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Epidemia global sin terapias eficacespara dar respuestas

PARA LA NACION
Martes 13 de junio de 2017
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Nuestros niños se están volviendo progresivamente más gordos. Se trata de una epidemia global de magnitud inédita en la historia de la humanidad y, mal que nos pese admitirlo, todavía no contamos con terapéuticas tan eficaces como desearíamos. Dos terceras partes de los argentinos adultos están excedidos de peso, pero lo que más debe preocuparnos es su tendencia. Hoy, hay 40% más de obesos que hace una década.

Algo similar sucede con los adolescentes. La tercera parte de los jóvenes están excedidos de peso, 20% más que hace 5 años. La reciente encuesta nacional de salud escolar muestra una foto no menos preocupante: cuatro de cada 10 niños pesan más de lo que deberían, y aunque no contamos con datos comparativos para evaluar cómo se viene acelerando esta epidemia, todo pareciera indicar que la obesidad infantil es más frecuente, aparece en edades más tempranas y se está desplazando hacia los grupos sociales menos favorecidos.

La obesidad no ha sustituido a la desnutrición, sino que se ha sumado como un nuevo problema. En la Argentina, no hemos logrado desterrar la desnutrición infantil, especialmente en sus formas de presentación menos evidentes, como son la anemia y otras deficiencias específicas, el bajo peso de nacimiento, la desnutrición gestacional y el retraso crónico de crecimiento.

Manifestaciones que son menos dramáticas que las fotos que vimos en 2001, pero no por ello menos trascendentes para comprometer el capital humano de la sociedad. En este escenario, irrumpe la obesidad afectando a las mismas regiones, las mismas familias y en ocasiones a las mismas personas.

Es lo que denominamos la doble carga de la malnutrición. Mientras la desnutrición hipoteca el futuro de las nuevas generaciones, la obesidad compromete su capital de salud, acorta la expectativa de vida y ocasiona un significativo costo económico y social para el tratamiento de sus comorbilidades: hipertensión, diabetes, infarto, accidentes cerebro y cardiovasculares.

¿Qué hacer frente a este escenario? La promoción de hábitos saludables de alimentación y actividad física en cada etapa del ciclo vital y, muy especialmente, en la temprana infancia es una de las estrategias que han demostrado mayor eficacia para prevenir tanto la obesidad como la desnutrición. Es una tarea que excede al equipo de salud y que nos interpela como sociedad.

Madres con exceso de peso al inicio del embarazo imprimen un mayor riesgo de obesidad a los niños, pero también sucede con los padres. Se ha demostrado una transmisión transgeneracional (epigenética) de la obesidad que tiene implicancias prácticas.

No sólo es el cuidado del peso durante la gestación, sino también del peso antes del embarazo. La lactancia es, por el momento, la mejor vacuna que tenemos para la prevención de la obesidad. Sin embargo, dos terceras partes de las familias incorporan otros alimentos diferentes de la leche de madre antes del sexto mes de vida.

La introducción de alimentos de pobre calidad nutricional, ricos en calorías y carentes de nutrientes esenciales no sólo aumenta el riesgo de obesidad, sino también de carencias nutricionales. El respeto de las señales de saciedad en el hogar, la oferta de alimentos saludables la no utilización del alimento como recompensa ni estímulo forman parte de los aprendizajes tempranos que es necesario fomentar.

El cuidado de la alimentación en el embarazo, la lactancia materna exclusiva, la introducción oportuna de alimentos de calidad a partir de los seis meses, la promoción de una alimentación variada, la hidratación cotidiana con agua, la conformación de hábitos saludables desde la infancia incluyendo la regular actividad física y el cuidado del sueño infantil son más que medidas sencillas y de sentido común: son las recientes conclusiones de un prestigioso comité internacional de expertos convocado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) para detener la epidemia de obesidad.

Qué hacer parece sencillo; cómo hacerlo es ciertamente mucho más complejo y ciertamente demanda el compromiso de toda nuestra sociedad.

El autor es el director del Centro de Estudios en Nutrición Infantil (Cesni)

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