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Amanece, pero ya no alcanza

LA NACION
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Ariel Torres
Miércoles 14 de junio de 2017
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No hay vuelta atrás. Se diría que todavía es noche cerrada. Pero sé que ni son las cuatro ni son tampoco las cinco. Hay un cambio en el color del cielo. Es inasible aún, pero algunos pájaros lo perciben y se desperezan. Le dan la bienvenida.

Parafraseando a Proust, mucho tiempo he estado despertándome temprano. Digamos, desde que me mudé a los suburbios y las mañanas recuperaron aquello para lo que fueron creadas por Dios. Para permitirnos dejar atrás el enigma hipnótico de la noche. Si fui un noctámbulo obcecado durante gran parte de mi vida fue porque las ciudades se devoran el espíritu del crepúsculo, lo ahogan, lo inhuman. El último baluarte de lo salvaje es, pues, la noche. Las horas del respirar tenue y el tiempo quieto, de las estrellas fugaces y la luna muda y sonriente, Gioconda nocturna, aunque siempre cambiante.

Ahora mis días de nuevo amanecen. Cuando me despierto y siento que he dormido todo lo que un insomne profesional puede dormir, abro los ojos y observo a través del ventanal. Amanece, es evidente. Porque apenas si ha transcurrido una hebra de tiempo y el color de la noche cambia otra vez. Arriba, muy alto, se divisan unas nubes delgadas o exhaustas. Tras desperezarse, algunos pájaros aletean aletargados. Otros han comenzado a probar sus voces para la fanfarria que está a punto de comenzar.

El cielo muda de nuevo. El negro incomprensible de la noche ha virado hacia un zafiro triste. Es el momento en el que el mundo contiene el aliento y la leve brisa que hace un rato tañía las casuarinas se detiene. Porque amanece, es evidente, y el zafiro triste se convierte lentamente en un aciano dichoso y la oscuridad cede, se desvanece y fracasa, circularmente, en la más eterna de todas las batallas.

No han dado todavía las siete. Quizá son las seis y media. Nunca duermo mucho más que eso. Dentro de medio año, a estas horas, será pleno día. Pero hoy, cerca del corazón del invierno, sólo ha empezado a clarear.

Me levanto en puntillas y me deslizo hasta la planta baja, me detengo ante el ventanal que da al jardín. Hemos tenido la primera escarcha del año. El césped está pálido, espectral, y parece quebradizo. Los perros asoman apenas sus hocicos fríos por las puertas de sus casillas. Mueven la cola, pero de oficio, y permanecen a buen resguardo; no son horas. Cinco minutos me perdí y el cielo está celeste. Celeste planeta. Celeste triunfo.

Me preparo un café en silencio. En el alféizar los ajos han dejado de crecer. Aguardarán hasta la primavera. La albahaca pronto empezará a flaquear; lo suyo es deleitar, no pervivir. En la galería, el orégano no dice nada y el viejo romero opina lo mismo. Recién mudada, mi huerta está algo dispersa. Por allá, donde habrá más horas de luz, los retoños de menta recién trasplantados trabajan a destajo; la menta es invencible. En otra maceta hay un tomillo frágil y tímido; tengo que dedicarle más tiempo. Allá, el rizoma fresco de cúrcuma que compré el verano pasado en el supermercado se ha convertido en una bonita planta de verde exótico; lo mismo que los jengibres. En el traslado he debido dejar atrás el ciboulette, las rúculas y un perejil veterano que se negaba a bajar los brazos y hasta había echado un grueso tronco leñoso. Del burrito, en cambio, traje unas ramitas y ahí está, vigoroso y desafiante. Mi salvia, aunque confundida, inspira y cura.

El primer rayo del sol llama mi atención. Las nubes se han puesto del color de las naranjas maduras y un destello cegador se refleja en una ventana lejana. Amanece, es evidente. Pero ya no alcanza. Observo de nuevo el jardín y los árboles y los pájaros y el cielo y la huerta dispersa, y pienso que seguimos envenenando lenta e irresponsablemente nuestro mundo, nuestro único mundo, nuestro pequeño, insignificante y vulnerable mundo.

Amanece, pero tengo a veces la impresión de que ha dejado de importarnos.

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