Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí

El atractivo perenne de Anna Frank

Hugo Beccacece

SEGUIR
PARA LA NACION
Domingo 18 de junio de 2017
0

Un público muy joven, enfervorizado, colma el teatro 25 de Mayo para ver El diario de Anna Frank. Me impresionó esa explosión de entusiasmo juvenil. La explicación está en la actriz que interpreta a la adolescente judía que pasó más de dos años (1942-1944) escondida de los nazis en un anexo secreto, "la casa de atrás", montada tras una pared falsa en la que había sido la oficina paterna. En ese escondrijo vivió Anna acompañada por sus padres, su hermana, otra familia judía, los Van Pels (en la obra y en el Diario, se los menciona como Van Daan), y más tarde el dentista Fritz Pfeffer (en la pieza, el señor Dussel). La Anna Frank de esta versión, dirigida por Helena Tritek, es Ángela Torres, la actriz y cantante, nieta de Lolita Torres y sobrina de Diego Torres, muy popular entre la juventud.

La adaptación teatral del Diario se puso en escena varias veces en Buenos Aires, y se hicieron películas y documentales sobre el tema. El argumento es muy conocido, pero para este nuevo público lo es menos, a juzgar por las reacciones, a veces de sorpresa. Es el tipo de obra que siempre "funciona". La Anna Frank de Ángela Torres se parece mucho a las adolescentes de las series televisivas dedicadas a la audiencia de esa misma edad. Uno la ve actuar en el escenario casi como si estuviera viendo un episodio de teleserie juvenil. Está muy bien respaldada por los adultos y también por Agustina Cabo, que interpreta a la hermana de Anna. Quizá Silvana Quintanilla (la señora Van Daan) acentúe de un modo excesivo la caricatura para hacer reír. Marcos Montes, como el señor Frank, el padre de Anna, es el padre que cualquier adolescente quisiera tener en esas circunstancias: firme, tierno, racional y emotivo. Otro tanto puede decirse de Valeria Lorca, la madre de Anna. Lo más llamativo es la vigencia de la obra de Frances Goodrich y Albert Hackett para emocionar a una platea ya muy alejada de la Segunda Guerra, que inevitablemente ignora ciertos detalles de época.

***

Hace casi tres años, el poeta Rafel Felipe Oteriño me comentó que estaba escribiendo un libro sobre poesía. Los dos caminábamos por el parque de San Rafael del Retiro, la sorprendente folly que Rafael de Oliveira Cézar levantó en las cercanías de Mar del Plata. Algún fragmento de esa conversación apareció publicado en esta columna. Ahora, ese libro es una realidad: Una conversación infinita (Ediciones del Dock). El título está tomado de una cita de H. G. Gadamer: "¿O es siempre cualquier trato con la poesía un diálogo, un intercambio de palabras y réplicas, incluso una conversación infinita?"

El libro de Oteriño está dividido en dos partes. En la primera, hay una serie de reflexiones sobre la esencia de la poesía de un carácter muy íntimo. Pero mucho más íntima es la segunda parte del volumen. Allí, Oteriño se dedica a escribir sobre sus poetas y poemas preferidos: Mallarmé por Bonnefoy; El cementerio marino, de Paul Valéry, Constantino Cavafis, Ricardo Molinari, Horacio Castillo, Raúl Gustavo Aguirre, Javier Adúriz y Rodolfo Godino. En todos los casos, las citas que hace de ellos son siempre antológicas y despiertan la necesidad de leerlos o releerlos. Además analiza con detalle sendos poemas del escritor polaco Czeslaw Milosz (premio Nobel de 1980) y de Juan Rodolfo Wilcock. Del primero, transcribe "Encuentro". La notable traducción de la versión inglesa la hizo el mismo Oteriño. Vale la peña reproducirla:

Atravesábamos campos helados en un vagón al amanecer

Un ala roja se levantaba en la oscuridad.

Y de pronto una liebre cruzó el camino.

Uno de nosotros la señaló con la mano.

Eso fue hace mucho. Ninguno de ellos está vivo,

Ni la liebre ni el hombre que hizo el gesto.

Oh, mi amor, dónde están ellos, dónde se han ido

El fulgor de la mano, la estela del movimiento, el susurro de la grava

En mi pregunta no hay tristeza, sino admiración.

El comienzo del poema de Wilcock es una síntesis perfecta de una tradición que, desde el Renacimiento hasta Luchino Visconti, hizo de Venecia la ciudad del esplendor y la muerte:

Mis pasos en las noches de mármol de Venecia

Como un eco repiten pasos de otros amantes

Sepultos bajo el piso desigual de una iglesia

Entre damas adúlteras y duques navegantes.

Te puede interesar

Enviá tu comentario

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.
Las más leídas