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Metamorfosis: las monarquías europeas se adaptan y sufren menos que los políticos

En tiempos de alta volatilidad, las coronas supieron reconvertirse y ahora mantienen índices de popularidad por encima de los mandatarios

Miércoles 14 de junio de 2017
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MADRID.- La reina Isabel II ha muerto. Su hijo Carlos, anciano ya, sube al trono y constata que su opinión no cuenta para nadie. Se rebela. Por principios se niega a firmar una ley contra la prensa. Disuelve el Parlamento y Gran Bretaña se sumerge en un caos.

Así arranca El rey Carlos III, la provocadora ficción que estrenó el mes pasado la BBC apenas unos días después de que Felipe de Edimburgo, esposo de la reina, anunciara su retiro de la actividad pública, a los 96 años. Punzante, el drama enfoca dos dilemas que aquejan a la Casa de Windsor y a todas las coronas europeas: ¿cómo adaptar al siglo XXI una institución medieval cuya razón de ser es la resistencia al cambio? ¿Cuál es el aporte que aún pueden hacer a sus sociedades?

La reina de Inglaterra Isabel II
La reina de Inglaterra Isabel II. Foto: AP / Archivo

A los 91 años, Isabel II sigue el guión que se espera de ella: prudencia e imparcialidad. La crisis que enfrenta Theresa May después del fracaso de su estrategia electoral forzará a postergar el tradicional "discurso de la reina" de este año hasta que esté claro cómo será el próximo gobierno británico. Nadie mira hacia el Palacio de Buckingham en busca de soluciones.

Es un patrón común tanto en las monarquías que emprendieron el camino de la renovación entre 2013 y 2014 -Holanda, Bélgica y España- como en aquellas en que los soberanos siguen cumpliendo décadas en el trono. Los reyes resignan influencia política, aceptan un mayor control de sus finanzas y encomiendan la corona a una gestión profesional.

La operación da frutos. En las ocho monarquías constitucionales de Europa la popularidad de los reyes se ha estabilizado en niveles superiores a la de los líderes políticos y no prospera por ahora ningún movimiento republicano vigoroso.

"Algunas casas reales apuraron el relevo, otras no. La diferencia está en si sentían que peligraba o no la institución -señaló Roger Mortimore, historiador y experto de opinión pública del King's College de Londres-. En Gran Bretaña la reina es hoy inmensamente popular. Veinte años atrás, tras la muerte de la princesa Diana, sus indicadores se habían deteriorado. La institución supo adaptarse y profesionalizarse para recuperar la conexión con la gente."

En la serie de la BBC, Carlos III llora de angustia cuando se ve acorralado por las presiones para abdicar en un dócil príncipe Guillermo. Pronuncia entonces un agrio discurso shakespeariano en el que augura el inicio de "una era dorada de la monarquía, que no molesta a nadie, no hace ningún bien y es un cuadro bonito, plástico, ¡sin sentido alguno!". Es una forma cruel de describir el pacto tácito para la supervivencia de las monarquías europeas, que pueblan sus cortes de equipos cada vez más amplios de comunicación y consultoría financiera.

En ningún país se sintió tan fuerte la crisis de la realeza como en España. El último tramo del reinado de Juan Carlos I fue una colección de escándalos, entre líos de faldas, opacidad en el manejo de fondos y el caso de corrupción en que quedó involucrada su hija Cristina. La abdicación de 2014 frenó el derrumbe.

A diferencia de su padre, Felipe VI se abstiene de ejercer influencia política. La corona recuperó niveles de aprobación cercanos a los de los años 90. Un sondeo de SocioMétrica reveló que los españoles califican con un 6,4 sobre 10 la institución y con un 7,3 a Felipe VI.

En Holanda también se estabilizó la popularidad de la corona desde el ascenso de Guillermo Alejandro (2013). A él los poderes se los recortaron por ley. Ya no tiene funciones en el proceso de formación de gobierno: el Congreso apenas está obligado a mantenerlo informado.

Un 66% valora favorablemente su gestión, según una encuesta difundida por la cadena de televisión NOS en ocasión de los festejos del 50° cumpleaños del rey.

"Ha sabido actuar su papel. Es un hombre con los pies sobre la tierra, cuida mucho su imparcialidad y transmite una imagen moderna, competente", explicó Eddie Habben Jansen, director del think tank ProDemos.

En las monarquías nórdicas resisten reyes longevos, sin ánimo de abdicar, que también han cedido funciones políticas e intentan parecer funcionarios normales. Harald V, de Noruega, cumplió 80 años en mayo y lo celebró con un récord de apoyo: 79%. Margarita II de Dinamarca (45 años de reinado) y Gustavo XVI de Suecia (44) no imaginan tampoco su final.

Pero para sobreviviente, Isabel II. Cuando en febrero cumplió 65 años de reinado, la consultora Ipsos reveló que el 76% de los británicos aprueba la monarquía y cree que la institución tendrá un papel importante en el futuro. El 60% cree que Carlos (de 68 años) será un buen rey. Algunos expertos alertan, sin embargo, sobre el peligro que abre el recambio en un momento bisagra de la historia del país, con el Brexit y la amenaza separatista de Escocia.

Anna Whitelock, catedrática de Historia de la Universidad de Londres, vaticinó que para 2030 "habrá un clamor muy sonoro por la erradicación de la monarquía". Considera que la muerte de Isabel II reflotará la eterna pregunta: ¿para qué mantener en el mando a esta familia que nadie eligió?

La clave radica -acotó Thompson- en cómo cumplan los sucesores el papel que se espera de ellos. Tendrán menos poder y un mayor escrutinio público. El tormento del Carlos de la ficción aguarda al viejo príncipe en la vida real.

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