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Atletismo

Julius Rono, el atleta que sobrevivió a África: "Pasar hambre me hizo fuerte"

El sueño del corredor keniata hecho realidad en la Argentina, un viaje por el dolor, la lucha, los miedos y las esperanzas que se esconden tras una zancada color ébano.

Martes 13 de junio de 2017 • 15:10
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PARA LA NACION
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"En la Argentina el hambre es un chiste", define Julius Rono detrás de una enorme sonrisa marfil. "Hambre en serio pasábamos allá", cierra los ojos, su cara es un plato de ébano y piensa en allá, en su Kenia natal. Vuelve a escrutarme con ojos exaltados, no está seguro de que haya comprendido el concepto, señala mi mochila y explica "con eso, bien cortadito, comíamos seis". Eso es mi desayuno: un durazno (grande) y una banana (chica). Sí, dijo seis personas.

Julius Kipngetich Rono nació hace tres décadas al oeste de Kenia, en la zona rural de Kapsabet. "Corrí toda la vida", dice y relata la imagen clásica de niños sonrientes, flacos y veloces que corren con sus libros bajo el brazo sobre la amplia geografía africana. Los imaginamos felices lanzando sus zancadas, disfrutando la fresca brisa matinal en sus rostros; "es que si llegás tarde te castigan con látigo en las manos, o en la cola", recuerda Rono pateando la postal.

En realidad que hoy esté vivo es una casualidad: en África, la vida se pelea día a día. Antes de los siete años sufrió malaria dos veces "fue fuerte", reconoce Julios, y se la pasó postrado en su choza. El tercer ataque fue peor, acostado no iba a sobrevivir. "Me salvó mi abuela, me llevó a upa hasta la ruta donde pasó una tráfic del hospital". Para ubicarnos en el contexto, la familia de Rono tuvo su primer vehículo cuando Julius cumplió 15 años, "ahí compramos una bicicleta".

Sin bicicleta igual podía correr cada día hasta la escuela, en total 14 kilómetros. Más de cuarenta alumnos de toda la zona gastaban los caminos que convergían a ese templo del saber. "Uno solo tenía reloj", señala Julius, y recuerden que llegar en horario era muy importante. El ostentoso alumno cronometrado venía por otro camino "pero si chiflaba una vez, había tiempo", explica el código, "ahora si chiflaba dos veces, ¡había que mover más la patas porque se hacía tarde!". Se entiende lo motivador que puede ser un látigo en la formación de un niño.

Pero el tiempo pasó y la bendita tecnología occidental llegó hasta el corazón del continente negro. "Cuando veía moto o auto, para mí era muy extraño". Acostumbrado desde niño al rugido del león o al bramido del elefante, cuando el pequeño Julius descubrió el estruendo de una moto, corrió a toda velocidad para poder verla. "Pero tampoco me acerqué tanto; la miraba, pero de lejos".

El tiempo pasó, Julius sobrevivió a pestes y hambrunas. "La peor fue la inundación del '98", recuerda, "ahí mamá nos decía: vayan a dormir que los llamo para cenar, y nunca nos llamaba". Increíblemente el espíritu humano encuentra alegría en la inmensa tristeza (y también al revés), y Julius rescata que gracias al flagelo Europa mandó alimentos y él descubrió algo impensado. Ellos todavía la vida habían comido maíz blanco, no imaginaban que existiera de otro color. "Ahí descubrí el maíz amarillo", celebra sonriente y agrega: "Pensamos que era mentira y fuimos con todos mis hermanos; papá abrió la bolsa para que lo viéramos".

Cuando todo eso quedó atrás, Julius ya no era un chiquito cabeza grande y piernas flacas. Ya era todo un ciudadano keniata lo suficientemente grande para poder servir al país en su ejército. Pero esta vez la fortuna estuvo de su lado, se salvó por el sorteo. Bueno, casi de su lado, "papá es militar y dijo: no importa el sorteo, igual vas a la colimba". Julius no estaba tan de acuerdo: "No quería, no me gusta estar bajo órdenes todo el día, no podés dar una opinión, no tenés libertad". Para colmo, los pocos chelines keniatas que había podido conseguir trabajando se los gastó para alimentarse durante su estadía militar. "Mamá mandaba la leche de nuestra vaca, todos los días", eso ayudaba a ahorrar, pero igual terminó sin un chelín.

Así que una vez libre, había que volver a ganarse el pan. "Mi amigo John Yego, cuando íbamos corriendo a la escuela, nunca me ganaba", observaba Julius "y él -corriendo afuera-, ¡ya estaba ganando plata". Así que le preguntó a John como empezar, aunque "no tenía ni las zapatillas".

El sargento mayor Samson Kiprono Maiyo, el padre de Julius, se oponía a que su hijo fuese atleta; pero Ester, su madre, lo apoyaba. "Ella me entendía", y justifica "papá es militar, está siempre bajo la ley; ellos viven así, durante años y años".

Sin la venia militar, igual se fue a entrenar; con sueños en la valija y tierra en los pies. Tres años, miles de kilómetros y millones de gotas de sudor más tarde, Julius se paraba en frente a Ester. Le mostraba el pasaporte y Ester lloraba, le mostraba el pasaje y Ester lloraba; la sonrisa se le mezclaba con las lágrimas y los mocos. "Ahí mamá se dio cuenta que todo lo que me habían apoyado había dado sus frutos", sonríe Julius. "Lo último que me dijo antes de viajar fue: Siempre, todo lo que hacés en tu vida, acordate de Dios".

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.. Foto: Daniel Muchiutti

El pasaje decía: Aeropuerto Internacional São Paulo-Guarulhos. "Nunca había visto tanto edificios". Era el año 2008: en un mes y tres carreras, Julius ponía 4000 dólares en un sobre y lo enviaba a Kapsabeto. Con esos cuarenta billetes su familia pudo comprar cuatro hectáreas y construir la casa para sus seis hermanas. "Llamé desde acá al albañil", recuerda orgulloso "para decirle como quería el trabajo: bien hecho".

Luego de un paso fugaz por Bolivia, aterriza en Mendoza. Debuta en una media maratón y le saca un kilómetro al segundo. "Me sorprendió que fuese tan fácil", y ríe. "Pensé, ¿tan malos son acá?". Pero después encontró competencia y su visión cambió: "Me di cuenta que acá también corren".

Al principio se sentía estudiado por los argentinos, recelosos. "Pero después de un rato ya te dicen ¿hacemos asado?". Las pocas veces que podía hablar por teléfono, a Ester le costaba creer que se comiera tanta carne: "¡Hijo, vas a engordar!".

El tiempo pasó, no engordó, y hasta obtuvo la ciudanía argentina, "¡fue un gran alivio!". Y en el 2010, cuando pudo empezar a construir la casa grande, para el resto de sus hermanos, el sargento mayor Samson Kiprono Maiyo, entendió que su hijo había elegido el camino correcto. "Pero los militares nunca te lo van a reconocer", explica Rono, "sí, te felicita, pero él sabe que se equivocó, y creo que en algún momento me lo va a decir. Lo estoy esperando".

Tampoco olvidó las palabras de Ester. Reza, y es escuchado: "Dios siempre me dio lo que pedí, yo le pedí ser atleta y él me dio ese don". Por eso nunca le reprocha nada, incluso cuando va todo mal "es sólo una prueba para algo más". Pero también le pide perdón.

"Una vez, caminando en Comodoro Rivadavia, en la calle vi un sobre", susurra Julius. "¡Tenía 4.000 pesos!", exclama con ojos grandes "nunca le dije nada a nadie". Iban con Ismael Langat, otro keniata que corría en tierra gaucha, y lo dividieron entre los dos. "Pero yo sé que algo que no es tuyo, lo tenés que devolver", cuenta mirando el piso, "así que le pedí perdón a Dios". La plata fue toda a parar a otro sobre, ahora con rumbo a Kenia. "Les dije a mi familia que la gastaran en lo que quieran; no quería ni enterarme".

Julius reconoce sus pecados, pero también ve quiénes hace trampa. "Acá hay pocos que corren fuerte de verdad, [Javier] Carriqueo, [Luis] Molina, [Federico] Bruno, [Miguel] Barzola; después hay muchos que mienten". Sus sospechas están en "los que vuelan acá pero después no se quieren poner la camiseta argentina". Y compara con su país natal: "No se puede correr fuerte todos los fines de semana, no lo hacen ni los keniatas". Considera que es un problema en crecimiento, que cuando él llegó al país había mucho menos doping. Pero es consciente de que es un flagelo mundial: "No creo que se pueda correr debajo de 2h05m [en maratón] limpio. En Kenia también hay doping".

Hoy Julius Kipngetich Rono, a poco de cumplir una década en Argentina, ya aprendió muchas cosas, además de algo de castellano. Aprendió que va a correr para siempre, incluso cuando deje de ganar: "Seré un runner, ya no tendré que cuidarme tanto, va a ser más lindo". Aprendió cuál es su sueño: "Correr para la Argentina, representarla en un Juego Olímpico". Y también aprendió cual es su motor: "Pasar hambre me hizo fuerte. Para esos momentos donde pensás: no doy más". La vida es una carrera de aprendizaje, "y sí, me dolió un poquito, la primera vez que vi que acá tiraban la comida".

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