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Un punto de inflexión que le puede abrir la puerta a un traumático juicio político

Viernes 09 de junio de 2017
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WASHINGTON.- Si Donald Trump termina como Richard Nixon, tal como muchos anhelan, la historia mirará hacia atrás al testimonio de James Comey en el Congreso como un momento decisivo, un punto de quiebre.

Trump tenía hasta ayer un problema: la investigación sobre el Rusiagate, que ya ha tocado a su círculo más cercano y lo ha envuelto en la sospecha de que pactó con Vladimir Putin para que lo ayudara a derrotar a Hillary Clinton.

Desde ayer, Trump quedó aún más acorralado, al sumar otro problema: el testimonio de Comey puede convertirse en el pilar de una acusación por obstrucción de la justicia, un delito que puede abrir un juicio político y eyectarlo de la Casa Blanca.

La punta de esa acusación es clara: Trump, según el relato de Comey, lo presionó para "dejar ir" a Michael Flynn, su primer jefe del Consejo de Seguridad Nacional, y uno de los miembros de su equipo más involucrados en el escándalo político que acecha a su presidencia. Trump lo desmintió a través de su abogado.

Pero un juicio político, como bien indica su nombres, es, ante todo, un proceso político. Nixon optó por renunciar cuando el Congreso le soltó la mano y la justicia lo acorraló. Bill Clinton aguantó el embate de los republicanos recostado en su popularidad y una economía pujante.

Trump es un presidente débil que mira al pasado. Su agenda está paralizada; su criterio, cuestionado; su popularidad está por el piso -oscila entre el 34% y el37% en las encuestas más creíbles-, y su credibilidad en ruinas, salvo entre sus seguidores más fieles.

"El presidente no es un mentiroso", tuvo que defenderlo, ayer, su vocera, Sara Huckabee Sanders, después de la audiencia, en otra surrealista declaración oficial.

"El presidente es nuevo en esto", fue la única defensa que atinó a esbozar el republicano más poderoso en el Congreso, Paul Ryan, presidente de la Cámara de Representantes, cuando le preguntaron por las presiones que denunció Comey. Incompetencia.

Acorralado y de capa caída, Trump cuenta aún con el respaldo y el control republicano del Congreso. ¿Cuánto durarán? Los republicanos quieren implementar su agenda, algo que podrían hacer con el vicepresidente, Mike Pence. Y el control del Congreso puede cambiar en las legislativas del año próximo.

El derrumbe de Trump ha sido anunciado incontables veces desde que lanzó su candidatura presidencia, en junio de 2015, hace casi dos años. Trump siempre logró eludirlo: en las primarias, primero, y en la elección general, después. Les ganó a todos, como le gusta decir.

Su supervivencia parece una epopeya. Pero en los últimos dos años Trump ha confirmado algo, una y otra vez: nunca hay que darlo por vencido, y, menos aún, derrotado.

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