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En una peschería, la verdadera pasión siciliana

Domingo 11 de junio de 2017
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LA NACION
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Desde una de las puertas que formaban los Arcos de la Marina observaba sorprendido el movimiento del lugar. Cientos de personas se agrupaban en uno de los mercados más pintorescos que había recorrido últimamente: la Pescheria di Catania, en Sicilia.

Esta última es la isla más grande del Mediterráneo y uno de los lugares más importantes de la historia de Occidente: durante miles de años por aquí han pasado fenicios, griegos, romanos, vándalos, ostrogodos, bizantinos, árabes, normandos (momento de la creación del reino de Sicilia), germanos, los Anjou franceses, Habsburgos y Borbones, así que imagínense la increíble riqueza cultural de esta región italiana.

Aquí, en esta isla, se rinde culto a las tradiciones, a la familia y a los amigos, y esto forma una gran parte de la idiosincrasia siciliana, que les otorga un carácter y un orgullo en sí mismos bastante especiales.

Me había propuesto hacer un viaje en auto alrededor de la isla y para eso me había contactado con un grupo de amiguetes, quienes gentilmente me iban a acompañar en diferentes oportunidades para ayudarme a descubrir no sólo lo que entra por los sentidos, sino también ese intangible importante propio de cada pueblo (y les puedo asegurar que cada pueblo siciliano es diferente al otro.).

Catania es una de las ciudades más importantes de Sicilia y se ubica a los pies del famoso Etna, volcán todavía activo y según la mitología griega donde estaban las fraguas de Hefestos, sus calles están pobladas de restos griegos, romanos, renacentistas y barrocos y sería casi imposible visitar cada una de la tremenda cantidad de iglesias que hay aquí.

Caminar por Catania es caminar por una ciudad detenida en el tiempo por el aspecto de las fachadas de los edificios. Y pararme al lado del símbolo de la ciudad, u Liotru, como se conoce a la Fontana dell'Elefante, teniendo alrededor el Palacio de los Elefantes, la Catedral de Santa Agata (Il Duomo), el Palacio del Seminario de los Clérigos y la Fontana dell'Amenano me transportó a otra época, y no sé por qué me vinieron a la mente películas italianas de los años 50 (extraños juegos la mente realiza.).

Pero volvamos a mi ventajoso puesto de observación. Frente a mí se desarrollaba un claro ejemplo de una mercado con todas las letras: incontables puestos de venta, uno al lado del otro, ofreciendo una innumerable variedad de pescados y frutos de mar, atendidos por sus propios dueños, acompañados de sus acólitos, quienes a viva voz gritaban sus ofertas como si en ello les fuese la vida, tratando de capturar la atención de posibles clientes a diestra y siniestra.

Dejé mi lugar y crucé la Via Cardinale Dusmet para internarme en el pasaje cubierto que unía las dos secciones del mercado. Imágenes religiosas, como la de Santa Agata, patrona de la ciudad, colgaban de los muros, velando por los pescadores y la fidelidad de los clientes, quienes si se mostraban descontentos o con poca predilección por uno u otro producto ofrecido y se iban con la competencia, se sometían a los picantes comentarios entre los vendedores, quienes se reclamaban el supuesto robo de clientes.

El ambiente olía a mar, trabajo duro y el orgullo de pertenencia a un gremio milenario, atendiendo todos sus banchi (puestos) con una devoción admirable para mostrar sus siempre frescos productos de la mejor manera.

La cacofonía por momentos era absoluta, creando por momentos, y, aunque parezca increíble, unos dos o tres segundos de silencio, como si todos se pusiesen de acuerdo para tomarse un respiro ( la caballerosidad ante todo) antes de volver a pelarse, con verdadera pasión siciliana, la garganta.

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