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La grandeza que nace de la adversidad

Domingo 18 de junio de 2017
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LA NACION
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Cuando Roberto De Vicenzo murió, a comienzo de este mes, los obituarios que en todo el mundo evocaron su extraordinaria carrera como golfista enfatizaron, más que sus logros –entre los que se encuentra haber ganado el Abierto Británico en 1967–, su mayor derrota: aquella que se autopropinó al firmar sin leer previamente una tarjeta que le adjudicó más golpes de los que en verdad realizó en la última ronda del Masters de Augusta, en 1968. Como se sabe, el error lo había cometido su compañero de juego, Tommy Aaron, en el hoyo 17. Y aunque todos habían visto a De Vicenzo realizar un birdie, los jueces fueron inflexibles y consideraron los cuatro golpes que, erróneamente, figuraban en la tarjeta firmada, una vieja regla del golf que le permitió a Bob Goalby calzarse aquella tarde el saco verde del campeón.

No fue el error, que De Vicenzo se adjudicó, lo que hizo grande al golfista argentino, sino su actitud ante esa derrota inmerecida. Jamás protestó el fallo, nunca guardó rencor a Aaron, jamás restó méritos a Goalby y siempre prefirió mirar hacia adelante, con gratitud hacia un deporte que, como dijo muchos años más tarde, le permitió ver el mundo. “Nadie debe lamentarse por mí”, comentó.

Semanas atrás, cuando Emanuel Ginóbili jugó el que podría ser su último partido en la NBA, los analistas repasaron su brillante carrera, en la que ganó una medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Atenas 2004 y cuatro campeonatos de la NBA con San Antonio Spurs, además de ostentar una apabullante estadística que lo ubica como uno de los basquetbolistas que más playoffs han jugado en la historia. Pero algunos, además de detenerse en los logros de Manu, observaron su actitud ante las derrotas, con las que cualquier deportista profesional, aun los más exitosos, suelen convivir. “Entre los muchos valores que Manu Ginóbili transmitió, tal vez ninguno sea más necesitado por estos días que el de ser un correcto perdedor”, escribió en La Nación Juan Manuel Trenado, en una columna titulada Vamos a extrañar al Ginóbili perdedor. Allí recordó cuando Manu, tras perder una medalla de bronce en los JJOO, respondió con más indiferencia que brusquedad a un periodista que le preguntó cómo se sentía tras la derrota. Ginóbili, que ya se había encaminado hacia el vestuario, volvió sobre sus pasos, enfrentó nuevamente a los periodistas y, aún dolido, se disculpó: “Quiero pedir perdón si le contesté mal a alguien, no deberíamos hablar en caliente”.

Cuando nos agotamos de ver en el fútbol argentino, nuestra mayor pasión nacional, a tantos jugadores y técnicos buscar ventajas, protestar fallos, simular infracciones o reclamar sanciones para jugadores rivales, las actitudes de De Vicenzo y de Ginóbili ante la adversidad nos reconcilian con la mejor cara del deporte. La que a menudo se olvida, la que nos recuerda que los más grandes no son sólo los que pueden ganar sino los que saben perder.

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