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Andy Murray-Stanislas Wawrinka: ver al suizo es como subirse a una Ferrari y sentir el vértigo en la cara

Wawrinka, con 32 años, nunca dejó de creer hasta que encontró la ruta deseada ante el escocés; el estilo inconfundible de un tenis exquisito y explosivo que cuando acelera es un torbellino

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LA NACION
Viernes 09 de junio de 2017 • 07:00
 
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Wawrinka pasó a la final y quiere repetir la conquista de 2015
Wawrinka pasó a la final y quiere repetir la conquista de 2015. Foto: AFP

PARIS.- Por 90 euros usted puede subirse a una Ferrari en la zona de la Concorde y dar una vueltas por París, acompañado por un instructor que vigilará que no se sienta fugazmente un Sebastien Vettel o Kimi Raikkonen. Aunque puede imaginar el vértigo que sentiría si fuera más a fondo por la Peripherique. Pero si los autos no son lo suyo, también puede venir a Roland Garros y sentir un vértigo parecido en la cara con un partido de Stan Wawrinka . Podrá experimentar algún trompo, que se pase de la frenada en una curva, pero el suizo lo hará volar por la Philippe Chatrier. Y una vez que concluya el partido, más si se trata de una semifinal de Roland Garros, sentirá que hay experiencias incomparables. Ni superiores ni inferiores a otras. Distintas.

Más "Stanimal" que Stan, Wawrinka se mostró en su esencia. Con vaivenes, fue y vino. Hasta que encontró la ruta y se desató el torbellino que el público francés vino a ver y a celebrar. Ausente el hijo que no pudo parir pero que adoptó como propio (Roger Federer), erosionada su amplia escuela en los octavos de final (el último en caer fue Gael Monfils), Roland Garros tomó claro partido por el otro suizo famoso en el extenuante duelo con el N° 1 del mundo. Por escocés, por británico o simplemente por simpatías tenísticas, Andy Murray no tuvo el plus de soporte que hubiera necesitado para dar la estocada final y disponer de la chance de buscar uno de los títulos de Grand Slam que le faltan (el otro es el Australian Open). Jugó un gran partido, se mantuvo con grandes chances de pasar hasta el cuarto set, y después sí, se vio desbordado como pocas veces se lo vio. Era una de las posibilidades. Wawrinka es capaz de eso independientemente de quién esté del otro lado. En 4h34m, triunfó por 6-7 (6), 6-3, 5-7, 7-6 (3) y 6-1 y ahora buscará su segunda consagración en París, luego de la de 2015, con victoria sobre Novak Djokovic en la definición.

Casi dos metros fuera de la cancha, por el lado izquierdo, para pegar ese revés paralelo que nunca dejará de enamorar y que entra en el rincón. Así tenía que ganar Wawrinka. Que de sus 87 tiros ganadores (contra 77 errores no forzados), conectó 21 con su golpe predilecto. El gran mérito fue no haber decaido ni entrado en la telaraña de Murray después del primer set, cuando sacó 5-3 y luego tuvo un set-point en el tie-break y dejó pasar esas oportunidades. Cuando Wawrinka le marca al sueco Magnus Norman con su dedo índice la sien le está diciendo que todo va bien, que tiene el control mental. Y cuando levanta el brazo derecho y lo deja en alto como quien festeja un gol, es que se siente ganador. Lo hizo varias veces, incluso estando dos sets abajo. Físicamente impecable para una lucha de largo aliento, el suizo se sintió en plenitud. Y consiguió lo que pretendía: llegar al último día para buscar su 4° torneo de los grandes. El único que se le resistió hasta aquí fue Wimbledon.

Hace unos días, Wawrinka sonrió cuando le dijeron que era el más veterano de los semifinalistas, con 32 años y 75 días. Tiene otro motivo de orgullo: es el de mayor edad de los últimos 44 años en acceder a la final de París, luego de que Nikki Pilic lo lograra en 1973, con 33 años. De novio con la croata Donna Vekic, de 20 años, que no se pierde ninguno de sus partidos, Wawrinka es como la Ferrari cuando acelera y se mantiene con las ruedas sobre la pista: despide un sonido de motor inconfundible y el vértigo que enloquece.

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