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Antorcha

Sergio Berensztein

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PARA LA NACION
Viernes 09 de junio de 2017 • 01:14
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Sé que no es la acepción más usada en estos días, pero vale la pena recordar que la antorcha sigue siendo un emblema de iluminación espiritual y de conocimiento. Hasta de esperanza y progreso: la maravillosa Estatua de la Libertad hizo eterna esa antorcha que fue imán para decenas de millones de inmigrantes de todas las razas y credos que anhelaban un futuro mejor.

Algunas religiones la utilizan para celebraciones litúrgicas pues se trata de un símbolo de solemnidad y pureza. En los monumentos funerarios grecorromanos, las antorchas cruzadas o apuntando hacia abajo eran un signo de luto. Por el contrario, flameando hacia arriba simbolizaban la vida y el poder regenerador de la llama.

También la antorcha se usó en política: fue el símbolo del Partido Conservador británico, que ayer retuvo el poder en unas elecciones que resultaron finalmente bastante más competitivas de lo esperado. Ningún desafío es superado antes de encararlo, y todos sabemos que ya no quedan rivales fáciles. Ojo con menospreciarlos. Aunque hayamos tenido en nuestras manos la antorcha olímpica. O tengamos al mejor de todos en nuestro equipo.

Las antorchas sirven también para hacer malabares, para que algunos valientes se ganen unos mangos en cualquier esquina. Sin duda, los prefiero a los mimos, a los aprendices de payaso, ni hablar a los trapitos que te acosan con el pomo en la mano y el secador en el bolsillo trasero. Tampoco me caen bien los que hacen jueguito con la pelota -me cuesta admitir que me muero de envidia.

Con un tercio de nuestra sociedad viviendo debajo de la línea de pobreza, con seis millones de argentinos que pasan hambre (según el informe elaborado por el Observatorio de la Deuda Social de la UCA), no hay acrobacia ni atajo que nos saque de esta decadencia secular. Que todas las antorchas del mundo iluminen a la ciudadanía en estas elecciones: muchos prefieren continuar en sus respectivas cavernas, reclamando desde sus intereses sectoriales, sin visión de conjunto ni voluntad para comprender al otro. En buena medida, eso es responsabilidad de nuestros dirigentes.

Que esta semana, para variar, protagonizaron otro episodio que, al menos en parte, nos recordó esos días aciagos del "que se vayan todos". El problema de fondo consiste en la recompensa salarial que debe recibir nuestra clase política. ¿Cuánto es lo justo? ¿Cuánto lo apropiado? Parece políticamente incorrecto reconocer que tienen que ganar muy bien, para que se dediquen full time a sus tareas específicas y tengan los incentivos claramente definidos para no tentarse con ninguna macana. ¿Nos parecería bien que el técnico de nuestro equipo de fútbol gane poco? ¿O que el obstetra a cargo del nacimiento de un hijo o un nieto esté preocupado por llegar a fin de mes? Sin embargo, nos horrorizamos por que los diputados se quieran subir la dieta y otros gastos por encima del promedio de las paritarias.

No son trabajadores comunes, tienen a su cargo decisiones cruciales, que impactan sobre el presente y sobre el futuro del país. Están a cargo de diseñar, ejecutar y controlar las políticas públicas que, esperemos, algún día nos saquen, precisamente, de la decadencia en la que estamos metidos hace décadas.

Pienso que el problema no es lo que ganan, sino lo que producen. El problema no es el precio (al menos, no solamente), sino la calidad de políticos que tenemos y de las políticas que ellos impulsan. Si el país creciera al 4% promedio durante dos décadas, volviéramos a ser una tierra de oportunidades, redujésemos significativamente la pobreza y eliminásemos la marginalidad pagándoles el triple de lo que ganan hoy, sería poco.

Propuesta: paguémosle a nuestra clase política parte en efectivo, parte con un bono (¡están re a la moda!) a 30 años atado al resultado de su gestión, con parámetros cuantitativos claramente establecidos en términos de desarrollo humano, reducción de la inseguridad, mejora de la infraestructura y acceso y calidad de la justicia. Que se cotice en el mercado, así todos sabemos objetivamente el grado de cumplimiento de las metas. Y, de paso, que se llame Antorcha. Semejante símbolo merece mejor destino.

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