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Un thriller psicológico en el que el público es casi un intruso

Jueves 15 de junio de 2017
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PARA LA NACION
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Umbrío / Libro: Josep Maria Miró / Dirección: Luciano Suardi / Intérpretes: Eleonora Wexler, Alejandro Paker, William Prociuk, Gaby Ferrero y Pedro Merlo / Escenografía: Rodrigo González Garillo / Iluminación: Leandra Rodríguez / Vestuario: Betiana Temkin / Músicaoriginal: Gabriel Goldman / Asistentes de dirección: Leo Méndez y Liliana Morrone / Sala: Cunill Cabanellas del Teatro San Martín, Corrientes 1530 / Funciones: jueves a domingos, a las 20 / Duración: 90 minutos (recomendado para mayores de 13 años) / Nuestra opinión: buena.

Wexler y Paker
Wexler y Paker. Foto: Gentileza C. Furman

No es sencillo generar verdadero suspenso en el teatro; es difícil creer una amenaza y mucho más sentirla en el cuerpo. Pues eso es exactamente lo que genera Umbrío, la obra del catalán Josep Maria Miró que se entrenó la semana pasada en la sala Cunill Cabanellas del Teatro San Martín. Algo en la luz, en las transparencias, en los sonidos de un ascensor (sumados al tembladeral que produce el subte) suman al texto que escribió este dramaturgo, el mismo de El principio de Arquímedes, Nerium Park yHumo. Le gusta a Miró recorrer los caminos del thriller psicológico y lo logra con creces en Umbrío.

Un matrimonio joven, bello y saludable vive en un departamento hermoso de un edifico caro. Él es empresario; ella, directora de un colegio secundario; juntos tienen a Nina, una nena de 6 años. Todo sobre ruedas. Pero en el minuto cero de la trama se encuentran con que alguien ha entrado a su casa. La cama matrimonial deshecha, los juguetes revueltos, el DVD encendido con las imágenes de la primera ecografía, con Nina aún en la panza. No se llevaron nada. Sólo entraron.

La desazón, el miedo, el asco, la desprotección se instalan en ese hogar y ya no podrán sacarlos pese a cambiar las sábanas y mantas, a renovar el cuarto de su hija. Alguien entró y eso no va a cambiar porque ellos ya no son los mismos. Esa invasión de la privacidad, esa vulnerabilidad de su espacio personal deja al descubierto algo en ellos que se desesperan por ocultar. Es una primera grieta que ya no cede. De a poco, como con un pequeño juego de Rasti, se arma y se desarma una historia que va in crescendo, inundando de sombras ese hogar supuestamente soñado.

La amenaza viene desde afuera, sin dudas, pero se despliega y fortalece adentro, dentro de la casa, dentro de ellos mismos. Una vecina perfumista que gusta de vagabundear de noche, un alumno del secundario de hace años, un ex trabajador de la empresa abren nuevas resquebrajaduras que agrandan la anterior.

Las mentiras no hacen otra cosa que tapar lo que no se quiere aceptar, lo que no se resignan a ver tal cual es. Nadie allí es totalmente quien dice ser.

La propuesta está bien construida desde lo dramatúrgico (aunque es un poco larga y con un final apenas deshilachado) y bien manejada desde la dirección por Luciano Suardi, quien aporta mucho a ese clima sombrío y de amenaza permanente. El manejo del espacio es impecable. Y la construcción de ese espacio lo es aún más. Desde la escenografía que pone a los espectadores casi como intrusos que miran lo que pasa allí como si la platea fuese uno de los departamentos del edificio de enfrente. También están las luces, los sonidos, la música. Y las actuaciones, por supuesto.

Sin dudas, Eleonora Wexler lleva las de ganar con su Julia, tan frágil y vulnerable, tan sádica y manipuladora. El resto del elenco acompaña bien, especialmente los intrusos que componen William Prociuk y Pedro Merlo.

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