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Lo primero, existir en la vida real

Domingo 25 de junio de 2017
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PARA LA NACION
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Foto: Eva Mastrogiulio

En una reciente columna de opinión, el sociólogo Luis Costa afirma que "no estamos en las calles porque estamos en las redes, sino que estamos en las redes porque estamos en las calles". Más claro, agua. La realidad real precede a la realidad virtual. Primero atravesamos en cuerpo y alma todas las contingencias que la vida nos propone a cada paso y después nos conectamos a las redes sociales. Durante siglos hicimos todo lo primero (existir) sin lo segundo (la conectividad informática, un fenómeno de apenas tres décadas). Así se inventaron los barcos, los autos, los aviones, los cohetes que llegaron a la Luna, el teléfono, la radio, el cine, la televisión, la imprenta, los antibióticos, la penicilina, nació la electricidad, se elevaron monumentos y edificios que permanecen como íconos de la Humanidad.

A medida que se acercan fechas electorales (cosa que en la Argentina es una constante ininterrumpida, por lo cual ganar elecciones es más importante que gobernar) crece la obsesión por el uso de las redes sociales en los asesores y especialistas que pululan en torno de gobernantes y candidatos. Y se invierte la sentencia de Costa: estos personajes, y los propios candidatos, creen que si existen en las redes lo harán también en la apreciación del ciudadano (a quien en realidad ellos ven antes que nada como votante). Ejércitos de trolls salen entonces a infestar las redes. Un troll en la jerga de las nuevas tecnologías (o globish, como se llama a ese lenguaje en una contracción de global y english) es un individuo que, escondido detrás de un seudónimo casi siempre penoso, vuelca cataratas de mensajes, siempre carentes de fundamentos, de verdad o de un mínimo conocimiento de la ortografía y la sintaxis, en favor o en contra de algo o alguien. La de troll es una profesión paga que floreció al calor de la decadencia de la política, de los políticos y sus ideas, de la incapacidad expresiva de la mayoría de ellos, y al son del auge de las tecnologías colectivas.

Esa palabra (cosa que probablemente ignora buena parte de quienes se dedican a ello) proviene de la mitología nórdica y fue retomada por el escritor John Ronald Reuel (J.J.R.) Tolkien en su maravillosa e inmortal saga El señor de los anillos. Allí aparecen los trolls como criaturas gigantescas, brutales y carentes de todo rasgo inteligente. Creados por un siniestro personaje llamado Morgoth, y dotados de enormes martillos, comían carne cruda, obedecían ciegamente a su amo y eran despiadados y destructivos. Conviene, antes de dedicarse a algo, conocer el origen de las palabras, que nunca es equívoco ni casual. Estas pueden decir más de quien ejerce una profesión que de la misma profesión.

Como sea, los trolls no nacieron en las redes. Están allí porque ya existían. De la misma manera, antes de comenzar a diseminar a diestra y siniestra mensajes en favor de sus candidatos o en contra de los adversarios, sería bueno que quienes coordinan y comandan a las legiones de escribas digitales de uno u otro color revisaran si existe, o no, un contenido sólido, un argumento veraz, una propuesta fundamentada, una visión trascendente para transmitir. Porque el medio en sí puede ser el mensaje, como quería el comunicólogo canadiense Marshall Mac Luhan en los años 70. Pero lo es sólo por un tiempo si no corre alguna savia por las venas de ese medio (en este caso, redes). El contenido precede al medio y la realidad real a la virtual, así es cómo grandes movimientos que cambiaron a países o al mundo (la Revolución Francesa, la Independencia estadounidense, el movimiento internacional de trabajadores que originó el 1º de Mayo, etcétera) se hicieron sin celulares, sin internet, sin redes sociales. Tenían un para qué, no convertían a un simple medio en un fin.

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