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Un mundo prometedor e inseguro

Viernes 16 de junio de 2017
PARA LA NACION
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Es célebre el comienzo de Historia de dos ciudades, el folletín que escribió Dickens en 1859 y que narra historias en Londres y París en los albores de la Revolución Francesa: "Era el mejor de los tiempos y era el peor de los tiempos. La edad de la sabiduría y también de la locura, la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas, la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero nada teníamos. Íbamos directamente al cielo y nos extraviábamos en el camino opuesto. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual...".

¿No estamos viviendo la mayor expansión del conocimiento científico y, al mismo tiempo, reacciones airadas de los pueblos, inconformes con su destino? ¿No vivimos un tiempo de crisis de los grandes sistemas de pensamiento y, a la vez, fanatismos religiosos que irrumpen con anacrónicas guerras? ¿No conviven las luces de los derechos humanos, de la emancipación femenina y la mayor esperanza de vida con hambrunas, genocidios y, aun en el mundo desarrollado, gobiernos autoritarios?

Foto: LA NACION

El sueño socialista sucumbió al autoritarismo comunista y se desvaneció por la ineficiencia económica. La ilusión liberal -simbolizada en la globalización de la tecnología- se enfrenta a malestares traducidos en erupciones nacionalistas, resurrecciones proteccionistas y xenofobias. Aun en EE.UU., que el poeta Heine llamó "pajarera de la libertad" (y que es la catedral del nuevo mundo de la redes y la intercomunicación global), accede a la presidencia un líder populista, fanático de muros y fronteras, que proclama "Estados Unidos primero".

Da la sensación de que ni el progreso de la ciencia, ni el dominio de la naturaleza, ni la mayor expectativa de vida, ni el acceso a mayores niveles de consumo y satisfacción material se corresponden con los estados de ánimo. Cabe ahondar en el análisis.

Para empezar, hay una declinación de las instituciones "representativas". El ciudadano se expresa por sí mismo a través de la redes sociales, horizontaliza la opinión pública y no cree que su Parlamento lo represente. Los partidos, otrora canalizadores de las grandes corrientes de opinión, se ven debilitados. La militancia es baja. El ciudadano espera más de las oportunidades que le ofrezca el mercado laboral que de las soluciones que le aporte la política. Si añadimos una epidemia de corrupción de la que pocos se salvan, tenemos la levadura para que crezca el descontento. La indignación es un estado de ánimo en ocasiones justificado, pero a partir del cual no se vislumbran soluciones.

Las cosas se han llevado por delante las ideas. Por lo menos los grandes relatos, lo que Raymond Aron llamaba las "religiones seculares" se han ido esfumando. Quien expresa con más vehemencia una aspiración de justicia se siente más a la izquierda y quien pone su esperanza en la libertad, hacia el centro, pero ni uno ni otro se sienten hoy tranquilos. El mundo es prometedor, pero inseguro. Todos tenemos un "Uber" por delante en la volatilidad de empleos que se crean y destruyen con la misma velocidad. Se construyen nuevas fortunas a base de innovación, porque ya no es la herencia la forjadora de los Bill Gates, los Jeff Bezos o los Amancio Ortega. La economía ha sacado más gente que nunca de la pobreza, pero la desigualdad opera como una máquina de frustración.

La religión es refugio para muchos, aunque más hacia la búsqueda de un Dios personal que de una iglesia institucionalizada. Los jóvenes encuentran en la música su mayor expresión espiritual, pero adolecen de adicciones que van desde las drogas hasta el teléfono celular en que hoy habitan.

No estamos más en la Guerra Fría, el mundo en blanco y negro. Tenemos que reorientarnos y ello nos lleva, una vez más en la historia, al valor de preservar las instituciones, el Estado de Derecho, la búsqueda de un equilibrio entre un mercado vigoroso y un Estado regulador, el desarrollo de una educación renovada que nos prepare para esa nueva inestabilidad, la convivencia entre las raíces de la propia cultura y la diversidad. No es nada simple, desgraciadamente. Pero si hoy somos 7500 millones viviendo en el planeta, el doble de cuando el Club de Roma, en 1972, lanzó la alerta sobre el agotamiento del crecimiento; si los pobres ya no son el 40% del mundo, si no algo así como el 15%, y nuestra expectativa de vida ha subido diez escalones en 50 años, hasta 72 años de promedio, está claro que sigue habiendo lugar para la esperanza. Y que, aun a trancas y barrancas, la democracia sigue siendo el más revolucionario de los sistemas imaginados.

Ex presidente de Uruguay

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