado a perder su fuerza de grito- la plaza volvió a llenarse. De mujeres, de hombres, de amigas vestidas de negro, en un extraño dress code de la protesta. Muchos de los que habíamos ido a la primera marcha no fuimos esa vez. Y no por no apoyar la esencia del reclamo (el fin de todas las formas de violencia contra las mujeres, las mil y una variantes del sexismo patriarcal, lleguen o no al asesinato), sino porque se habían encendido en muchos las alarmas del "consignismo". Porque, ¿y qué tal si todo terminaba reduciéndose a sacarse una foto con el cartel de #NiUnaMenos y con expresión de preocupación, como lo había hecho Aníbal Fernández y cuanto político, deportista y "celebridad" se nos antoje? ¿A qué volver a la plaza, a qué sacar a pasear las fotos de las muertas queridas, a qué llevar los carteles y las frases si en 365 días nada de lo central -las políticas, las leyes, el trato de la policía y de la Justicia hacia las mujeres violentadas, la implementación de un registro oficial y nacional de femicidios y tanto más-se había modificado? Mientras, las asesinadas no paraban de aumentar. En 2016 fueron 290. Desde entonces, el movimiento que dio origen a la primera marcha ganó en complejidad y en tensiones.

Hoy, a dos años de aquella movilización histórica, los pedidos de base parecen haber estallado en mil reclamos más, que van desde el aborto legal hasta la libertad de Milagro Sala. Pasamos de "Ni una menos" a "Vivas y libres nos queremos" y luego a "Vivas, libres y desendeudadas nos queremos".

De a poco, el reclamo contra el sexismo asesino se volvió, para algunos sectores, un diálogo de sordos con el Gobierno. Ciertos grupos feministas radicalizados pidieron que los hombres no participaran de las marchas. Y hay quienes ya se han alejado de las marchas a raíz de todo eso. "El reclamo se está politizando", anotó alguien en la página del colectivo #NiUnaMenos. Pero, y después de todo, ¿hay algo que no sea profundamente político -político, no partidario- en la asimetría de poderes entre los géneros y en los patrones culturales que habilitan y perpetúan el presente estado de cosas? ¿No hay acaso una concepción acerca de las prioridades detrás de un recorte de presupuesto para combatir la violencia sexista? ¿No hay una clara toma de posición en el hecho de destinar el 80 por ciento del gasto en la materia a la construcción de refugios? ¿Tan inevitable es la violencia que la manera más efectiva de combatirla es ocultarse de ella?

Ayer volví a la plaza. Consciente del peligro de que todo se vacíe en un simple ritual, sabiendo -como tantos- que hasta los revolucionarios pueden con el tiempo degradar en remera, temiendo que los oportunistas de siempre -que aquí marcharon, embanderados detrás de reclamos que no apoyaron nunca- se erigieran en voceros de la multitud, volví a la plaza. A gritar que el Estado es responsable. A la calle. Ahí donde todo comenzó. Porque si la matanza no cesa, seguiremos -aquí y en donde sea- revolviéndonos de a miles, entre banderas, carteles y reclamos. Un mar caótico que se desborda, por todas las que faltan.

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