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El oficio más invisible

Pablo Gianera

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LA NACION@gianera
Jueves 15 de junio de 2017
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El premio de literatura Man Booker International, cuyo fallo se conoció ayer, tiene una particularidad: además de premiar a un autor, premia a su traductor al inglés. El premio es, por lo tanto, compartido en partes iguales. Es un verdadero acto de justicia con los lectores que, por lo general, dado que no podemos conocer todas las lenguas vivas y muertas, leemos las palabras que eligió el traductor y no las del autor. Ya sabemos que, bíblicamente, después de Babel vino Pentecostés, y la confusión de las lenguas quedó revertida en plena comprensión.

El santo patrono de la traducción es San Jerónimo, traductor de la Biblia al latín. Es famosa una epístola que el santo redactó en el año 395 en la que se defiende de acusaciones según las cuales habría traducido de manera deficiente un texto oficial. Esa defensa incluye una definición, una profesión de fe de la traducción que no le resultará extraña a ningún traductor: "Porque yo no solamente confieso, sino que proclamo en alta voz que, aparte de las Sagradas Escrituras, en que aun el orden de las palabras encierra misterio, en la traducción de los griegos no expreso palabra de palabra, sino sentido de sentido...".

Hace años escuché al poeta argentino Fabián Casas decir que para él la traducción era bastante parecida al cover de una canción. Personalmente, prefiero ver las cosas con una perspectiva un poco menos pop, aunque querría retener de su definición la idea de una versión. El texto original (la Divina Comedia, el Fausto de Goethe, el Fedro de Platón, el que ustedes prefieran) permanece invariable: fue escrito de una vez y para siempre. Pero esa misma condición inmodificable puede dar lugar a una cantidad indefinida de versiones (de sentido, según San Jerónimo) en una misma lengua.

¿Por qué necesitamos traducir una y otra vez los mismos libros? Bueno, una primera respuesta, muy superficial, es que porque los lectores no somos los mismos, y si bien el libro no cambia, cambia la manera de leerlo. La lectura es histórica. Considerada de esta manera, la traducción es una instantánea del estado de un texto en la historia. Necesitamos nuevas traducciones porque nuestra lengua cambia y cambia la manera en que un libro (el punto fijo) es leído.

"Hablamos de máquinas de traducir", cuenta Adolfo Bioy Casares en sus diarios sobre Borges. "No creo que existan", dice Borges. "¿Quién las inventó? ¿Otra máquina?" Las máquinas de traducir existen desde hace mucho. Un amigo hizo una vez un poema con el siguiente procedimiento: escribió el poema en castellano, lo sometió a una traducción automática al inglés (todo era primitivo, no estaba el Google Translate) y luego tradujo el poema del inglés nuevamente al castellano. Por supuesto, el resultado no fue el poema inicial. El experimento era desopilante, pero tenía un punto cierto: no hay verdad en la traducción, porque traducir es interpretar, del mismo modo que un pianista clásico puede interpretar una sonata de Beethoven. Del librito Sobre la traducción, de Paul Ricoeur es oportuna la tercera parte, "Un «pasaje»: traducir lo intraducible", justamente porque allí se refiere al problema del sentido, definido como algo inmaterial que se hace carne en la letra. Eso es también la interpretación.

La traducción es también el oficio más inmaterial, el más invisible, de todos, acaso el más refinado. El traductor trabaja para la gloria de alguien, otro, que no es él. Traducir es pagar una deuda afectiva. Me acuerdo de un escritor amigo que me dijo una vez que traducía para compensar los libros que él mismo escribía. Ahí también había una deuda. Lo que uno escribe hay que pagarlo traduciendo los libros de quienes son de veras buenos en el oficio (o el arte) de escribir. Si para algo sigo traduciendo, aunque sea de tanto en tanto, es para cumplir con esa obligación intelectual.

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