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Turquía: viaje a las ciudades subterráneas de Capadocia

Recorrido no apto para claustrofóbicos por un laberinto de galerías, pasadizos y pequeños ambientes; fue excavado en la roca volcánica hace más de 3500 años y era un refugio en tiempos de invasiones

Domingo 11 de junio de 2017
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PARA LA NACION
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Bajo el Valle de Göreme, otro mundo para descubrir
Bajo el Valle de Göreme, otro mundo para descubrir. Foto: Élida Bustos

Eran mundos subterráneos. Ciudadelas bajo tierra en las que todo el pueblo se refugiaba cuando llegaban las invasiones. Laberintos de pasadizos, galerías, túneles y ambientes de distinto tamaño destinados a ocultar el ganado, guardar los odres de vino, moler el grano y esconderse el tiempo necesario hasta que pasara el peligro.

Son las ciudades subterráneas de Capadocia, asombro del visitante moderno y antiguos refugios para miles de personas, excavadas hace 3500 años o más en la roca volcánica blanda del centro de Turquía.

Nos sumergimos en los pasadizos de Kaymakli, la más grande de las 36 ciudades subterráneas descubiertas hasta ahora, con tanta curiosidad como aprensión. Los guías no siempre advierten que la mayor parte de los pasillos son estrechos, los techos bajos y la atmósfera se torna pesada si en la superficie hace más de 30 grados y adentro hay decenas de visitantes.

Pero en cuanto se traspasa el umbral y se baja la escalera ampliada para el acceso de los turistas, uno se percata de cómo sigue el recorrido. Y mientras algunos desertan anticipándose a un probable ataque de claustrofobia, otros muestran su fascinación por esta inmersión en una parte de la historia que aún ofrece más interrogantes que precisiones.

Sin muchos datos

Las ciudades del inframundo turco, de las que se desconocen quiénes las excavaron y cuándo, buscaron reproducir bajo tierra la vida que llevaba la población en la superficie.

Pudieron haberlas excavado los hititas -cuyo imperio gobernó la región entre los siglos XVII y XII antes de Cristo- o sus enemigos los frigios. Pero también pueblos más antiguos. No hay crónicas que cuenten la hazaña constructora, relatos que den un marco temporal, historias de alguna huida hacia las profundidades, ni objetos olvidados en túneles que brinden indicios del pueblo que originalmente las pensó como refugio ni de la época en que las ocupó. Nada. Sólo una red increíble de laberintos bajo tierra dispersos por un área de 3000 kilómetros cuadrados.

La primera mención a estas ciudades subterráneas es del siglo V a.C., cuando se supone que ya tenían por lo menos mil años y habían sido refugio de distintos pueblos.

De los ocho niveles que tiene Kaymakli se visitan cuatro, en perfecto estado de conservación, sin derrumbes y muy bien iluminados. Allí se encontraron 64 ambientes, de distinto tamaño, forma y función.

En el primer nivel, hay espacios más amplios, que registran distintos accesos, lo que hace suponer eran los establos. En los siguientes, la excavación va ganando en recovecos con pasajes, galerías y túneles más estrechos y enrevesados, fáciles de bloquear desde adentro.

De cada cuarto pueden salir varias conexiones, y a veces incluso hay agujeros en el piso que permiten ver el nivel inferior.

Todos los niveles son irregulares, tanto en altura como en cantidad de cuartos y en sus dimensiones; también lo son las habitaciones. Las paredes son rugosas, carecen de inscripciones, no hay nada tallado en ellas y más que líneas rectas presentan un mundo redondeado, excavado como se pudo.

Los pasillos pueden estar a nivel o en plano inclinado, ser estrechos y de techos bajos, o verdaderos túneles amplios que permiten el desplazamiento de muchas personas a la vez, y en algunos lugares, donde son más anchos, se dejaron pilares a modo de sostén del techo. Esos pasadizos también tienen orificios laterales, ventanas a través de las cuales se ven otros ambientes o túneles, lo que, sumado a los agujeros en el piso, da a toda la estructura un aspecto de mayor amplitud y aireación.

Hay paredes que fueron especialmente ahuecadas, probablemente para usar como lugar de almacenaje para vasijas, enseres, herramientas, ropa quizás, pertenencias de los ocupantes. Y también se ve una rueda de un metro de diámetro, de basalto, que es del tipo de piedra dura que se usaba para la molienda.

Bajo el Valle de Göreme, otro mundo para descubrir
Bajo el Valle de Göreme, otro mundo para descubrir. Foto: Élida Bustos

Los alimentos debían ingresarlos, no así el agua, ya que se aprovisionaban de un río subterráneo.

Los accesos por los que ingresaban los pobladores eran angostos y los de los animales un poco más amplios. Pero para pasar al nivel inferior de la ciudadela se angostaban drásticamente y estaban excavados de tal forma que permitían un bloqueo desde el interior con una pesada roca desplazable que sólo podía destrabarse desde adentro.

De esta forma, aún descubiertos por las tropas invasoras, no sólo la roca impedía el acceso a las profundidades sino que los antiguos constructores habían ideado un sistema de trincheras en el que los soldados atacantes quedaban atrapados en un pasillo angosto para poder ser neutralizados desde adentro del refugio con agua o aceite caliente. Protección adicional para que los ocupantes no fueran fácilmente desalojados del escondite.

Planificación extrema

Cuando se avanza por el laberinto de túneles, el asombro va en aumento. Lo más llamativo es que aquellos constructores de la Antigüedad no dejaron nada librado al azar. Se previeron todos y cada uno de los retos que significaba tener a miles de personas confinadas bajo tierra por un período indeterminado, y aplicaron conceptos como saneamiento y sustentabilidad. Prepararon los refugios como búnkers inexpugnables.

Para empezar, Kaymakli tiene un impresionante sistema de aireación. Uno de los tirajes que se puede ver mide un metro de lado y decenas de profundidad; es un corte vertical que atraviesa todos los pisos del refugio y se hunde en las profundidades. A él se conectan otros tirajes menores, que sirven para ventilar los distintos niveles de la ciudadela.

Tampoco se descuidó la iluminación. Era necesaria ya que no se podía mantener a miles de personas en la oscuridad absoluta durante días, y se requería un producto que no consumiera mucho oxígeno. El aceite de lino fue la solución.

Otro de los problemas lo presentaba el humo de la cocción de los alimentos. Las fumarolas podían delatar el escondite, así que se usó el sistema de tirajes para disiparlo.

Y otra cuestión no menor eran los espacios destinados a los baños. Si el encierro se prolongaba en el tiempo, los residuos físicos humanos podían convertirse en un foco de infecciones. Así que la solución que encontraron fue excavar cuartos más alejados de los pasillos principales, con vasijas de cerámica a disposición, circunscribiendo la contaminación y minimizando los olores.

La escasez de hallazgos significativos en los túneles priva al visitante de detalles jugosos de cómo era esa vida subterránea. Pero algo logró reconstruirse a partir de la observación de las despojadas paredes.

Por ejemplo, el tizne del humo en el techo de cada piso sirvió para identificar los ambientes que se utilizaron para cocinar; ciertos huecos en algunas paredes, los espacios destinados a almacenar ánforas con alimentos o líquidos, y las diferencias en la excavación en algunos niveles, las distintas técnicas de trabajo empleadas. Este detalle es importante porque sugiere que las ciudades no fueron obra de un solo pueblo, lo que alimenta la hipótesis de que fueron ampliadas a lo largo de su historia y que tuvieron distintos ocupantes.

Bajo el Valle de Göreme, otro mundo para descubrir
Bajo el Valle de Göreme, otro mundo para descubrir. Foto: Élida Bustos

Silencio protector

El recorrido se prolonga durante más de una hora. Nos desplazamos por túneles angostos que conducen a cuartos amplios, que a su vez comunican con pasadizos que siguen rectos o tuercen cuando alguna veta rocosa más dura dificultó la excavación. A veces caminamos agachados y otras erguidos pero con poco espacio libre sobre nuestras cabezas, y el laberinto parece no tener fin.

El recorrido sigue sin prisa en una calurosa tarde estival tratando de imaginar la vida cotidiana durante una invasión, con la ciudadela llena de gente desarrollando sus tareas domésticas a la espera de que la amenaza desapareciera de la superficie. Difícil convivencia con temor y ante el peligro tan cerca, lo que habla a las claras de una organización social bien estructurada y con jerarquías claras que funcionaba también como contención de los pobladores.

Es indudable también que el silencio que rodeó a estas ciudades desde sus orígenes fue lo que favoreció su persistencia en el tiempo y les garantizó invulnerabilidad: si nadie las conocía, nadie las podía atacar.

Y tal es así que sólo se rescata en la literatura antigua una escueta mención de Jenofonte, en el siglo V a.C. , en su Anábasis; pero sin que el escritor griego arriesgara tampoco una fecha sobre sus comienzos.

Arqueólogos e historiadores encuentran en el carácter defensivo de estas excavaciones su explicación más probable, pero hay también quienes opinan que simplemente se habrían originado como un refugio del hombre primitivo contra el frío. Fundan la hipótesis en los coletazos de la última glaciación que habría padecido la península de Anatolia -actual territorio turco- alrededor del 9000 a.C.

Si esto fuera así las ciudades subterráneas originales superarían los 10.000 años de antigüedad, y el número de los pueblos que las ocuparon también se incrementaría. De una manera u otra, en general las hipótesis coinciden en que seguramente las excavaciones comenzaron de manera casual y luego fueron cobrando otra dimensión y una nueva función.

Lo que se cree es que en el período neolítico (entre 7000 y 4000 a.C.), el primitivo habitante de Capadocia se habría percatado de que la roca del territorio era blanda y se la podía excavar con facilidad. Habría comenzado así a ahuecarla para hacer sus cuevas y guarecerse, especialmente de las temperaturas que pueden llegar a 20° bajo cero en el invierno.

La facilidad con que se trabajaba esta toba volcánica originada en las cenizas de las erupciones seguramente fue lo que propició que se siguiera excavando. Y a las cuevas que servían de vivienda se le agregaron espacios bajo tierra para almacenar alimentos. Estos sótanos se fueron expandiendo al punto que terminaron uniéndose con los de otras cuevas cercanas, armándose pequeñas redes, germen de los laberintos.

Con el paso del tiempo y las continuas invasiones de Capadocia que llegaban principalmente desde Oriente, era natural que la gente hubiera buscado refugio en esos escondites. Y el gran salto de la cueva familiar a una estructura de varios niveles como la que vemos hoy lo habrían dado los hititas, un pueblo con dominio de la metalurgia e importante poder de la zona.

La visita llega a su fin con más interrogantes que los que teníamos cuando llegamos. Y esas paredes despojadas y los pasillos vacíos de Kaymakli han provocado tanta fascinación que volvemos a la superficie ávidos por leer. De pronto los hititas habían entrado en nuestras vidas y este increíble mundo subterráneo había sorprendido tanto por lo que mostraba como por la historia que todavía silenciaba.

Datos útiles

Cómo llegar

El aeropuerto más cercano es el de Kayseri, a 60 kilómetros. Hay varios vuelos por día desde Estambul, con distintas aerolíneas. Y luego desde Kayseri se puede tomar un ómnibus o contratar una excursión, para ver Kaymakli con un guía.

Excursiones

La visita a Kaymakli cuesta desde 40 euros (dura alrededor de tres horas con el viaje). El día completo, con paseo por el Valle del Göreme, a partir de 87 euros.

El viaje en globo, cuesta entre 80 y 120 euros (con 20 personas en el globo. En los hoteles la comercializan a 150 euros. Vuelos exclusivos, desde 300 euros. El vuelo dura alrededor de una hora, según la habilidad del piloto y las corrientes de aire. Las salidas son al amanecer.

El misterio de los túneles

De las 36 ciudades subterráneas descubiertas en Turquía sólo se visitan tres: Kaymakli la más grande y Derinkuyu, la más profunda. Y más profunda significa 85 metros bajo el nivel del suelo.

Nevsehir es el poblado más cercano a ambas, a 20 km al norte de Kaymakli y 29 km de Derinkuyu. Para profundizar el asombro, en este inframundo de Capadocia han descubierto una conexión entre Kaymakli y Derinkuyo, un túnel que las une y se ubica en el tercer subsuelo. Tiene dos metros de ancho y ocho kilómetros de largo.

Derinkuyu tiene el doble de accesos que Kaymakli. Le han descubierto 600 y se estima que pudo dar refugio a entre 10.000 y 20.000 personas a la vez. Cuenta con 52 tirajes de ventilación, que en algunos casos llegan a 70 metros de profundidad, y ofrece una temperatura constante de entre 7 y 8 grados.

Como Kaymakli, cuenta con espacios para establos, almacenamiento de víveres y hasta una iglesia. Esto confirma la teoría de que las ciudades subterráneas tuvieron diferentes inquilinos entre ellos -ya en nuestra era- a los primeros cristianos que huyeron de Roma y, luego del advenimiento del Islam, a los que llegaron escapando del alfanje musulmán. Si se sumaran todos los túneles de estas ciudades subterráneas se llegaría a decenas de kilómetros lineales y esto lleva a un último interrogante: ¿qué se hizo con las montañas de roca que debieron llevarse a la superficie tras abrir los túneles? Las excavadas -y encontradas hasta ahora- son 36 ciudades que en teoría pudieron haber dado albergue a más de 100.000 personas. Pero se habla de que son muchas más, tal vez más de 150. Esas montañas de roca que desaparecieron tampoco tienen explicación aunque quizás sean el origen de la cercana colina de Sögdele.

Kaymakli fue descubierta oficialmente en 1964 y Derinkuyu al año siguiente, aunque la gente de la zona no era ajena a su existencia puesto que muchas casas aún hoy se comunican con los antiguos túneles.

VUELO EN GLOBO POR UN VALLE DE CONOS

Capadocia y, más específicamente, el valle del Göreme tienen una oferta turística muy variada: la formación geológica llamada Chimeneas de las Hadas, los antiguos pueblos griegos desocupados con el intercambio de población de hace un siglo, las iglesias cristianas excavadas en la roca, las fábricas de cerámica, las ciudades subterráneas.

La particular geografía lunar, desde el aire
La particular geografía lunar, desde el aire. Foto: Shutterstock

Pero el mayor espectáculo es el valle en sí mismo. Y mucho más si se lo mira desde el aire. La roca volcánica blanda fue tallada por lluvias y vientos a lo largo de centenares de siglos y ese trabajo constante en una enorme superficie generó miles de conos de baja altura que desde el aire generan un paisaje único. Además, al igual que la roca del subsuelo en la que se excavaron las ciudades subterráneas, también estos conos fueron ahuecados para servir de vivienda, refugio, templo, depósito o -en la actualidad- caros hoteles boutique.

Hay excursiones terrestres que recorren el valle del Göreme pero quien busca una experiencia única, tiene que animarse al globo aerostático.

Los globos se alistan antes del amanecer, se elevan cuando empieza a clarear y cuando aterrizan agasajan a los viajeros con una copa de champagne y un certificado de vuelo. Son varias compañías las que ofrecen esta excursión que dura entre 60 y 90 minutos y es una experiencia irrepetible por la fabulosa vista que ofrece desde el aire de ese mundo extraño de pequeñas elevaciones.

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