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Lucio V. Mansilla y su temor a los perros

El autor de Una excursión a los indios ranqueles escribió sobre su complicada relación con un mastín que solía encontrar en su camino

Martes 13 de junio de 2017 • 19:21
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Copia del daguerrotipo que se conserva en el Museo Histórico Nacional. Fue tomado en 1855, cuando Mansilla tenía 24 años. La anécdota transcurrió en 1870
Copia del daguerrotipo que se conserva en el Museo Histórico Nacional. Fue tomado en 1855, cuando Mansilla tenía 24 años. La anécdota transcurrió en 1870. Foto: Archivo

Lucio V. Mansilla -soldado de la Campaña del Desierto, oficial en la guerra del Paraguay, bon vivant e hijo del héroe de la Vuelta de Obligado- tenía un problema con los ratones. Él mismo lo confesó en sus memorias y agregó que ese miedo terrorífico lo heredó de su madre. El hombre se trepaba al catre o la cama, con los pelos de punta, cuando un roedor aparecía.

Además, les tenía pánico a los perros callejeros. "Un perro en una puerta de calle -decía- es para mí más estorbo que un hombre". Otra vez escribió: "Yo tengo un miedo cerval a los perros, son mi pesadilla; por donde hay, no digo perros, un perro, yo no paso por el oro del mundo si voy solo, no lo puedo remediar, es un heroísmo superior a mí mismo (...). Juro que los detesto, si no son mansos, inofensivos como ovejas, aunque sean falderos, cuscos o pelados". Para este soldado, un mano a mano con un perro era un suplicio. De uno de esos encuentros quedó el testimonio.

Mansilla se encontraba cumpliendo funciones militares en el pueblo de Rojas (provincia de Buenos Aires) en 1870 y acostumbraba ir a cazar con su escopeta por los alrededores. El inconveniente era que, para no caminar unos kilómetros de más, tenía que pasar por un rancho donde había un gran mastín: "Salía de mi casa y llegaba al sitio crítico haciendo cálculos estratégicos, meditando la maniobra más conveniente, la actitud más imponente, exactamente como si se tratara de una batalla en la que debiera batirme cuerpo a cuerpo".

"En cuanto el can diabólico me divisaba, me conocía, estiraba la cola, se apoyaba en las cuatro patas dobladas, quedando en posición de asalto, contraía las quijadas y mostraba dos filas de blancos y agudos dientes".

¿Qué hacía el comandante? Daba un inmenso rodeo. A Mansilla le preocupaban su falta de coraje y todo lo que caminaba de más, para esquivar a su enemigo, por lo que decidió enfrentar la situación y, con ella, al mastín.

"Estaba entero, me sentí hombre de empresa y me dije: 'Pasaré'. Salgo, marcho, avanzo y llego al Rubicón. ¡Miserable! Temblé, vacilé, luché, quise hacer tripas corazón, pero fue en vano. Mi adversario, no sólo me reconoció, sino que en la cara me conoció que tenía miedo de él. Maquinalmente bajé la escopeta que llevaba al hombro. Sea la sospecha de un tiro, sea lo que fuese, el perro tomó distancia y se plantó, como diciendo: descarga tu arma y después veremos".

De un lado, Mansilla y su escopeta; del otro, el mastín y sus colmillos. "Al primer amago de carga, eché a correr con escopeta y todo; los ladridos no se hicieron esperar; esto aumentó el pánico de tal modo, que el animal ya no pensaba en mí y yo seguía desolado por esos campos de Dios". Años más tarde, Mansilla reconocería que la escopeta terminó en poder del perro porque él la soltó para correr más liviano y también para intentar distraer con algo a su contrincante.

Confesó que, si hubiera estado con una dama, no habría pasado semejante bochorno. Porque, según explicó, "las mujeres tienen el don especial de hacernos hacer todo género de disparates, inclusive el de hacernos matar. Yo me bato con cualquier perro por una mujer, aunque sea vieja y fea. Otro se suicida por una mujer, con pistola, navaja de barba, veneno o arrojándose de una torre". Y concluyó: "Hay héroes porque hay mujeres".

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