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Un tesoro en la montaña

Parece un espejismo, pero es real: el Museo en los Cerros creado por Lucio Boschi brilla en la inmensidad jujeña de polvo y piedra

Marcos López dice que este museo en el corazón andino es realismo mágico. Fue de los primeros que donó una obra para hacerlo realidad
Marcos López dice que este museo en el corazón andino es realismo mágico. Fue de los primeros que donó una obra para hacerlo realidad. Foto: Gianni Bulacio
Domingo 18 de junio de 2017
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LA NACION
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Hace unos veinte años, el fotógrafo Lucio Boschi se instaló en una casa sin gas ni luz en la quebrada de Huichaira, a siete kilómetros de Tilcara, Jujuy. Había viajado por la India, China, Siberia, África, y ahora buscaba vivir con lo básico. Se proponía ser uno más en esa comunidad andina establecida en la ladera de las montañas. Quería ser aceptado para retratar el mundo indígena a través de su gente y sus ritos. Como una muestra de respeto, la primera edición de su trabajo la hacía con los mismos retratados. Si a ellos no les gustaba alguna imagen, la descartaba. Aun así, cada tanto le tocaba escuchar alguna verdad incómoda: "Gringo, vos te llevás mi imagen y se la vendés al mundo".

Así era. De esos años nacieron dos libros: Pueblos de los Andes, publicado en 2000, y Quebrada de Humahuaca (2003), un trabajo que le encargó la Unesco y que contribuyó a que la Quebrada fuera declarada, en 2005, Patrimonio de la Humanidad.

Pero todo lo que va, vuelve. En aquellos días, cuando se llevaba imágenes de la Quebrada y la Unesco consideraba a la región patrimonio de todos, Boschi tuvo una idea desmesurada: en lugar de llevarse este lugar al mundo mediante libros y exposiciones, ¿acaso era posible intentar el camino inverso? ¿Se podía traer el mundo a los cerros?

Lucio conduce su viejo jeep por un camino pedregoso que, en las lluvias fuertes, se convierte en el lecho de un río. Avanzamos por la quebrada de Huichaira. A ambos costados, imponentes, las montañas. La atmósfera diáfana recorta el contorno de los picos contra el azul del cielo. Envueltos en el silencio, parecen próximos, casi al alcance de la mano. Boschi señala, a la derecha, el cementerio de la comunidad: cruces y lápidas resistiendo al sol. Está en la ladera de un cerro, elevado pero no tanto, porque aquí los muertos permanecen cerca de los vivos. ¿Y los vivos? ¿Dónde está el pueblo? No hay pueblo. Apenas una docena de casas dispersas a lo largo de la quebrada, con familias que viven de sus cultivos y sus cabras.

Hemos hecho unos pocos kilómetros desde la ruta 9, que une San Salvador de Jujuy con La Quiaca y pasa por Purmamarca, Tilcara y Humahuaca, entre otros pueblos. Pero es como si nos hubiéramos adentrado en el corazón de los Andes. Por eso, al llegar, su aparición sorprende como un espejismo. En medio de esa inmensidad de polvo y piedra, el Museo en los Cerros se levanta como una afirmación. O como la respuesta a aquella vieja pregunta que desvelaba al fotógrafo. Se trata de una construcción modular moderna, sofisticada en su simpleza, hecha de materiales que de algún modo integran esa presencia insólita al entorno natural que la envuelve.

Antes de entrar, se impone una perplejidad. ¿La construcción desafía al paisaje o, al revés, se complementa con él? En verdad, el desafío no pasa por esos cubos bajos y delicados del color de la tierra, sino por la idea de erigir allí, en un lugar tan alejado de todo flujo humano, un museo de una calidad arquitectónica y artística inusual.

Al entrar, uno olvida que está en la montaña, a 2700 metros de altura sobre el nivel de mar. En la sala principal del museo se exhibe la obra de más de veinte fotógrafos argentinos contemporáneos destacados. Entre ellos, Adriana Lestido, Juan Travnik, Marcos Zimmerman, Horacio Coppola y Sebastián Syd. Cada una de estas fotografías es una ventana al mundo. O a distintos mundos. En una segunda sala, de muestras itinerantes, se expone el trabajo de siete fotógrafos jujeños que, de un modo u otro, han estado relacionados con el museo a través de sus cursos y premios.

Hoy, cuando celebra sus cinco años de vida, el Museo en los Cerros es destino de peregrinación de quienes llegan -en auto, a caballo, a pie- para sorprenderse con una colección única en el país. Pero también convoca a los chicos y jóvenes de la zona atraídos por la imagen y la fotografía, muchos de los cuales encuentran aquí una puerta de acceso al mundo del arte.

Un sueño hecho realidad. Éso es el Museo en los Cerros. Pero, también, un acto de justicia, una reparación, una restitución del equilibrio.

-Prefiero llamarlo una ofrenda -señala Boschi.

Marcos López opina otra cosa: dice que este museo en medio de la nada es realismo mágico. Fue de los primeros que donó una obra para hacerlo realidad. "Contá con lo que quieras. Vení a casa y elegí vos", respondió al pedido de su amigo Lucio cuando todo era aún una quimera. El mismo gesto tuvieron Facundo de Zuviría, Julieta Escardó y el resto de los reconocidos fotógrafos que nutren la colección principal. Muchos, como Lucio, habían retratado el Norte y su gente. También para ellos era tiempo de devolver.

"Lo más importante del museo es la colección", dice Boschi. No hay duda, pero había que levantar la sala donde exhibirla. Lucio llegó a un acuerdo con su mujer, Sofía Pescarmona: podían afrontar la construcción, que le encargaron al arquitecto César Rodríguez Marquina, pero para que el proyecto fuera sostenible necesitaban sponsors. Así, tres grandes coleccionistas norteamericanos que siguen la obra de Lucio se hicieron amigos del museo con una donación anual que cubre los gastos y el mantenimiento. Dos de ellos viajaron para la inauguración, luego de que las salas quedaran montadas con la ayuda del curador Rodrigo Alonso, que curó exposiciones de arte contemporáneo en los espacios más importantes del país, América latina y Europa.

Antes, Lucio pedía permiso al retratado para mostrar su foto. Esta vez, antes de construir, invitó a los lugareños a comer a su casa. Les contó la idea y les preguntó qué les parecía. "Reaccionaron bien -cuenta-. Confiaban. Pero no querían que se alterara el ritmo de la zona ni la tranquilidad. Sin combis ni colectivos. Para mí, perfecto. Yo quería prender una fogata en medio de la nada para que la gente se acercara. Que llegaran de a poco y por sus medios, por el boca a boca, sin publicidad. A ellos les gustó la idea de que el museo fuera una puerta abierta para los chicos de aquí."

Eso es lo que ha ocurrido. A través de los cursos (se organizan tres por año, y llegan chicos de la Quebrada pero también de Jujuy Capital, Tucumán y Córdoba) y de un concurso anual que recibe obras de principiantes y de avanzados, el museo generó un vínculo de formación e intercambio con muchos jóvenes fotógrafos.

Juana Vilca, cuando era niña, retratada por Boschi, al igual que otros integrantes de la comunidad y habitués del museo que hoy es parte intrínseca la Quebrada
Juana Vilca, cuando era niña, retratada por Boschi, al igual que otros integrantes de la comunidad y habitués del museo que hoy es parte intrínseca la Quebrada.

Uno de ellos es Facundo Toconás. Nacido en Maimará, descubrió la fotografía a través de Boschi y hoy expone, en la sala principal del museo, una obra titulada Festejo en Jujuy. Fue tomada en 2009, durante una celebración familiar en la que un sobrino suyo ató una virulana a la punta de un hilo y empezó a hacerla girar, provocando chispas. La imagen, un efecto de luces sobre un fondo oscuro, tiende a la abstracción. "Yo trato de estar en el momento, de vivirlo, de no pensar. No busco a la foto. Aparece sola", dice Facundo. Charlamos en la sala biblioteca del museo, entre decenas de libros de fotógrafos argentinos y extranjeros, de Richard Avedon a Martín Chambí.

Facundo es responsable de que el Museo fuera algo más que un sueño. Quince años atrás era un adolescente sin rumbo cierto que atendía un locutorio de Tilcara, donde Boschi iba por las mañanas a conectarse con el mundo y a enviar su material a los editores. Facundo sentía curiosidad por las carpetas llenas de fotos y los libros que cargaba su cliente. Y empezó a preguntar. "Dos cosas me llamaban la atención en él -recuerda Boschi-. Siempre estaba escuchando música que no era de esta zona: Bjork, David Bowie, Bach. Además, me preguntaba mucho sobre fotografía. Era un gusto conversar con él."

Años después, Boschi presentaba uno de sus libros en el Instituto Goethe. Se llevó una sorpresa cuando, después de la charla, en el hall, descubrió a aquel chico curioso del locutorio. "Usted hinchó tanto con la fotografia que me vine a estudiar a Buenos Aires", le dijo Facundo. "Le traje unas fotos." Lucio sintió responsabilidad y alegría en medidas parejas. Aquel muchacho le confirmaba que en la Quebrada había chicos de sensibilidad y talento que querían hacer fotografía. Por otro lado, los teléfonos celulares y las imágenes ya estaban en manos de todos. Era hora de levantar el museo.

A los 34 años, Toconás es dueño de una mirada y una sensibilidad muy particulares. Me muestra imágenes de la vida cotidiana de su abuela, Rufina Quipildor, de Maimará. Son fuertes y, a la vez, sutiles. Las reunió en un libro hermoso de factura artesanal. "La fotografía es un modo de llegar a las cosas importantes, como las personas y los animales. Es también el reflejo de uno, de la propia vida", dice Facundo. Hoy enseña lo aprendido en varias escuelas de la región y trae contingentes de chicos al museo. En clases de fotografía estenopeica, les enseña a hacer su primera cámara con una lata de duraznos o de leche Nido. "Empezamos hablando de fotografía, pero terminamos hablando de la vida -cuenta-. A los adolescentes les preocupa lo que nos preocupa a todos: el amor, la muerte, los problemas de la familia."

Juanita Vilca tiene 23 años y nació en Humahuaca. Es hija del recordado Ricardo Vilca, músico y compositor que murió en 2007, después de haber dejado una obra que enriqueció el folclore argentino. Ella heredó la vocación artística del padre, pero se inclinó por la fotografía gracias a su padrino, Lucio Boschi, muy amigo de Vilca. "Cada vez que venía de visita traía sus cámaras. En cuanto pude empecé a sacar fotos con una compacta Sony. Me atraían los pájaros, la luz. A la naturaleza también hay que retratarla. Hay que entender cada lugar. Se trata de mirar, más que de ver", dice Juanita, que expone en la sala intinerante.

Facundo Toconás, nacido en Maimará, hoy expone en la sala principal; Gianni Bulacio, primer premio del concurso que organizó el museo; Juana Vilca, también fotógrafa, de Humahuaca, y Lucio Boschi, alma máter del proyecto
Facundo Toconás, nacido en Maimará, hoy expone en la sala principal; Gianni Bulacio, primer premio del concurso que organizó el museo; Juana Vilca, también fotógrafa, de Humahuaca, y Lucio Boschi, alma máter del proyecto.

Para Juanita, el museo es una idea genial. Su padre decía que las campanas de la iglesia de Humahuaca estaban afinadas, y que por eso la gente sabía apreciar la música. Ella afirma que aquí la belleza del paisaje educa la mirada y favorece las inclinaciones artísticas. Por eso, una vez que termine su tecnicatura en fotografía en la Facultad de Artes de la Universidad Nacional de Tucumán, planea abrir una escuela de fotografía para chicos en Humahuaca.

No ha de haber trabajo más tranquilo que el de Ana Alicia Ramos, licenciada en Turismo, que abre las puertas del museo de 10 a 14. Convive a diario con el silencio, apenas interrumpido por la llegada de alguna visita. Para ella el museo es un espacio de arte, paz y energía. "Más que una responsabilidad, cuidar de este lugar es un privilegio", dice. Así como hay días más movidos en que llegan grupos de chicos, hay otros vacantes en los que no llega nadie. Pero no desespera, porque Boschi no está a la expectativa de visitas. Ni siquiera colocó un cartel en la ruta 9, donde nace el desvío que lleva al museo. Quien tenga que llegar, dice, va a llegar. En esos días, Ana pinta en su pequeña oficina, donde hay un caballete con una tela a medio trabajar. Mezcla acrílicos con tierra y arena del lugar. Mientras, el museo es lo que debe ser: un tesoro a la espera de que alguien lo encuentre.

Cerca del mediodía llega Gianni Bulacio, primer premio del concurso que el museo organizó en 2013 con Marcos López, Julieta Escardó y Pablo Cabado como jurados. Gianni nació en San Salvador de Jujuy y estudió fotografía en la Universidad Nacional de Tucumán, donde trabajó como reportero gráfico y editor de fotografía en distintos medios, entre ellos el diario El Tribuno. Desde el premio, mantiene contacto con Lucio y el museo, donde tiene una obra colgada. "Cuando conocí el museo no lo podía creer -dice-. Todos los nombres de la fotografía nacional que yo veneraba estaban reunidos aquí." Ha expuesto en el Centro Cultural Recoleta y en el Museo de Arte Decorativo, pero dice que para él no hay nada más importante que estar en las paredes del Museo de los Cerros.

Almorzamos en la casa de Boschi, ubicada a unos 200 metros del museo. Ya no es aquella construcción precaria de hace veinte años. Se nota la mano de una mujer. Lucio y Sofía vienen aquí junto a sus dos hijos desde Mendoza, donde viven la mayor parte del tiempo. De pronto, entre las empanadas y el vino, Juanita, Facundo y Gianni, que se han reencontrado como viejos amigos, se trenzan en una charla sobre las distintas técnicas para fotografiar un cielo estrellado. Lucio escucha, pero no interviene. Sonríe. De algún modo, algo ha hecho para que estos tres jóvenes estén juntos allí, hablando con pasión de lo que aman. Entonces recuerdo dónde estamos y me viene a la memoria una vieja película de Herzog. En Fitzcarraldo, un inolvidable Klaus Kinski se desvive en la afiebrada aventura de llevar la ópera a la selva amazónica. Algo de ese empecinamiento ha de tener Lucio Boschi. ¿De qué otro modo, si no, habría logrado llevar la fotografía a los cerros?

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