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La gloria del canto

Jueves 08 de junio de 2017
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PARA LA NACION
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Julio César en Egipto / Ópera de Händel, con Franco Fagioli (Julio César), Amanda Majeski (Cleopatra), Jake Arditti (Sesto), Adriana Mastrángelo (Cornelia), Flavio Oliver (Tolomeo) Hernán Iturralde (Achilla), Mariano Gladic (Curio) y Martín Oro (Nireno) / Dirección de escena: Pablo Maritano / Escenografía e iluminación: Enrique Bordolini / Coreografía: Carlos Trunsky. Orquesta estable del Teatro Colón / Dirección musical: Martin Haselböck / En el Teatro Colón / Nuestra opinión: muy bueno.

Fagioli se lució y la sorpresa fue Amanda Majeski
Fagioli se lució y la sorpresa fue Amanda Majeski. Foto: Gza. A. Colombaroli

Una ópera que se extiende por más de cuatro horas y que está concentrada en el canto solista requiere, imprescindiblemente, de buenas voces. No hay manera de sostener un espectáculo musical de esta naturaleza sin cantantes que sean capaces de afrontar y vencer las infinitas dificultades que Händel sembró con abundancia para así poder traer a la vida todas las bellezas que desbordan a esta obra.

En este sentido, los ocho integrantes del elenco no sólo resolvieron técnicamente todos los compromisos y peligros subyacentes sino que, además, aportaron interpretaciones fantásticas, algunas decididamente magistrales. Pero no todo depende de los cantantes. El otro tema espinoso a resolver frente a una ópera de estas características es cómo sostener, desde lo teatral, una acción que avanza sólo en los recitativos para detenerse en esas arias da capo en las cuales, prácticamente, no hay casi textos sino emociones y cuyas duraciones no son precisamente breves. En este aspecto, Pablo Maritano apostó por distintas soluciones y planteos mayormente atractivos y de gran fantasía aunque, tal vez, haya sido esa multiestética escénica, sin una idea unívoca a lo largo de toda la ópera, la que da lugar a que algunas escenas no hayan parecido lógicas o lucido convincentes.

La ópera se abre, en esta puesta, con un telón dorado de movimiento vertical y, trascartón, con otro rojo de apertura horizontal. Uno y otro aparecerán en innumerables ocasiones con el objetivo de permitir adecuaciones escenográficas por detrás de ellos a la vez que, sin detener el devenir, da pie a que, por delante, en el proscenio, se sucedan escenas de canto e instancias coreográficas, no siempre lo suficientemente claras en su simbolismo ni siempre atractivas.

Pero la gran apuesta, y muy lograda, es la presencia central y omnipresente de una monumental pirámide de cuatro caras, con cierta arquitectura más propia de alguna cultura mejicana precolombina que egipcia, jalonada por plataformas, escaleras, espacios, recovecos y ambientaciones sumamente originales. La pirámide está montada sobre el disco giratorio del escenario el cual es usado con asiduidad y esa movilidad posibilita cambios de espacios sin solución de continuidad a la vez que, utilizado con creatividad, da lugar a situaciones de una belleza visual conmovedora, incluso dentro de una misma escena como cuando Cleopatra, en el final del segundo acto, en el momento de su mayor desazón, sale de su alcoba iluminada para quedar desolada y solitaria en la inmensidad de una pirámide oscura, lúgubre y angustiosa. Con todo, dentro de esa continuidad tan lograda y en paralelo a tantas ideas plenas y a tantas soluciones creativas, en la multiplicidad de vestuarios, algunos inexplicables, y cierta aleatoriedad en la sucesión de coreografías y escenas teatrales de conjunto, se deslizan momentos forzados o, inclusive, innecesarios. Sin embargo, cualquier desliz escénico quedó rápidamente en un segundo plano ante la gloria de ocho cantantes, maravillosamente dirigidos y apoyados por una orquesta que sonó impecable bajo el comando de un músico pleno como es Martin Haselböck.

Si bien las expectativas estaban puestas sobre Franco Fagioli y su espléndido presente -largamente satisfechas, por cierto-, quien más sorprendió fue la soprano estadounidense Amanda Majeski, que compuso una Cleopatra estupenda. A una voz atractiva en toda su extensión y una capacidad técnica victoriosa para sobreponerse a las endemoniadas coloraturas que Händel le impuso a su personaje, le sumó unas interpretaciones e intensidades emocionales de altísimo nivel y una gracia y una actuación superlativas. Sin entrar en distinciones, el elenco en su totalidad, integrado por extranjeros y locales en un mismo plano de eficacia y arte, fue clave para que este Giulio Cesare in Egitto quede como la mejor de las óperas que hasta ahora se han podido ver, este año, en el Colón. Temerosos del barroco, con su ajenidad y esas receladas extensiones, el teatro no lució colmado. Por la belleza de la música de Händel, por las buenas ideas de Maritano y, sobre todo, por las actuaciones de sus cantantes, esta puesta de Julio César merecería llenos totales.

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