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El punto no es si violó la ley, sino que ve como obstáculos a las instituciones

Viernes 09 de junio de 2017
The New York Times
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NUEVA YORK.- En su testimonio escrito ante el Congreso, James Comey dijo que habló a solas con el presidente Barack Obama en sólo dos ocasiones, y una de ellas fue simplemente para despedirse brevemente de él. Por el contrario, agregó Comey, "recuerdo al menos nueve conversaciones privadas con el presidente Trump en apenas cuatro meses".

Fueron diálogos profundamente incómodos y en algunos casos "muy preocupantes" y sumamente irregulares, relató Comey, quien el mes pasado fue despedido de su cargo al frente del FBI. Comey dijo que tras una de esas charlas aprovechó "la oportunidad de implorarle al procurador general que impidiera cualquier contacto directo futuro" entre el presidente y él.

Trump pretendía un compromiso de lealtad personal que convirtiera al director del FBI en su lacayo político. "Necesito lealtad -fueron las palabras de Trump citadas por Comey-. Espero lealtad."

"No me moví, ni hablé, ni modifiqué en absoluto mi expresión facial durante el incómodo silencio que se produjo a continuación -agregó Comey-. Simplemente nos quedamos mirando el uno al otro en silencio."

El comportamiento de Trump recuerda el de los dictadores de hojalata. Yo lo sé porque como periodista me tocó cubrir el derrocamiento de más de los que llego a recordar.

Así que no nos enredemos en tecnicismos legales. Fuera o no ilegal que Trump urgiera a Comey a dar marcha atrás con la investigación sobre los vínculos de Rusia con Mike Flynn, que fue despedido de su cargo de asesor de seguridad nacional, lo cierto es que fue absolutamente inapropiado, y deja al descubierto los intentos de Trump por interferir con la justicia. Es un patrón de comportamiento que se repite: el desprecio de Trump por el sistema de leyes que, por increíble que parezca, ahora preside.

Todo esto por supuesto está vinculado con Rusia y con su igualmente extraordinario ataque contra el sistema político norteamericano del año pasado. La revelación más reciente consigna que la inteligencia militar rusa realizó un ciberataque contra al menos uno de los proveedores del software electoral norteamericano y que intentó hackear las computadoras de más de 100 funcionarios electorales.

En su testimonio ante el Congreso, Comey especifica haberle dicho a Trump que él no era objeto de ninguna investigación, pero que eso podía cambiar. Comey parece tener una menta abierta, una buena lección para todos nosotros.

Para contextualizar el testimonio de Comey, recordemos los impactantes comentarios que hizo esta semana James Clapper, director de Inteligencia Nacional hasta principios de este año.

"En mi opinión, lo que tenemos enfrente hace empalidecer el Caso Watergate", dijo Clapper, un teniente general de larga trayectoria en los servicios de inteligencia bajo gobiernos republicanos y demócratas por igual. Clapper agregó: "Me preocupa mucho que el ataque a nuestras instituciones provenga tanto de una fuente externa (o sea, Rusia) como de una interna (el propio presidente)".

Tal como lo sugiere Clapper, Trump socava nuestras instituciones y las buenas prácticas que sostienen el proceso político. Constituya o no un delito, su conducta fue profundamente subversiva.

Más allá de Comey y de la investigación sobre Rusia, Trump atacó sistemáticamente las instituciones de la vida norteamericana que él considera obstáculos. Lanzó denuncias contra jueces y tribunales. Acusó a los periodistas de ser "enemigos del pueblo" y alentó el encarcelamiento de algunos por publicar información clasificada. También fustigó salvajemente en público a los demócratas y republicanos que se le opusieron.

En términos generales podemos decir que Trump miente cada vez que puede. Sin embargo, el punto central no es simplemente si el presidente violó alguna ley específica contra la obstrucción de la justicia, sino también si no está atacando sistemáticamente el imperio de la ley que nos hace libres.

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