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Nadal rejuvenece de la mano de Moyá y va por su 10º título

Pasó por encima a Dominique Thiem y jugará con Stan Wawrinka la final de un torneo en el que muestra lo mejor de su nueva etapa, con su paisano de Mallorca como aporte decisivo en su equipo

Sábado 10 de junio de 2017
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LA NACION
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Rafa Nadal va por la décima en su casa
Rafa Nadal va por la décima en su casa.

PARÍS.-En pleno anochecer en París, todos se siguen preguntando: ¿cómo fue que Rafael Nadal hizo que el partido del año fuese uno más e hiciera parecer un jugador del montón a un potencial N° 1 en pocos de años? La historia comenzó hace unos meses y terminó de explotar en su feudo: la cancha central de Roland Garros. Allí donde este domingo buscará coronarse por 10a vez en su carrera. Literalmente una obscenidad deportiva. Y tiene que ver con la aparición de Carlos Moyá en su grupo de trabajo, sumándose al tío Toni y a Francis Roig.

Ambos mallorquines, el ex campeón aquí en 1998 y ex N° 1 conoce a Nadal de chico, ha sido su rival, compañero de circuito y de la Copa Davis y hasta amigo. Muchas veces pensó cosas, detalles sobre el rey de canchas lentas, aunque recién pudo formarse una idea completa una vez que se incorporó al team.

Moyá supo acomodarse a los tiempos. Sabía que Nadal arrastraba un par de temporadas con altibajos y dudas, sobre todo derivados de las lesiones. Rafa es un jugador cuando no está liberado mentalmente de factores condicionantes y otro muy diferente cuando no le duele nada. O bien cuando domina su cuerpo y puede exigirlo sin temores. "Pero tuvimos la suerte de que se fue poniendo en óptimas condiciones y sin recuerdos de esas molestias que lo aquejaban. Entonces, todo fue más fácil. Y aquí no hay una voz: trabajamos en equipo. Todos exponemos y sacamos conclusiones sobre lo que creemos que es mejor para el Rafael", destaca el ahora entrenador, que guarda lazos especiales con la Argentina, donde ganó su primer título como jugador en 1995 y repitió en 2003 y 2006.

Algunos tips sumó Moyá y fueron surtiendo su efecto durante la temporada de canchas lentas, allí donde Nadal acentuó su preparación y fue alcanzando su mejor forma. Envalentonado nuevamente luego de aquella final que jugó con Roger Federer en el Australian Open. La perdió, pero le significó recuperar las buenas sensaciones. Sentir que a los 30 años su carrera podía ser relanzada.

Moyá aportó sus ideas: regular las cargas físicas ante todo. Esto es hacer lo necesario. Si una práctica queda redondeada en 1h30m, terminar ahí incluso cuando se haya reservado una cancha por dos horas. Nadal, con la cuestión física, es como esos comensales que ya están con el estómago por explotar, pero como todavía les queda comida en el plato, siguen. Como si fuese una herejía dejar algo. En su caso, tiempo sin esforzarse.

Otro objetivo que trazó fue recuperar la derecha. Volver a hacerla incisiva. Con efecto y determinante. Que sea el golpe con el que Nadal empiece a someter rivales durante los puntos. Se lo ve en la cancha: cuando toma el control con ese golpe, el oponente ya tiene pocas chances de contraatacar. Será en la segunda, tercera o cuarta pelota, pero perderá irremediablemente el punto. El game. El set. El partido.

Y finalmente, el saque. Corregir pequeños detalles en el lanzamiento, ajustarlo, variarlo. Todo eso comenzó a funcionar al unísono en Nadal. Título en Montecarlo (10°). Título en Barcelona (10°). Cuartos de final en Roma, con derrota ante Dominic Thiem. Le dolió, pero esa noche le dijeron: "Mejor perder acá y no en París".

Así destrozó ahora a Thiem (6°), el joven maravilla de 23 años, en 2h7m por 6-3, 6-4 y 6-0. Con una derecha furibunda, con un saque que se hizo respetar y que le permitió validar varios quiebres en cero, cerrando todo resquicio de reacción del austríaco. Con un despliegue desbordante y devoluciones que causaron estragos.

Thiem buscaba con los ojos a Günter Bresnik, su coach, y lucía cada vez más desmoralizado. Nunca encontró la solución. Y terminó como Djokovic contra él en los cuartos de final: desdibujado.

Nadal lleva seis partidos ganados sin ceder sets y apenas ha perdido 29 games: 4,83 por cotejo. Obsceno, sí. "Llegamos de la manera ideal", dijo Moyá antes del torneo. "Estamos preocupados por Thiem, pero en la cancha central de Roland Garros, a morir por Rafa", señaló horas antes del choque crucial. "Lo que más me inquieta es la intensidad de Thiem y que meta lo que tira, como en Roma", había expresado Toni Nadal.

Thiem fue una sombra. Sintió acaso el impacto de jugar contra el dueño de la Chatrier y una leyenda vigente como nunca. El partido fue diferente al del Foro Itálico porque Nadal fue mejor y él inferior. El español lo hizo más pequeño y vulnerable en realidad. No debe sentirse mal: el récord de Nadal en París es 78-2. Doblemente obsceno.

Este es un Nadal recargado, que alguna vez se sintió contrariado cuando reparó que llevaba dos años seguidos sin acceder a la final de su torneo favorito y mañana irá por el 10° ante Stan Wawrinka. Dicen que está como el de 2008, cuando logró el 4° festejo consecutivo con similar contundencia, despachando desde octavos a Verdasco (cedió 3 games), Almagro (3), Djokovic (12) y Federer (4).

Pero el de ahora encierra un mérito mayor: ya no tiene 22, sino 31 y un cuerpo que le ha pasado factura muchas veces. En estos seis meses ha afinado su cuerpo sin perder musculatura y sus piernas lucen veloces. Aunque como suele decir Moyá, nada es fortuito: "Hombre, con Rafa la suerte no existe".ß

PARIS.- Por 90 euros usted puede subirse a una Ferrari en la zona de la Concorde y dar una vueltas por París, acompañado por un instructor que vigilará que no se sienta fugazmente un Sebastien Vettel o Kimi Raikkonen. Aunque puede imaginar el vértigo que sentiría si fuera más a fondo por la Peripherique. Pero si los autos no son lo suyo, también puede venir a Roland Garros y sentir un vértigo parecido en la cara con un partido de Stan Wawrinka. Podrá experimentar algún trompo, que se pase de la frenada en una curva, pero el suizo lo hará volar por la Philippe Chatrier. Y una vez que concluya el partido, más si se trata de una semifinal de Roland Garros, sentirá que hay experiencias incomparables. Ni superiores ni inferiores a otras. Distintas.

Más "Stanimal" que Stan, Wawrinka se mostró en su esencia. Con vaivenes, fue y vino. Hasta que encontró la ruta y se desató el torbellino que el público francés vino a ver y a celebrar. Ausente el hijo que no pudo parir pero que adoptó como propio (Roger Federer), erosionada su amplia escuela en los octavos de final (el último en caer fue Gael Monfils), Roland Garros tomó claro partido por el otro suizo famoso en el extenuante duelo con el N° 1 del mundo. Por escocés, por británico o simplemente por simpatías tenísticas, Andy Murray no tuvo el plus de soporte que hubiera necesitado para dar la estocada final y disponer de la chance de buscar uno de los títulos de Grand Slam que le faltan (el otro es el Australian Open). Jugó un gran partido, se mantuvo con grandes chances de pasar hasta el cuarto set, y después sí, se vio desbordado como pocas veces se lo vio. Era una de las posibilidades. Wawrinka es capaz de eso independientemente de quién esté del otro lado. En 4h34m, triunfó por 6-7 (6), 6-3, 5-7, 7-6 (3) y 6-1 y ahora buscará su segunda consagración en París, luego de la de 2015, con victoria sobre Novak Djokovic en la definición.

Casi dos metros fuera de la cancha, por el lado izquierdo, para pegar ese revés paralelo que nunca dejará de enamorar y que entra en el rincón. Así tenía que ganar Wawrinka. Que de sus 87 tiros ganadores (contra 77 errores no forzados), conectó 21 con su golpe predilecto. El gran mérito fue no haber decaido ni entrado en la telaraña de Murray después del primer set, cuando sacó 5-3 y luego tuvo un set-point en el tie-break y dejó pasar esas oportunidades. Cuando Wawrinka le marca al sueco Magnus Norman con su dedo índice la sien le está diciendo que todo va bien, que tiene el control mental. Y cuando levanta el brazo derecho y lo deja en alto como quien festeja un gol, es que se siente ganador. Lo hizo varias veces, incluso estando dos sets abajo. Físicamente impecable para una lucha de largo aliento, el suizo se sintió en plenitud. Y consiguió lo que pretendía: llegar al último día para buscar su 4° torneo de los grandes. El único que se le resistió hasta aquí fue Wimbledon.

Hace unos días, Wawrinka sonrió cuando le dijeron que era el más veterano de los semifinalistas, con 32 años y 75 días. Tiene otro motivo de orgullo: es el de mayor edad de los últimos 44 años en acceder a la final de París, luego de que Nikki Pilic lo lograra en 1973, con 33 años. De novio con la croata Donna Vekic, de 20 años, que no se pierde ninguno de sus partidos, Wawrinka es como la Ferrari cuando acelera y se mantiene con las ruedas sobre la pista: despide un sonido de motor inconfundible y el vértigo que enloquece.

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