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París

LA NACION
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Pablo Sirvén
Jueves 15 de junio de 2017
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La elegancia ante todo. El terrorismo jihadista no ha logrado mover de su eje ni un milímetro la Ciudad Luz. El refuerzo policial es discreto y las grandes marcas prefieren enfrentar estos momentos de incertidumbre apelando al arma parisina más poderosa: la estética. Corpulentos gendarmes, enfundados en impecables trajes oscuros, recorren con un sensor, pero sin dramatismo ni modales militarizados, los cuerpos de los turistas antes de dejarlos entrar a sus suntuosos locales. Nadie se ha dejado ganar por la histeria y el pulso de la calle sigue siendo el mismo: amable y distendido.

La gente no está, como en otras ciudades, ensimismada en sus celulares porque hay tanto para ver que no es posible perder ni un segundo en ninguna pantalla, a no ser para hacer clic en un esfuerzo vano de llevarse un poco de tanta belleza. Frente al capitalismo de modos ásperos, desequilibrios sociales y gustos dudosos que exhibe Estados Unidos, aún más exacerbados por su nuevo líder, París en cambio muestra su mejor cara: es culta, delicada y cosmopolita. No se escuchan bocinas ni voces altisonantes. Hasta los visitantes parecen querer colaborar con tanta perfección. Occidente tiene aquí su joya más preciada.

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