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Los sauditas, en busca de la hegemonía total

PARA LA NACION
Martes 06 de junio de 2017
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TÚNEZ.- Con Siria e Irak patas arriba, y con el gigante egipcio desgarrado por una grave crisis económica y de seguridad, la opulenta Arabia Saudita se halla ante una oportunidad de oro para convertirse en el Estado árabe más poderoso e influyente, cuasi hegemónico. Curiosamente, otra petromonarquía sunnita del Golfo Pérsico se ha convertido en una especie de piedra en el zapato de sus aspiraciones. Qatar no puede disputar a los sauditas su liderazgo regional, pero sí ponerlo en cuestión desmarcándose de sus iniciativas. De ahí que el rey Salman haya acordado con sus más estrechos aliados no sólo romper relaciones diplomáticas con el pequeño emirato, sino también aislarlo económicamente.

"Éste es un movimiento que Arabia Saudita preparaba desde hacía más de un mes. Su verdadero objetivo es la sumisión total de Qatar", sostiene el analista Ali Ahmed, del Institute for Gulf Affairs, en Washington. Según Ahmed, el supuesto apoyo de Doha a movimientos terroristas, la razón alegada por Riad y sus aliados, es una simple excusa para recabar el apoyo internacional.

Las raíces de la enemistad arrancan a mediados de los años noventa, cuando Qatar decidió ascender a la primera división diplomática regional propulsada por la renovada influencia que adquirió a través de la cadena de televisión panárabe Al Jazeera. Arabia Saudita, el país más poblado y poderoso del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG), que reúne a los seis países árabes de la región, nunca vio con buenos ojos la contestación qatarí a su hegemonía en la organización.

Sin embargo, la hostilidad entre ambos no se disparó hasta el brote de la llamada "primavera árabe", en 2011. El resquebrajamiento del orden regional abrió las puertas a la expansión de la influencia de Doha en toda la región. El vehículo escogido fue el apoyo a los partidos y movimientos islamistas, sobre todo a los Hermanos Musulmanes en Egipto.

En Riad sonó la alarma, ya que, para la familia real, el islamismo de la Hermandad representa una amenaza existencial. Ninguna otra ideología, ni el liberalismo ni la socialdemocracia, representa una verdadera alternativa a su gobierno para una sociedad tan ultraconservadora como la saudita. Por ello, Riad se alió con el general Al Sissi para derribar a Mohamed Morsi, el presidente de la Hermandad en Egipto.

El refugio que Doha otorga a algunos de sus líderes es todavía un motivo central en la disputa. El otro es su política exterior independiente frente a Teherán, centro de poder chiita y el enemigo saudita. Tras la estela del próspero emirato, otros países del CCG, como Kuwait u Omán, a veces osan sugerir que una política de diálogo con Irán sería mejor que la actual cruzada liderada por Riad.

Las desavenencias entre ambas petromonarquías ya llevaron a una ruptura de relaciones diplomáticas en 2014, pero no a un asedio económico como el actual. Con el ascenso al trono de Salman el año siguiente, hubo una reconciliación y el nuevo monarca incluso visitó Doha en diciembre pasado. Con el apoyo qatarí a la destructiva aventura militar saudita en Yemen, la crisis parecía resuelta... hasta que Donald Trump llegó a Medio Oriente días antes del estallido de la crisis.

"El reforzamiento de las relaciones entre Washington y Riad, así como la hostilidad de Trump hacia Hamas e Irán, ha envalentonado a los sauditas", comenta Michael Stephen, del think tank británico RUSI. "Qatar está en una posición muy débil. Creo que tendrá que hacer unas concesiones considerables para resolver esto", añade. Ciertamente, un nuevo acomodo, con mayores concesiones qataríes, es el escenario más probable. Hasta ahora, nunca ha llegado la sangre al río entre los miembros del GCC. Pero por si acaso optara por cambiar de bando, Irán ayer le lanzó un guiño a Doha y se ha ofrecido a exportar esas provisiones de alimentos atascadas en la frontera con Arabia Saudita, única conexión terrestre de la península qatarí.

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