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Un decálogo de buenas prácticas en busca de la ceremonia perfecta

Con los Martín Fierro a la vuelta de la esquina, un repaso por los ingredientes clave de una buena ceremonia, para que la transmisión televisiva sea inolvidable... por las razones correctas

Viernes 16 de junio de 2017
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LA NACION
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La transmisión de los Oscar segundos antes de que se descubriera el cambio de sobre
La transmisión de los Oscar segundos antes de que se descubriera el cambio de sobre. Foto: LA NACION

Cuando se habla de las entregas de premios, se trate de las hollywoodenses o de las locales, se suele discutir tanto sobre la justicia (o injusticia) de los galardones otorgados como sobre las habilidades del conductor de turno, el despliegue de producción o los errores cometidos por los presentadores. Casi siempre los detalles de la ceremonia televisada se recuerdan más y por más tiempo que quién se quedó con la estuatuilla en cada rubro. Así, con los Martín Fierro a la vuelta de la esquina (la entrega se verá pasado mañana, a partir de las 21.15, por El Trece) y con el recuerdo todavía fresco de dos fiestas muy recientes (los Premios Gardel y los Tony), lo que sigue es un decálogo de buenas prácticas que incluye todo lo que se debe hacer y lo que hay que evitar a toda costa para que una ceremonia sea inolvidable por las razones correctas.

1. El monólogo de apertura

Lo que hay que hacer: el objetivo es siempre alcanzar el grado de calidad de los Oscar, el más alto del género. Otra opción es ir por el camino de los Globo de Oro, que aunque dependen del estilo del conductor suelen ser ácidos e irónicos, una forma de no tomarse demasiado en serio de la asociación de prensa extranjera de Hollywood, a la que, de todos modos, nadie se toma muy en serio. Los Martín Fierro no suelen tener monólogo inicial y, para evitar males mayores, se agradece que así sea.

Lo que no hay que hacer: olvidar que se trata de una ceremonia televisiva para un público extenso y, por ende, tener en cuenta que no funciona quedarse encerrado en referencias exageradamente temporales o de nicho, como sucedió en los premios Tony el domingo pasado. Fue una fiesta para todo el mundo que olvidó que la mayoría no conoce los detalles de las obras en Broadway.

2. Homenajes

Cuando los Martín Fierro optan por la sobriedad se destacan
Cuando los Martín Fierro optan por la sobriedad se destacan. Foto: LA NACION

Puede ser un momento emotivo y significativo que cambie el ritmo de la ceremonia haciéndola más llevadera y variada o demasiado extensa y pesada.

Lo que hay que hacer: armar un segmento respetuoso y armónico, como el que se le dedicó a Horacio Guarany en los Gardel gracias a las voces de Jairo, Nahuel Penissi y Bruno Arias. Y planear con cuidado y tiempo el reconocimiento a la figura más importante de la ceremonia, como harán este año los integrantes de Aptra al entregarle el premio Martín Fierro de Brillante a Mirtha Legrand.

Lo que no hay que hacer: darle un reconocimiento a la trayectoria al actor de cine, teatro y televisión James Earl Jones, como sucedió en los Tony, y no transmitirlo. Especialmente si tenés a Mark Hamill como invitado y entonces te perdés la muy taquillera oportunidad de tener a la voz de Darth Vader (Jones) y a su hijo Luke Skywalker (Hamill)juntos en pantalla.

3. El guión

Metallica y Lady Gaga, una reunión con problemas de sonido en los Grammy
Metallica y Lady Gaga, una reunión con problemas de sonido en los Grammy. Foto: LA NACION

La espontaneidad tiene poco lugar en las entregas de premios y la improvisación es un arte que solamente unos pocos pueden utilizar con resultados exitosos. Algo que conviene no olvidar a la hora de organizar ceremonias que serán televisadas.

Lo que hay que hacer: respetar a los espectadores y a los nominados poniendo tanto empeño en los guiones de las ceremonias como se suele poner en las ficciones que buscan atrapar al público. Especialmente porque en estos casos se trata de largas televisaciones con inclinación al tedio. Por poner un ejemplo, el secreto de los guiones de los Oscar es sencillo: los mejores escritores de la industria trabajan en ellos hasta tres meses antes de la fiesta. En los últimos premios de la Academia de Hollywood, el guionista principal fue Billy Kimball, que antes había escrito para nueve ediciones de los Independent Spirit Awards. A diario él es guionista y productor de Veep, una de las más celebradas comedias de los últimos años. Además, el comediante Chris Rock contribuyó con material para la última entrega. Con semejante equipo se pueden sumar chistes durante los cortes, ajustar tonos y buscar la mejor manera de hacer reír a la platea de modo que se refleje en carcajadas también del otro lado de la pantalla.

Lo que no hay que hacer: suponer que la improvisación puede reemplazar el trabajo de guionistas que piensan durante meses los diálogos que se llevan mejor con los premios a entregar, los ganadores a celebrar y los perdedores a consolar. Entretener y tener humor en una ceremonia de premios es tan complicado que es un error pretender que la inspiración del momento o una situación apenas pensada pueden generar más que incomodidad y, a lo sumo, esas risas nerviosas que nunca se desea provocar. Así resultaron las intervenciones de Maju Lozano en los Gardel. Un programa en vivo no debería equivaler a descuido o falta de planificación.

4. Los discursos

Todos esperan que se abra el sobre para saber quién es el afortunado ganador. Bastante menos ansiedad despiertan los discursos de agradecimiento, que raramente son entretenidos y la mayoría de las veces resultan ininteligibles.

Lo que hay que hacer: una solución para que los discursos no ocupen demasiado tiempo es dividir la ceremonia y transmitir en vivo sólo una selección de los galardones. Claro que en este caso los organizadores se arriesgan a irritar a sus propios festejados. Así, en los Gardel únicamente 16 categorías entraron en la transmisión televisiva principal. Los 28 rubros restantes se entregaron por la tarde y esa porción se pudo ver por el sitio de TN. Así, por un lado, todo resultó bien porque no hubo necesidad de apurar discursos, pero, por el otro, excluidos de la ceremonia principal, los representantes del chamamé correntino se sintieron maltratados y decidieron retirarse. En los Martín Fierro ya desde el año pasado se hacen festejos separados para la radio y la TV. Una decisión difícil, pero necesaria y, a la larga, más efectiva para todos.

Lo que no hay que hacer: cortar discursos por la mitad con la musiquita de rigor. En un mundo ideal sería muy justo repartir equitativamente los segundos de agradecimiento entre todos los ganadores, pero en el mundo real sucede lo de siempre. A los premiados con mayores dosis de divismo no les importa el límite de tiempo, que la orquesta esté tocando para sacarlos del escenario ni la desesperación de los productores que custodian cada segundo de la ceremonia. Para muestra alcanza el eterno agradecimiento de Bette Midler en los Tony del domingo.

5. El premio en sí mismo

La ceremonia de entrega es un show televisivo que en nada debería verse afectado por el resultado de los premios. Sin embargo, la atención que genera la transmisión suele afectar las actitudes de los nominados y de los que quedaron afuera. Eso, más tarde que temprano, puede modificar el transcurso de la ceremonia.

Lo que hay que hacer: cuanto más claras sean las reglas para saber quiénes cuentan con los requisitos para participar de la votación y quiénes serán los votantes responsables de hacer las elecciones, menos problemas habrá después a la hora de organizar la fiesta de entrega. A mayor cantidad de votantes expertos, mayor entidad tendrá el premio y menor posibilidad de suspicacias despertarán sus elecciones. En los premios Tato, que entrega Capit, votan casi 2000 integrantes de la industria televisiva. En los Martín Fierro, el número es significativamente menor, no llegan a cien, pero sus nombres figuran para quien quiera averiguarlos en la página oficial de Aptra. Tan complejo es este punto para todos los galardones artísticos de difusión masiva que la academia musical que reparte los Grammy acaba de anunciar que modificará algunas de sus reglas para, así, mantenerse vigentes (se podrá votar online) y justos (se formó un comité para las categorías de rap, para darles más espacio a artistas emergentes).

Lo que no hay que hacer: confundirse de sobre y anunciar el ganador equivocado para mejor película, arruinando así toda la ceremonia de los Oscar y poniendo en duda más de ochenta años de historia de la estatuilla. Tampoco conviene que por conflictos empresariales los artistas, productoras o sellos discográficos más reconocidos queden fuera de la fiesta, como sucedió algunas veces en los Martín Fierro, los Tony y los Gardel, por ejemplo.

6. Los conductores

Tan difícil es cumplir satisfactoriamente con este trabajo que hasta en la meca del entretenimiento industrial, Hollywood, suman más fracasos que aciertos. Una prueba de las complicaciones del caso es que las últimas ediciones de los Emmy y los Oscar compartieron conductor. Y que los Tony pasaron por varios posibles anfitriones hasta recalar en Kevin Spacey.

Lo que hay que hacer: cada premio debe conocer el público al que apunta. Los MTV Movie Awards pueden darse el lujo de ser conducidos por comediantes al borde y más allá de las groserías y los insultos, como Amy Schumer, Rebel Wilson y Sarah Silverman. Por otro lado, los Martín Fierro aprendieron a confiar en sus conductores más experimentados y simpáticos, Mariana Fabbiani y Guido Kaczka, que además saben medir sus intervenciones a falta de un guión ajustado que los guíe.

Lo que no hay que hacer: que todo gire alrededor de tu carrera, tu vida y tus talentos aunque nada tengan que ver con lo que se está premiando (Spacey en los Tony), armar una dupla con más química que ensayo (Mir y Lozano en los Gardel) o más ensayo que química (Anne Hathaway y James Franco en los fatídicos Oscar de 2011).

7. Producción especial

Puede ser en vivo o un segmento grabado. Puede tener que ver con un aniversario o un tema que la ceremonia quiera destacar esa edición. Tienen el potencial de ser grandes momentos de la noche o la gota que rebase el hartazgo del televidente.

Lo que hay que hacer: tener una idea original y llevarla a cabo teniendo en cuenta los recursos con los que se cuentan. Cuando Ellen De Generes condujo los Oscar lo hizo dos veces: al repartir pizzas entre la platea y luego al hacer la selfie con más estrellas por centímetro cuadrado jamás tomada.

Lo que no hay que hacer: repetir ideas ya probadas, como hizo Jimmy Kimmel en los Emmy cuando puso a los chicos de Stranger Things a repartir sándwiches a los nominados. Tampoco conviene enredar demasiado el concepto del segmento. En los Gardel la presencia de Daniel Melingo y un grupo de personas repartiendo discos, CD, cassettes y demás formatos en los que se vende o se solía vender la música fue una iniciativa destacable que podría haber funcionado si hubiese contado con un planteo más claro y mayor preparación.

8. Los musicales

Lo que hay que hacer: como una carta de presentación y estrategia de marketing, presentar las canciones y coreografías más destacadas de los musicales, pero en vivo, durante la ceremonia prueba la razón de la adjudicación de los premios, destaca la labor de los talentos en escena y detrás de ella e impregna al festejo de emoción genuina. Sucedió en los Tony y en la ingeniosa y vistosa manera de diseñar el escenario para que se lucieran y prepararan los artistas en los premios Gardel.

Lo que no hay que hacer: intentar más de lo que se puede abarcar en terminos técnicos. Puede pasar como en los Gardel con un número de apertura cantado a coro al que le faltaron ensayo, coordinación y voces en armonía. Como dijo Lalo Mir al cierre de la transmisión, mejor hubiera sido si no cantaba "El día que me quieras" "como el culo". Tampoco conviene elegir la piroctenia de encuentros sorpresivos antes de confiar en la calidad artística de las presentaciones. En esa búsqueda hasta las cosas más ensayadas y monitoreadas, como el encuentro entre Lady Gaga y Metallica en los Grammy de este año, puede salir mal. Como la estrepitosa caída de Madonna en los Brit Awards de 2015 o los problemas de sonido que tuvo Adele cuando se presentó en los Grammy en 2016.

9. La presentación de los nominados

Ésta es una interesante instancia para reconocer el trabajo de los nominados, aun antes de saber quién será el ganador.

Lo que hay que hacer: en el caso de los premios a actores, siempre es fundamental elegir fragmentos de escenas que sean significativas para el personaje que interpretan. Parece una obviedad, pero ese trabajo de edición lleva tiempo y conocimiento que muchas veces los galardones prefieren destinar a otros pasajes de la ceremonia. Una posibilidad que se utiliza muy poco es destacar a los nominados menos conocidos de la premiación. Lo hicieron los Tony el domingo pasado al presentar sobre el escenario a los dramaturgos de las obras no musicales nominadas.

Lo que no hay que hacer: más allá de realizar pequeños ajustes y agregados, en este caso lo mejor es evitar innovaciones que intenten aprovechar los segundos de presentación en formas originales. Para que la novedad funcione requiere un tiempo que estos segmentos no suelen tener.

10. In Memóriam

Lo que hay que hacer: un segmento lo más sobrio, cuidadoso e inclusivo posible. También conviene estar atento a no asociar ese pasaje con momentos especialmente graciosos o absurdos de la fiesta.

Lo que no hay que hacer: poner la foto de una persona viva entre el recuerdo de los fallecidos, como sucedió este año en los Oscar. Ni olvidarse de personajes fundamentales de la industria, como Joan Rivers (otra vez los Oscar), Robert Vaughn, Alexis Arquette y Doris Roberts (en los Globo de Oro). Tampoco conviene eligir una interpretación demasiado vistosa o confusa, como pasó en los Gardel con Joaquín Vitola, cantante de la banda Indios, que hizo su propia versión de "Rezo por vos".

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