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Alguien que anda por ahí

A propósito de la muestra actual de Lucía Mara, el académico español Antonio Muñoz Molina escribió el siguiente texto mientras trabaja en el libro Un andar solitario entre la gente, genealogía de caminatas urbanas relacionadas con el arte y la literatura

Black Lips (2014), fotografía de Lucía Mara, ilustra la tapa del catálogo de su muestra actual
Black Lips (2014), fotografía de Lucía Mara, ilustra la tapa del catálogo de su muestra actual. Foto: Gentileza Jorge Mara-LaRuche
Domingo 18 de junio de 2017
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Hay quien sólo ve el arte en las obras de arte; quien abre los ojos profesionalmente al llegar a una galería o a un museo y los mantiene cerrados hasta ese momento, y vuelve a cerrarlos cuando sale a la calle; hay quien ve el arte una vez que ha recibido la consigna necesaria para saber que es arte, y que es seguro por lo tanto admirarlo; hay quien ve el arte no en la obra de arte sino en la explicación que la acompaña, casi siempre escrita en un lenguaje de antemano artístico. Si la explicación es en inglés, abundarán en ella las palabras explore, boundary, uncharted, challenge, the Other, gaze, etc. No son muchas pero sus posibilidades combinatorias son muy ricas. El arte es lo que hacen personas que aseguran ser artistas, y su destinatario son otras personas que tienen la autoridad para certificar que los artistas son artistas. Ocasionalmente, en el mejor de los casos, los destinatarios son especuladores y plutócratas que compran y almacenan y venden aquello que previamente han aceptado con la etiqueta de arte.

El resultado de esto es un gran aburrimiento. Una nube de expertos o de iniciados explica la obra en el lenguaje apuntado más arriba, pero la obra, si se la despoja de las explicaciones y se la mira a solas, no dice nada. Quizás no tiene nada que decir. Como decía Saul Bellow, ésta es una época de explicaciones. En los departamentos de literatura de las universidades los libros son mucho menos relevantes que las explicaciones de los libros. La lectura aislada, solitaria, soberana, es tan rara como la contemplación de la obra de arte sin envoltorios verbales. Uno quiere escuchar la voz del libro, palabra por palabra, no la de su intérprete académico. Uno quiere ponerse delante de la obra y observar con la atención necesaria para ver lo que la obra es, de qué está hecha, cómo. La obra, como el libro, ha de sostenerse por sí misma, con una firmeza indudable, con la seguridad de lo que no podía ser de otra manera. También, si uno se fija, la obra flota ligeramente sobre el suelo, con una ingravidez de dibujo de Paul Klee, de rectángulo de color de Mark Rothko.

Con el tiempo he ido descubriendo dos antídotos contra el tedio de lo previsible, de lo ensimismado, de lo artístico del arte. Uno de ellos es la fotografía. Otro, lo que me gustaría llamar provisionalmente el "arte accidental".

Los dos están muy relacionados. La fotografía ha tenido, y tiene, sus dosis de ensimismamiento y no es inmune a la tentación de lo "artístico", que le viene desde sus orígenes mismos, cuando parecía que necesitara tomar prestada de la pintura su legitimidad estética (el cine empezó queriendo tomar la suya del teatro). Pero, por su propia naturaleza, por la relación franca e inmediata que tiene con el mundo visible, la fotografía corre mucho menos el peligro de confinarse en la celebración de sí misma. La vanidad es una de las pasiones más tontas, pero también más extendidas, así que sería poco imaginable que un fotógrafo, por el hecho de serlo, estuviera a salvo de ella. Pero el fotógrafo, más que ningún otro artista, lleva en su oficio la disciplina de fijarse en lo que sucede fuera de él, lo inesperado, lo no preparado, lo que le importa mucho pero apenas está bajo su control. Dice Cyril Connolly que cuando uno no siente amor ni curiosidad por los seres humanos debe escribir máximas o epigramas mejor que novelas. Algo de eso puede traducirse al ámbito de las artes. Un gran pintor puede ser un gran ensimismado, un misántropo, un ermitaño. Un fotógrafo tiene que salir a la calle a ver qué encuentra.

Llamo arte accidental a la belleza que existe de pronto sin que nadie la haya creado de manera consciente, y muchas veces sin que nadie se fije en ella. Es una belleza tan impersonal como la poesía que hay incrustada en las expresiones comunes del habla. El arte accidental existe sólo en el momento de percibirlo. No deja registro, salvo que lo advierta y lo atrape la fotografía. El arte accidental rara vez es lo abrumador, lo excepcional o inusitado. Es algo con frecuencia tan habitual que se ha vuelto invisible. ¿Cuántas veces ha visto uno, en Nueva York o en Londres, esa advertencia escrita en el asfalto junto a la acera, acompañada por una flecha: LOOK? De pronto, un día, alguien se fija en lo que ha visto siempre, o en lo que acaba de descubrir porque es un recién llegado, y esa palabra utilitaria y banal como cualquier señal de tráfico cobra un sentido memorable. Es como el gong en un monasterio zen, una llamada imperiosa, un mandato para abrir los ojos de verdad, de una vez por todas, para salir de la somnolencia robótica en la que va uno siempre sumergido. Hasta esas dos oes confirman el sentido, al convertirse en los dos ojos redondos de tan abiertos que nos hacen falta para mirar de verdad.

El espacio natural del arte accidental es la ciudad. Según un bello dicho español, donde menos se espera salta la liebre. El fotógrafo, como testigo y practicante del arte accidental, sabe que donde menos se espera salta la belleza, la chispa de la poesía, esa étincelle qui dure, según Apollinaire, que sabía tanto de la poesía y de las ciudades. Algunas veces, deambulando de una a otra por esas galerías casi siempre desalentadoras de Chelsea, he descubierto el arte más poderoso no en las consideradas obras de arte, sino en la arquitectura de un espacio, por ejemplo, un antiguo almacén portuario con sus muros de ladrillo y sus vigas de hierro, en una mano abierta que alguien imprimió en una placa de cemento de la acera, en un cartel desgarrado, en la perspectiva del río más allá de una esquina. En Chelsea, mucho más interesantes que los muros de las galerías me parecen los de los talleres de automóviles que todavía quedan, con sus letreros rojos y sus colores fuertes, azules y amarillos.

Incluso al mirar el arte que sí me estremece he permanecido atento a las posibilidades de lo accidental. Estaba aclarando el cielo y brillando el sol una mañana después de la lluvia, y la luz interior que crecía resaltaba los colores ya de por sí tan cambiantes de unos cuadros de Rothko. Me acordé de cómo él detestaba las iluminaciones demasiado potentes, que anulaban la irradiación natural de una obra. La luz matinal de Nueva York se acentuaba o se amortiguaba en el interior de aquella galería, y los cuadros cambiaban visiblemente. Pero además la luz hacía que los cuadros se reflejaran más claramente en el suelo pulido: un Rothko duplicado y horizontal, como una torre de la Alhambra reflejada en un estanque.

Aquí, allá y en todas partes

Inspirado en la célebre canción de los Beatles, Here, There And Everywhere es el título de la muestra de fotografías de Lucía Mara que se exhibe hasta el 28 de julio en la galería Jorge Mara-La Ruche (Paraná 1133). El texto aquí reproducido es un fragmento del prólogo que escribió Muñoz Molina para el catálogo de la exposición, de 175 páginas.

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