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Yo confieso

Pablo Gianera

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LA NACION@gianera
Miércoles 14 de junio de 2017
Foto: AFP / Yasuyoshi Chiba

El sacramento de la confesión es misterioso. El filósofo Pascal se preguntaba por qué, si Dios sabía de nuestro arrepentimiento, era necesario ir a confesarse. Se respondía que en el acto de la confesión se volvía claro el reconocimiento público (aunque sea en una relación de uno a uno) de la culpa y del arrepentimiento. En el convento Santo Antônio, de Rio de Janeiro, el sacerdote escucha la confesión. En lugar de disimularla, la lejanía de la cámara acentúa la intimidad de la escena, con la que colabora la claridad del vano de la puerta y la lámpara que cuelga. Todo es aquí una cuestión de luces y de sombras. No son más que dos personas solitarias, sin terceros, y una situación de escucha y de perdón. Posiblemente, la confesión de esa mujer se parezca mucho a la de otros que haya escuchado el sacerdote. Eso no tiene la menor importancia. En nada somos más parecidos unos con otros que en los pecados, pero cada pecado es sólo nuestro.

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